Adela Montes: de cazadora de autógrafos a amiga de las estrellas

Amada por el ambiente artístico, a los 91 años, sigue trabajando en periodismo de espectáculos, conoce los secretos de los famosos y nunca quiso trabajar en la pantalla chica «para no hablar tonterías»

Leni González
La Nación
28.12.2019

Adela Montes llega con el bastón en una mano y una bolsa en la otra y lo primero que hace es sacar una a una sus sorpresas. Primero un chocolate que dice «gracias», después un sobre con fotos que no entrega porque «ahora te digo quiénes son» y, por último, una caja de zapatos que guarda a un muñeco bebé que le regaló su maestra de segundo grado en 1936. Porque Adela es del 28, casi como las gemelas Legrand pero con aguante imbatible si los años de sufrimiento valen doble. Porque la vida de esta pionera del periodismo de espectáculos es un melodrama con condimentos para el tango, el radioteatro y el folletín. Pero con final feliz en su cara preciosa, sin rictus amargo, sonriente, memoria prodigiosa que jamás rompe códigos, una mujer para abrazar y escuchar mientras arda el fuego.

«Ahí se rompió, en la cabecita. Con mi hermana le hacíamos ropitas que, al tiempo, regalábamos -dice sobre su primer juguete de juguetería-. Ah, mirá también traje mi boletín de Enfermería, estudié tres años. Acá está mi nota: Sobresaliente. Tomá mate.» Adela aplicaba inyecciones a quienes necesitaban, sin cobrarles, por supuesto. También a su papá, muy enfermo desde siempre, que murió ante sus ojos, justo en ese instante. Anécdotas al pasar que nunca mencionan la palabra «tragedia» y que juntas podrían hacer de la joven Adela un personaje de Dickens o de Roald Dahl. Pero ella jamás querría un protagónico: lo suyo es observar a otros y contar.

«El día de la primavera de 1946 fundamos el club. Éramos unas 20, íbamos a todos lados, las salidas de la radio, los hoteles, pero con mucho respeto. Los artistas se quedaban a charlar, nosotras les preguntábamos ‘¿y su mamá, cómo anda?’.» Ya lo contó antes pero como el público se renueva, hay que repetirlo por si alguno cree que no estaba inventado. El club se llamaba Cazadoras de autógrafos y lo formaban un grupo de protofans que esperaban «a los artistas» (no se usaba «famosos») adondequiera que fueran, con una sonrisa y un papel en la mano. Sí, Adela era una cholula, ni más ni menos, aún antes de que se inventara la palabra. En ella se inspiró el dibujante Toño Gallo cuando creó la historieta Cholula, loca por los astros, entre 1958 y 1968, en las revistas Damas y damitas y Canal TV. «Siempre me dediqué a los chimentos del espectáculo», dice la socia fundadora y miembro de Aptra, de ACE y de la Asociación de Cronistas Cinematográficos, decana del quienesquién en actividad: dos veces por semana va a la redacción de Pronto, donde trabaja desde que abrió, hace 24 años, y va al menos tres veces, al teatro. «Me siento adelante porque no veo bien de un ojo. Y por los escalones», advierte.

Hija de inmigrantes españoles, mamá lavandera y papá taxista, Adela y sus dos hermanos crecieron en la pieza de un conventillo en Barrio Norte. No pudo hacer el secundario porque a los doce empezó a trabajar en una fábrica. Los hermanos murieron hace unos 25 años y ninguno de los tres se casó ni tuvo hijos. A veces se escribe o habla con sobrinos por parte de primos: uno de ellos, Diego Puente, fue el pequeño protagonista de Crónica de un niño solo, de Leonardo Favio.

El arbolito y Papá Noel no son recuerdos infantiles para Adela. Un poco de pan dulce y chau. Nadie hablaba de esas cosas hasta los años cuarenta. Ni aparecía en las revistas que ojeaba de prestado: «Las señoras que trabajaban en casas traían al conventillo revistas usadas, todas las leíamos, yo recortaba las fotos de los artistas como figuritas. Así empecé». Hoy compra el diario de viernes a domingo, el resto se lo prestan, lo lee en la redacción o lo intercambia por revistas.

Ir al cine era la pasión de los hermanos Montes, dos veces al mes, tres películas al hilo, en el Roxy de Las Heras y Agüero, casi siempre cine argentino y series norteamericanas como Dick Tracy. «Leía muchísimo, eso sí. Y eso que mi mamá era analfabeta, a ella le gustaba mucho la radio, pero mi papá sí, él compraba Noticias gráficas donde seguía la Guerra civil española. Un día, el diario vino con un mapa grande de España y nos hizo aprender adonde estaban todas las ciudades, los ríos, todo. En los kioskos de diarios, comprábamos unos libros muy toscos, de la editorial española Calleja, con obras y cuentos infantiles que nos devorábamos y yo se los pasaba a los otros chicos. Pero el mayor de los sueños -continúa- era tener zapatos nuevos. Los zapatos se arreglaban una y otra vez hasta que no daban más y había que comprar nuevos. Con la caja de zapatos hacía una mesa y con el papel de seda, mantelitos»: las asociaciones de Adela fluyen como un río que crece y se desborda de recuerdos. Habla sin puntos ni comas para no darle tiempo al asomo de una lágrima.

