¿El geriátrico es el fin de la vida? No en mi caso: soy artista, sigo trabajando y acabo de exponer en un museo

Cuando murió su madre. La autora, incómoda en una casa grande, decidió probar en una residencia. En alguna la trataron mal. Pero en la actual dice que se siente feliz, puede hacer su vida y a la vez estar protegida.

MÓNICA FURMAN
04/10/2019 – Clarín.com

Les cuento. Hace unos quince años murió mi madre. Mi papá había fallecido hacía más tiempo. La casa de la familia era muy grande, yo estaba sola, no sé cómo decirlo pero la idea apareció un día tomando unos mates con mi hermano mayor. Surgió entonces la propuesta de que yo deje la casa familiar y pase a vivir en un geriátrico. Yo estuve de acuerdo aunque al principio el cambio me asustó poco. No sabía muy bien de qué se trataba y tenía como todo el mundo muchos prejuicios al respecto. Pero así se hizo finalmente y no estoy arrepentida.

Debo confesar, eso sí, que en el primer lugar donde estuve me trataban mal. No me gustaba. Aún así puse en juego toda mi formación artística –lo cuento en detalle unas líneas más adelante– y pude hacer ahí un dibujo grande en carbonilla que fue elogiado hasta en Radio Nacional.

Donde estoy ahora me siento libre y feliz. Puedo salir cuando quiero –apenas debo avisar adónde voy y más o menos por cuánto tiempo– y en el lugar trabaja Marisel, una psicóloga divina que me apoya y me estimula muchísimo para realizar mis trabajos artísticos y, por qué no decirlo, como aliciente para la vida más en general.

Ya es tiempo de contarles que soy artista plástica, estudié en la Escuela Nacional de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón donde me recibí como profesora nacional de dibujo y grabado. El mundo del arte ha sido lo mío desde siempre y aunque parezca mentira donde estoy ahora, el geriátrico, se abrieron muchos caminos nuevos para mí.

Ya hice aquí cerca de cuarenta dibujos con tinta y plumín. Ahora dibujo sobre papel con una lapicera japonesa que me regalaron y con la que puedo hacer milagros. Los abuelos que me acompañan en el geriátrico, que queda en San Fernando, son un amor. Yo los llamo así cariñosamente. Abuelos.

Aclaro por si acaso que nunca quise armar una familia cuando se dio la oportunidad. Para mí el arte ha sido y es lo principal. Tuve, eso sí, varios amores, algunos afortunados y otros desafortunados. En ningún caso quise tener hijos. Es más. Podría decir que mis hijos e hijas son mis obras y los ex alumnos que a veces me reconocen, me visitan y me saludan por la calle.

Confieso además que en uno de los geriátricos donde estuve anteriormente tuve un romance inolvidable. Fue con un señor que andaba en silla de ruedas. Él era artista como yo y tenía cuatro hijos que lo querían mucho. La relación duró un poco más de un año… hasta que el hombre murió. Fue una dolorosa pérdida para mí.

En tiempos anteriores tuve otras relaciones pero no vale la pena detenerse mucho en ellas. Recuerdo el caso de un hombre que conocí cuando yo tenía un poco más de cuarenta años –hoy tengo 73–. Aquella fue una linda historia, no lo voy a negar, pero ahí surgió un problema para nada extraordinario. Al susodicho le gustaban las chicas de veinte… Tuve que dejarlo con sus entretenimientos y me mandé a mudar. En tales casos no hay mucho que se pueda hacer. Con alejarse, alcanza y sobra.

Lo cierto es que en el mundo del arte he tenido amores definitivamente más fieles y perdurables. Recuerdo mucho por ejemplo al maestro Roberto Páez, un gran artista del grabado y el dibujo que fue profesor mío en la escuela de Bellas Artes. No me olvido tampoco del escultor Antonio Pujia a quien pude conocer personalmente. O a la gran Aída Carballo, dibujante y pintora surrealista de altísimo nivel a quien también tuve el privilegio de tratar. La lista de esas pasiones artísticas sería interminable y seguramente añadiría los nombres de Van Gogh y sobre todo el de Rembrandt, mi preferido entre todos.

