La “Vieja Amelia”: tiene 95 años, una tribuna con su nombre y el corazón que sigue latiendo por Newell’s

Amelia Montero tiene toda una vida ligada al club desde que en 1962 empezó a organizar los viajes en micro de los hinchas. Conoció a todos los dirigentes y jugadores y no hay nadie en el club que no la conozca.

25/09/2019 – Clarín.com

Amelia Montero lleva 95 años de camino recorrido y 89 destinados al club de fútbol de sus amores. Comenzó a escribir su historia un 25 de septiembre de 1924, en Rosario, ciudad en la que fue distinguida -por el Concejo Deliberante- como “Referente Social y Deportiva”. Su sangre es roja y negra de corazón, aunque italiana y árabe por herencia.

“La vieja Amelia”, como dice la primera tribuna de un estadio de fútbol argentino en honrar a una mujer, no siempre fue vieja. Cuando en 2012 la Subcomisión del Hincha de Newell’s Old Boys juntó firmas para homenajearla poniéndole su nombre a una tribuna, su historia se popularizó. Fue casi como una reina cuando finalmente es coronada.

Tuvo la fortuna de ser contemporánea a casi toda la historia del club. Newell’s se fundó en 1903 y ella, a sus seis años –en 1928-, ya era parte incondicional. Atestiguó los mejores y peores momentos de la institución rosarina. Entre los primeros, cuando Diego Maradona formó parte del club: ella, sentadita, se ganó un lugar en aquella práctica donde el número 10 se lució por primera vez.

Subí que te llevo

​Un día de 1962, en uno de sus viajes en tren siguiendo al equipo, un conocido se atrevió a decirle: “Amelia, ¿Qué te parece si te animás vos que tenés teléfono a sacar los colectivos con hinchas?”. En aquel entonces contar con un teléfono en el hogar era un privilegio. Y ser la única mujer que frecuentaba religiosamente el predio del equipo de sus amores, también. Era la única. La fanática apostó a la aventura.

Amelia se convirtió, así, en la pionera. Primera hincha de la historia de la institución en sistematizar la algarabía de un amor irracional, concretado en cientos de kilómetros de las más diversas rutas del país e, incluso, del continente.

Su misión era organizar los viajes en colectivo y cobrarle a cada aficionado su pasaje. ¿Y las entradas? Ella también se encargaba. “Para pedir las entradas yo andaba una semana atrás del presidente”.

Ninguna máxima autoridad de la historia del club pudo evitar esas presiones tan inocentes, pero tan osadas para un universo tan enviciado como el fútbol. Ante la renovación de cada período presidencial del club, Amelia se veía obligada a refrescar sus armas retóricas para que su escuela siguiera en pie.

El difunto Eduardo López, procesado por administración fraudulenta del club, tornó su condición de victimario a víctima por, al menos, un instante de su vida. Fue cuando una vez Amelia se dirigió hacia su oficina: ¿Me vas a dar entradas, Eduardo?» Ante el rezongo de López, Amelia insistió: «¡Si hicimos un trato y vos me las ibas dar!»

Cuando fue a hacer el mismo pedido de cara a otro partido, el presidente le mando a decir que no estaba. “Y yo dije ‘bueno, me siento acá y de acá no me muevo hasta que venga’. Así que tuvo que aparecer. Y volvió a rezongar. Le repetí que ya estaban organizados los viajes y que los chicos se iban a portar muy bien. Y él me decía ‘que esto, que lo otro’. ¡Lo reputié!, le dije de todo y me dijo: ¡Sos la única persona que me ha insultado así!

​De la misma manera, imponía su liderazgo ante cualquier hincha que decidiera emprender la aventura cada quince días por las rutas. En aquel entonces, no existían los barrabravas, tal como se conocen hoy. Amelia trataba con “muchachos muy, muy respetuosos”, muchos de los cuales se convirtieron luego en jugadores, técnicos, dirigentes de Newell’s. “Ellos subían al colectivo y yo estaba en la puerta, abajo. ¿A ver el papelito? -yo les daba un cartoncito-. Me daban un beso y subían. ‘¡Pórtense bien, eh!’”.

Este relato entreteje las anécdotas pícaras de una anciana que supo apadrinar cientos de corazones, con la incertidumbre sobre cómo hacía para lograrlo. Pero no lo podía poner en palabras. “No sé de qué manera los habré convencido. Como yo les daba las entradas, no se las cobraba, nada, eso seguro los convencía. Ellos pagaban el asiento y yo les mostraba las boletas: ‘esto es lo que me cobran’. Nunca le saqué ni cinco centavos a ninguno”, reflexiona Amelia, orgullosa de su labor de contadora transparente.

Lucía “la profe” Salinas, quien se encuentra sentada a su lado y sonríe con admiración y conmoción ante cada anécdota, tampoco sabe ponerlo en palabras. Luego de un suspiro y con una mirada enternecedora se anima a decir que “Amelia nunca te dejaba en banda”.

De todos modos, de vez en cuando, la humildad suele entorpecer grandes anécdotas. Para sortear aquel acto de modestia, “la profe” interviene seguido: “Cuando nos deteníamos en los paradores de la ruta, ella se metía en la cocina y les pedía que prepararan sándwiches para todos los chicos que no podían comprar. Eso lo he visto. No me lo contó nadie”.

Las anécdotas de “la vieja Amelia” son conocidas por muchos hinchas “leprosos”. Previo a un partido por Copa Libertadores, al ver que quedaban muchos sin entradas, Amelia fingió un repentino desmayo que posibilitó que todos ingresaran ante el desconcierto y la sorpresa de los controles.

La familia

​Amelia enviudó a los 49 años. Estaba casada con el italiano Antonio Macellaro, con quien tuvo dos hijos: Mario y Miriam. Su marido tenía un buen pasar económico y, con esa excusa, ella jugaba al papel de Robin Hood, poniendo en juego, una vez más, todas sus armas de seducción: «Antonio, por favor, ¿me das plata para el chofer?

Antonio era hincha de Rosario Central, acérrimo rival del Newell’s de Amelia. “Nosotras, las mujeres, somos tan porfiadas que tenemos un gran poder de convencimiento”. Claro, lo convenció. Y lo dio vuelta. Cuando su compañero falleció, las propuestas de matrimonio no esperaron, pero Amelia ya tenía tomada su decisión: “Yo me casé con Newell’s”.

Amelia Montero, a sus 95 años, sigue siendo una leyenda viva del club rosarino. Durante décadas, trató con dirigentes, autoridades, jugadores e hinchas. Hombres, casi todos hombres. En épocas en donde era impensado concebir a la mujer tal como sucede en la actualidad, Amelia tuvo la habilidad suficiente para extraer del fenómeno del fútbol lo más genuino y sincero: el amor por los colores y por quienes militan por ellos.

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