La búsqueda del disfrute de esta etapa de su vida

Por Emilce Cassinelli*
4.12.19
Fundación Navarro Viola

Hacer una crónica periodística implica siempre un desafío, cierta cuota de curiosidad y algo de oculto temor. Con Bernardo, nuestro entrevistado, las dudas y los temores se diluyen rápidamente. Nos abre su casa con una sonrisa, se interesa por las actividades que desarrollamos en la Fundación y el objetivo de las crónicas… e inmediatamente comienza a contar!

Tiene 81 años pronto 82 y vive en Belgrano, en una casa “chorizo” (como la de su niñez), reciclada, donde tiene su consultorio que todavía atiende y un hermoso jardín en el fondo. Convive con Isabel, su esposa, de la cual dice que ha sido la mejor elección de su vida. Recibe y disfruta a sus hijos y a sus tres nietos: una mujer y dos varones.
Tiene múltiples intereses, es un ejemplo palpable de las posibilidades de aprendizaje del adulto mayor. Actualmente hace un posgrado de Historia del Conocimiento y Evolución del Pensamiento, sobre todo filosófico y religioso. Asiduo lector de de Juval Harari y de aquellos temas relacionados con la incidencia que tendrán la biotecnología y la infotecnología en el futuro de nuestras vidas.
Hijo de inmigrantes, su padre formó parte de la ola inmigratoria de millones de personas que vinieron de Europa forzados por la gran crisis que desencadenó la primera guerra mundial. Su abuelo muy religioso, originario de Bielorrusia,  región de grandes conflictos, conformó una familia de 12 hijos de los cuales “eligió” cinco (dos mujeres y tres varones) para que vinieran a América. El que luego sería su padre llegó a la Argentina en el año 1927 a los 19 años sin conocer el idioma y sin tener ningún oficio pero rápidamente trabajó en una fábrica como obrero  textil. Pocos años después conoce a una joven lituana que había llegado con su hermana y su cuñado con  la idea de establecer una ¡peletería en Brasil! ¡No tenían la menor idea del clima de ese país! Vinieron a Buenos Aires y la  joven lituana y el inmigrante de Bielorrusia se casaron y fueron los padres de Bernardo y de su hermano cinco años mayor.
Bernardo fue asmático desde muy niño, con crisis importantes. El médico que lo trataba sugirió un cambio de clima, por lo cual a los 8 años lo enviaron a Mendoza, con  un tío soltero que tenía un almacén. Fue un gran desarraigo y la recuerda como una etapa poco feliz. El asma no se curó y volvió a Buenos Aires a los 12 años, a vivir en Villa Lynch. Comenzó a ayudar a su padre que había instalado dos telares en una habitación de su casa. Así pudo recuperar sus afectos pero además lograr un entorno social para desarrollarse: el club Peretz de Villa Lynch, para jugar al básquet y tener sus amigos, y estudiar en el colegio secundario Tomas Guido de San Martín (en el cual se llevaba casi todas las materias, que rendía en diciembre y las aprobaba todas) De este período tiene los amigos que hoy conserva.
A los 14 años comienza a trabajar en una importante fábrica textil que funcionaba las veinticuatro horas, donde aprende rápidamente no sólo el oficio sino que se convierte en el mecánico imprescindible para las roturas nocturnas. Me muestra con orgullo una lanzadera que conserva como recuerdo de su trabajo. Trabajaba durante la noche y estudiaba de día.       Tomó sus estudios universitarios con mucha seriedad y le fue muy bien; se volcó hacia el Reformismo Universitario, participando en la conformación de una agrupación  que defendía esas posturas, el Movimiento Universitario Reformista MUR 10, con el cual se presentan a elecciones y Bernardo es electo consejero universitario. Fue un grupo de avanzada ya que propusieron y lograron la creación de la llamada Unidad Hospitalaria, que rompió con los feudos de las cátedras aisladas y logró que a partir del tercer año los alumnos cursaran en el Hospital y estuvieran en contacto con los pacientes tempranamente. Gana un concurso en el Hospital Diego Thompson de San Martín como practicante mayor rentado y puede dejar su trabajo en la fábrica. Bernardo es una fuente de anécdotas, como les sucede a aquéllos que buscan cambios e innovación.
Se recibe de médico en 1962 a los 24 años, se casa con una psicóloga y tiene 2 hijos. Su decisión de dedicarse a la Pediatría, no la  tiene del todo clara, pero cree que el asma que padecía puede haber influido.  Comienza a concurrir como visitante a algunos servicios de Pediatría pero todo era muy difícil.  Hasta que se cruza circunstancialmente con una persona a la que él reconoce como muy importante en su vida, el Dr. Mario Jaite por ese entonces pediatra del Htal de Niños, quién por primera vez  le comenta sobre la Residencia en Pediatría que se estaba conformando en el Hospital de Niños Ricardo Gutiérrez. La idea le interesó y entusiasmó y se dedica a prepararse para el concurso de Residencia. Afortunadamente es seleccionado en el concurso y comenzó la Residencia en enero de 1964.
Aquí comienza la segunda etapa que define como de las más felices en su vida. En ese hospital se concentraba lo mejor de la Pediatría con dos genios: los Dres. Florencio Escardó y Carlos Gianantonio. Recuerda los pases de sala con ambos, las discusiones diagnósticas, las lecturas en la biblioteca. A esos pases de sala con el Dr. Gianantonio venían desde  el interior y exterior  del país para actualizarse, ¡y podían durar hasta las 3 de la mañana! terminando con un partido de pin-pong y empanadas. En esos encuentros también se comienzan  a pergeñar las nuevas concepciones sobre el funcionamiento y organización de los Servicios de Pediatría, no por salas de patologías si no por niveles de complejidad,  que culminó años después plasmándose en la creación del Hospital Garrahan.