Últimamente se despertó mi interés por conocer mejor la historia del Holocausto y todo ese horror brutal conducido por un hombre muy malo o muy loco, nunca se sabe. Creo que no existe una manera humana o mínimamente objetiva de definir con precisión a monstruos como Hitler o Mussolini. La cosa es que en las horas muertas me dedico a leer a gente muy valiosa ya sea por lo que sufrió en esos tiempos como por la escritura de esa historia apasionante y terrible.

Me atrae por ejemplo la admirable figura de Irène Némirovsky, una gran novelista nacida en Ucrania que fue deportada bajo leyes raciales por su origen judío. Ella murió en Auschwitz de tifus en agosto de 1942. También me interesa mucho Stefan Zweig, un escritor y activista austríaco que se suicidó junto a su esposa en Petrópolis, Brasil, cuando pensó que el nazismo iba a extenderse por todo el planeta. Antes de tomar la decisión extrema, Zweig había escrito una frase conmovedora. “Creo que es mejor finalizar en un buen momento y de pie una vida en la cual la labor intelectual significó para mí el gozo más puro y la libertad personal el bien más preciado sobre la tierra”.

Estoy leyendo en estos días –espero que quienes lean esta nota no se aburran con tantos datos y nombres– al historiador británico Antony Beevor que se especializó en la Segunda Guerra mundial y en la Guerra Civil española. No puedo explicar por qué –quizás por mi condición de mujer judía– pero tengo un especial interés en episodios históricos como la heroica y trágica batalla de Stalingrado o la toma de Berlín en 1945 a manos de los ejércitos aliados.

La verdad es que leo unos doce o trece libros a la vez. A mí misma me impresiona la cantidad de volúmenes que se acumulan en mi cuarto. Creo que nunca leí tanto como ahora, sí, nada menos que en un geriátrico.

Claro que no todo en la vida es una fiesta. No voy a negar que a veces pienso en la muerte. Es algo misterioso y muy enigmático para mí. ¿Pero quién puede saber cuándo le llegará la hora? Admito también que a veces, cuando estoy sola en mi pieza, tengo momentos de tristeza. Pero sólo son momentos que por suerte pasan rápido.

Más allá de eso me siento como una piba de veinte. No es que me quiera mandar la parte o que no me dé cuenta de los inevitables problemas del cuerpo que llegan con la edad. Pero así es como me siento: una piba de veinte o menos años aun. Tengo espíritu juvenil. No me siento vieja para nada. Por el momento el único mal de salud que me afecta consiste en un problema de cataratas en los ojos: es algo que tendré que operarme un poco más adelante.

Mientras tanto pinto durante varias horas. Lo hago todos los días ya sea sola en mi pieza o compartiendo mesa con los abuelos. Esa rutina artística me encanta. De vez en cuando me visita mi hermano, un médico jubilado del hospital Pirovano. El tiene 76 años y se volvió a casar hace un año y medio. Tengo también un montón de primas. Pero las veo poco y nada. Tengo un primo que fue juez, ahora está jubilado, que tampoco veo nunca. Una prima psicóloga me llama a veces por teléfono y eso por supuesto me alegra aunque hasta ahora nunca vino a visitarme. Hablando más en general debo decir que el ser humano es imprevisible y contradictorio. Muchas veces miente llevado por las circunstancias. En algunas ocasiones me crucé con personas que yo creía próximas y me mintieron o incluso me traicionaron. Pero no soy rencorosa.

El lindo ambiente que me rodea ayuda a salir de los estados melancólicos que todos tenemos. Aquí me entero de las noticias, leemos siempre el diario, miramos televisión, conversamos, recibo muchas invitaciones por mail de amigos y gente de la colectividad, artistas, escritores, gente maravillosa. Una vez por semana –los martes– voy a un cyber del barrio y me ocupo de responder todos los mensajes que me llegan.

Ahora estoy haciendo un montón de actividades, entre ellas un taller de radio y un curso de inglés donde estamos leyendo, en ese idioma, la famosa y hermosa novela de McCullough El pájaro canta hasta morir. Es una historia de amor que me conmueve. Como si esto no alcanzara, hace poco también escribí un radioteatro con la ayuda de un profesor muy bueno que conocí en la Universidad Popular de Belgrano.

La escritura y el arte, en realidad, formaron y forman parte de mi vida. A los 28 años, sin ir más lejos, escribí una obra teatral que un amigo historiador llevó a Radio Nacional. Me costó mucho hacerla porque en esa época –año 1975– se venían tiempos oscuros para la Argentina.