«Escribí en todas las revistas, en todas, desde los años 50, colaboraba mientras trabajaba en Dubarry (fábrica de jabones) hasta que cerró, en 1985. En Canal TV, la antecesora de TV Guía, estuve desde 1958 hasta 1973. Llegó a vender 300 mil ejemplares. Hacía notas, columnas de chimentos: ‘La vecina’, ‘Me lo dijo Adela’, ‘Adelita’, ‘Pepa de Pérez’, de todo», cuenta la periodista que durante casi toda su carrera se ganó la vida con otro empleo. Los autógrafos, en una época donde era mucho más fácil acceder a actores y actrices, sin jefes de prensa y un solo teléfono de línea, fueron el motor inicial. Ese material de primera mano, que solo las Cazadoras obtenían, muy pronto se valorizó.

«Nos ayudó mucho cuando a las Cazadoras nos hicieron una nota en Radiolandia, que era muy importante. Después, nos dieron un programa en Radio Libertad, el sábado al mediodía, en 1949, todavía no había tele. Autógrafos en el aire, me encantaba ese nombre. ¡Vinieron todos al programa, hasta Narciso Ibáñez Menta! Pero nos echaron antes del año porque defendimos a un actor que se había quedado sin trabajo en radio El Mundo, el mismo grupo. Entonces, Ángel Marina, un vividor total, nos llevó a Radio Mitre, donde estuvimos diez años con Camino a las estrellas, un nombre que eligió. Nunca nos pagó. Hacíamos una revista también, contestábamos cartas, conseguíamos autógrafos, todo lo que hacía… ¿Sabés quién era el locutor de piso? Alejandro Romay. Siempre que me veía me abrazaba. ‘¿Por qué no le pedís algo?’ me decían. No, nunca quise estar en televisión, no me gusta».

-Adela, ¿en diez años, nunca les pagaron en Radio Mitre, dijiste eso?

Sí. Nos decía que la publicidad era de la radio. Años más tarde, supimos que era un espacio de él. Nos mentía con los avisos, nosotras le creíamos, cada vez que lo pienso…

¿Por qué no quisiste trabajar en televisión? ¿Ser panelista?

No me gusta la tele. No me gusta pedir ropa, no me arreglo, parezco una ciruja, me de vergüenza. Panelista no, hablar por hablar, de cosas que no sé, de cualquier cosa, no. ¿Sabés dónde me pagaron muy bien? En editorial Atlántida, me llevaban a todos lados, iba con Renée Sallas, la periodista estrella de Gente, a las fiestas para que le dijera quien era cada uno porque yo los conocía a todos.

Entre las fotos que trajo, hay una Adela de pelo oscuro y cincuentialgo frente a una torta con velitas, rodeada en una larga mesa por muy famosos, gente que la quería y la festejaba. «En las tapas de las revistas siempre salían los mismos: Mirtha Legrand, Tita Merello, Zully Moreno, Hugo del Carril, los nuevos no entraban, era muy difícil. En Mundo radial, la revista que hacíamos con mi amiga Laura Álvarez Soldá, empezamos a poner en tapa a desconocidos de ese momento como Duilio Marzio, Fernando Siro, Egle Martin, Graciela Borges, Lautaro Murúa. Y si salían en una, después salían en todas. Marty Cosens casi llora cuando se vio en tapa, me trajo una caja de bombones», cuenta Adela como si fuera ayer. Confianza con los artistas pero no permiso para contarlo todo. Las infidelidades, las elecciones sexuales, ni se mencionaban. «¿Y Adela, Fulano es o no es?» le preguntaban sus amigos. «No, nada que ver, te parece porque es fino», era la respuesta que años después la hace reír. «Dale, así que éste también es fino», le dicen hoy cuando ya no se sonroja.

«Una vez, Hugo Sofovich me felicitó y me agradeció porque nunca conté nada, ‘aunque me viste en más de un renuncio’, me dijo. ‘Es que yo te vi en casas donde me invitaron y yo ahí no veo nada’, contesté. Es que las chicas, igual que a Gerardo, les llovían», dice Adela con un guiño de nada nuevo bajo el sol.

«Con el tiempo me di cuenta de todo lo que trabajaba, yo hacía todo. Pero era muy conformista, muy quedada, muy vergonzosa. Mi hermana Ofelia era distinta. Aprendió a manejar, se compró un Fitito. El día que yo fui a aprender, mamá se descompuso y no fui más. Le dábamos todo el sueldo a mi mamá para poder salir de ahí, para comprar el departamento. Nos estafaron dos veces, recién en 1966 nos mudamos los cuatro, mi papá ya había muerto. Vivimos juntos. Quedé yo, la única longeva de la familia.»

¿No tuviste un romance con algún famoso?

No, nunca. Una vez uno, no te voy a decir quién, me acompañó y quiso subir a tomar un café. Le dije que si subía se iba a encontrar con mi mamá y mis hermanos. Por supuesto, se fue.

¿Había grietas entre los artistas como ahora?

Había diferencias, sí, peronismo y antiperonismo, las historias que conocemos. Pero no tantas peleas como ahora. Yo tenía un autógrafo de Eva Duarte, cuando iba a la radio, pero casi no hablé con ella. Lo presté, cuando fue el auge de la grafología, me los pedían siempre. Y no lo pude recuperar. Perdí muchos.

¿Vas a escribir tus memorias?

Ya dije que no. Lo que no conté en su momento, fue.

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