Esos dos médicos además de ser brillantes profesionales tenían una relación privilegiada con los niños. Escardó luchó contra viento y marea para que se deje a las madres quedarse con sus hijos durante la internación  ¡en contra de las autoridades que se oponían! Ahí estuvo  Bernardo apoyando y alentando a las madres con otros médicos jóvenes residentes. Trabajaron sin que les paguen los sueldos durante los primeros ocho meses de la residencia y luego de una huelga lograron el objetivo de regularizarla.  Conjuntamente con la Dirección del Hospital y el Dr. Gianantonio se convirtieron en los fundadores de lo que fue la primera Residencia Hospitalaria en el Hospital de Niños Ricardo Gutiérrez, experiencia que luego fue replicada para todas las especialidades y es  imprescindible para la adecuada capacitación de los profesionales médicos.
Terminada la Residencia como Jefe de Residentes en la Sala de Metabolismo y Nefrología  se incorpora a este Servicio como médico del staff trabajando junto a médicos eminentes en temas relacionados con la Nefrología Infantil. El Dr. Gianantonio ya habia descrito al Síndrome Urémico Hemolítico, enfermedad endémica en nuestro país y estableció todas las pautas de tratamiento transformándose el servicio en referente para todo el país. Posteriormente ante la necesidad de desarrollar técnicas de hemodiálisis en chicos pre-adolescentes  ante la posibilidad de trasplantes renales, Bernardo junto a la Dra. Capuccio implementaron en el Hospital de Niños, según el modelo del Hospital Italiano, la hemodiálisis para los niños trasplantados. Su relato  preparando los filtros, el tanque de agua utilizado para los líquidos de diálisis, la perforación de la pared para que las  mangueras desagoten a un patio del hospital, son partes de la historia de la medicina. Él es un emprendedor, ya sea preparando filtros para diálisis  o arreglando las máquinas de la fábrica.
Después de muchos años en esta especialidad siente que su experiencia está agotada, decide hacer la especialidad de Neonatología y consigue una beca para formarse en Barcelona. Viene una época oscura en el país, adelanta la beca y viaja en 1976, conservando su cargo en el Hospital de Niños. Vuelve luego de 6 años,  y en el ínterin junto a otros 30 médicos del hospital había sido  declarado en 1977 “prescindible por presunto subversivo”. En 1983 con la vuelta de la democracia es reincorporado junto a todos los “prescindibles” al Hospital Gutiérrez, pero por propuesta del Secretario de Salud de la Municipalidad es trasladado al  Servicio de Neonatología del Hospital Argerich. Luego de varios años gana el concurso de Jefe del Servicio de la especialidad. El Hospital recibe un crédito del Banco Mundial que se destina a modernización y Bernardo convoca a todo el personal de salud y padres de pacientes internados, para que entre todos diseñen el nuevo servicio de acuerdo a las necesidades de los que trabajan en él,  de los pequeños pacientes, sus padres y familiares. No es difícil imaginarse cómo lo hizo: desde el estudio de los micro a los macroclimas, la circulación de los padres, del personal y de las emergencias, circulación del material sucio y limpio, distribución de las incubadoras con todo el elemento técnico de soporte, los lactarios, la Residencia para Madres, la red de soporte para las computadoras y la elaboración de los protocolos de atención. El resultado fue un Servicio modelo con  los conceptos más modernos de internación y aislamiento de pacientes críticos con la tecnología más avanzada.
Nuestro entrevistado se jubiló en el año 2009 como Jefe del Servicio de Neonatología y Jefe la División Pediatría del Hospital Argerich culminando su carrera profesional.
¿Cómo se lo imaginan a Bernardo jubilado? Confiesa que tuvo sus temores, pero que se preparó con ayuda del psicoanálisis para no llegar a la escena tan temida del “jubilado, depresivo recorriendo los pasillos del hospital”. Esa escena no llegó porque  puso esfuerzo y pasión en todo lo que hizo,  desde su participación en la lucha universitaria, arreglando una máquina textil, montando una hemodiálisis, reparando una incubadora o cocinando en sus tahinis. Luego de su jubilación participó con otros profesionales en ASUMEN, una Alianza de 14 instituciones Científicas sin fines de lucro,  OPS, UNICEF, SAP, SOGIBA, SATI, Asociación Argentina de Enfermeros, Sociedad Argentina de Obstétricas, CEDES, etc. dedicada a temas de Mortalidad Infantil y Mortalidad Materna. El grupo fue referente nacional de estos  temas y Bernardo la coordinó durante 9 años.
En los “ratos libres”  viaja, cocina en sus ollas tahini comidas exquisitas y cada 15 días se reúne a con sus amigos del club Peretz de San Martín al cual concurría en su adolescencia. Siempre es el mismo. Por eso ahora se lo ve disfrutar plenamente de esta etapa de su vida, como “adulto mayor”