En esa obra, una especie de profecía, aparecen soldados y situaciones poco agradables. Escribir eso fue para mí una especie de catarsis. Lo bueno que tiene el arte es que nunca miente. Siempre dice la verdad más profunda de las cosas, le guste a quien le guste.

En el geriátrico no hay dos días iguales. Todos son distintos. Un día me quedo dibujando. Otro día viajo en remís hasta la Amia para escuchar una charla interesante. Otro día voy a tomar clases de inglés, grabado o radioteatro. Es como si nunca me cansara de hacer cosas. A veces prefiero no salir a ningún lado y me quedo en el hogar –que se llama Arco Iris– ya sea para leer o dibujar. Últimamente descubrí algo nuevo que es la escritura de poemas con forma de sonetos y también de haikus, un género que viene del Japón y consiste en poemas muy cortos con tres versos de cinco, siete y cinco sílabas cada uno. A veces participo en un encuentro nacional de haikus que se organiza aquí cada dos años. En pintura me gusta mucho lo figurativo. He dibujado parejas, bailarinas, rostros. No hace mucho expuse mis obras en el Museo Lucy Mattos de Beccar, no muy lejos del lugar donde me alojo.

En esa ocasión una crítica de arte escribió algo muy lindo y sentido sobre mi obra que me gustaría reproducir. “Mónica Furman maneja muy bien el claroscuro –subrayó la mujer–. Lo hace a través de una ligera y delicada trama donde con minuciosidad teje imágenes y sentimientos que se expresan en miradas esquivas, rostros angustiados y el hondo dolor que emanan los seres sensibles… Sus imágenes son profundas y conmovedoras. Entre las obras expuestas pueden verse figuras danzantes y jóvenes con ojos sorprendidos y enamorados que en conjunto conforman un recorrido que nos hace perder en los profundos laberintos de la memoria”.

¿No me puedo quejar, no?

Me gusta la palabra laberintos, tan borgeana, tan mía también… Y la verdad es que me atrae meterme en los laberintos como queriendo saber qué hay del otro lado del mundo. Mi hermano siempre me pide que no viaje en tren o colectivo porque, como están las cosas hoy en día, correría peligro. Pero no siempre soy tan disciplinada. Me gusta andar por la calle, observar, escuchar, pensar, disfrutar de la vida como lo hago desde que me levanto hasta la noche. Por lo general duermo unas seis horas.

Una vez, hace mucho tiempo, participé de un certamen literario convocado por los consejos escolares de varias localidades. Lo cierto es que, créase o no, gané el primer premio en ese concurso con un poema que titulé Un caballo azul contra mi almohada. Posteriormente fue publicado por la revista Vosotras. En fin. Prefiero no aburrir a los lectores con la mención de los premios y distinciones. Lo importante es que me hacen sentir orgullosa y me han dado mucha alegría.

Desde niña –todavía conservo un cuadro que pinté cuando tenía apenas diez años– me interesó retratar rostros humanos con sus distintas y múltiples expresiones. Eso me atrae. Desde que estoy en de San Fernando se multiplicaron mis ganas de hacer cosas vinculadas a las distintas especialidades artísticas, incluidos aquellos rostros. Sé, porque lo sé, que nada es eterno. Pero justamente por eso, porque todo es efímero, mi única aspiración es disfrutar del instante que es todos los instantes. Y si el viaje se termina mi plan mínimo consiste, sí, en morir con vida.
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Mónica Furman nació en Morón pero casi toda su vida transcurrió en la ciudad de Victoria, zona norte del conurbano bonaerense. Tiene 73 años y es artista plástica y docente. Estudió inicialmente en la escuela Manuel Belgrano donde se formó como maestra en artes visuales. Luego recibió el título de profesora de dibujo y grabado en la Prilidiano Pueyrredón. Recibió todo tipo de premios y distinciones no sólo por sus dibujos, grabados y pinturas sino también por sus poemas. No se casó ni tuvo hijos. Dedicó y dedica gran parte de sus energías a la producción artística que tampoco abandonó en los geriátricos que habita desde hace quince años. Le gusta caminar, conocer gente, visitar amigos y amigas, la mayoría de ellos artistas y escritores. Su pintor más admirado es Rembrandt.

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