Julio Chávez y su mirada sobre el erotismo en la vejez

Mientras protagoniza a un sindicalista en la ficción televisiva El Tigre Verón, el director y autor acaba de estrenar la obra de teatro Inés, un relato sobre la identidad, la belleza y el amor.

MERCEDES MÉNDEZ
09/08/2019 –
Clarín.com

En Inés, la última obra de teatro que escribió Julio Chávez junto a Camila Mansilla, una mujer aparece en escena y, con la voz suave, dice: “Buenas noches”. Espera un rato, trata de generar un contacto visual con los espectadores y sonríe. Avisa que les va a contar una historia y que se preparen porque la vida es linda. Lo expresa con cierta ingenuidad, se toma un tiempo para hablar, estira las palabras, hasta que comienza un relato sobre la identidad, la belleza y el amor.

Chávez es uno de los actores más prestigiosos de la Argentina, pero además escribe (tiene cuatro libros publicados y más de diez obras), dirige, pinta, hace esculturas y es maestro de actuación. Esas son sus ocupaciones públicas, pero su presencia anticipa muchas tareas más, que lo mantienen casi al acecho del deseo. Leer, formar grupos de estudio, investigar. Tareas que nunca evaden el cuerpo, porque en su taller de pintura convive el Manifiesto Comunista (que está releyendo), con espátulas, pinzas, pinceles, algunos de sus cuadros y esculturas. Ese impulso por la vida, esa necesidad de hacer casi de manera compulsiva, pueden anticipar algo de la frase con la que comienza su último espectáculo: “La vida es linda”, dice la Inés que Chávez imaginó para escribir sobre la contemplación del amor. Y él, en su modo de vida, parece estar atento a los destellos de belleza que lo rodean.

–Escribiste una obra sobre una mujer que se pregunta sobre su identidad y, para responderse, necesita contar la historia de sus padres. ¿Cómo surgió esa idea?

–Cuando tenía 30 años pasaba en el colectivo y vi a un señor y una señora comiendo helado en la puerta de una heladería. Sentía que el mundo se había detenido para ellos, que de alguna manera se decían: “Nos merecemos este helado. Hemos trabajado mucho”. Ella, cada tanto, comía del helado de él. Los vi y pensé: “¡Qué belleza! Quiero hacer una obra con eso”. Solamente para poder tener dos viejos sentados comiendo helado.

Con las actuaciones de Mabel Salerno, Chela Cardalda y Luis Canduci, la obra que Chávez y Mansilla dirigen en El Camarín de las Musas, parte en su relato de una confusión: una actriz reconoce que no es muy buena en su trabajo y confiesa que la llamaron por error para protagonizar La voz humana de Jean Cocteau. Cuando está actuando una llamada telefónica en esa obra, escucha una voz real que le pregunta: “¿Quién sos?”. A partir de ese momento, ella decide contestar la pregunta y crear un nuevo espectáculo autobiográfico.

–La obra plantea una relación de amor entre una pareja de 80 años. ¿Te parece importante pensar cómo es el amor en la vejez?

–Sí, son temas que me interesan. El erotismo en la vejez, por ejemplo. ¿Hay una edad límite para poder vivir la experiencia del rechazo? ¿Cuándo caducan los sentimientos en los seres humanos? ¿Quién puede ponerle fecha de vencimiento al sexo, al amor, al deseo, a la caricia? ¿Cuándo llega la fecha de vencimiento de un rencor? La obra también me hizo trabajar con mi pudor, no comprar mi identidad, preguntarme también quién soy. No tengo padres que se hayan amado, pero he sentido el amor entre ellos. No han tenido la escena del amor, pero si no hubiese existido, no habría experimentado ese amor de alguna manera. Todo el tiempo me pregunto de dónde me sale el gusto por el vivir, y si bien me armé mi propia identidad, hay zonas de enormes plantaciones de flores bellísimas, que no son el desierto que supuse que era. Entonces, esta obra me despertó mi deseo de construir un mundo amoroso sobre una pareja grande y la relación con su hija, aunque no lo haya tenido, pero no por eso es menos mío. Además, me conectó con palabras que para mí tienen valor, como amor y belleza. Inés dice: “Al final el amor y la belleza se hicieron solo para contemplar”. Con Camila Mansilla quisimos contar la experiencia de alguien que vive la contemplación del amor.

–¿Qué significa contemplar el amor?

–Todas las palabras tienen que ver con el tener: tener una pareja, por ejemplo. Cuando alguien te gusta y sentís una atracción, lo primero que querés es tenerla, porque no se aguanta la contemplación, parece que la contemplación tiene un solado, que es el soldado de la posesión. Que pareciera ser que satisface la experiencia del contemplar, pero no es así. La satisfacción se logra con el observar, con el apreciar, con saber que está ahí y no te pertenece. Quisimos construir un ser que no posee, que contempla. Cuando un chico se obnubila con algo, lo primero que dice es “quiero” y el padre se preocupa porque lo tenga. Es histórico y lo más cliché del mundo, pero se sabe que el chico, después, lo deja tirado. ¿No será que los adultos también hacemos eso, inclusive con la belleza? Es un tema que tocamos de una manera muy primaria en nuestra Inés, pero está en el Don Juan, en toda la obra de Kierkegaard y muy bien tratado en la obra Partición del mediodía, de Paul Claudel. Inés es una criatura que hace la experiencia de la contemplación. En su indagación acerca de quién era y con su lenguaje, que no es psicoanalítico ni intelectual, logra comunicar ese encantamiento de sentirse una observadora y haber observado el amor, sin protagonizarlo.

–¿El arte te hizo conocer nuevas identidades sobre vos mismo?

–Por supuesto. Hoy podría ser sindicalista. Al hacer El Tigre Verón (miniserie que se transmite por El Trece, los miércoles a las 22.45) pude entender lo que es el gusto por tener compañeros y ponerme a la cabeza de cosas que no sabía, pero me lo dijo la experiencia artística. Estaba rodeado de 40 monos, de bestias geniales, de una animalidad a tierra y pensaba: ¿qué haces acá? Pero empezás a caminar, te tocan un bombo al lado y sentís una fuerza. Me di cuenta que esta es la experiencia que no hago en la política, pero en la ficción sí y que está en mí. Un día vino una compañera utilera y me dijo: “Las próximas paritarias arreglalas vos”. Un personaje no es mi opinión; pongo el cuerpo y entiendo lo que es eso. No tengo una mirada crítica acerca del asunto, tengo una experiencia corporal. Me impresiona el desconocimiento acerca de mi propia humanidad. La identidad es una construcción, hecha de un espacio infinito que es la humanidad.

–¿Por qué decidiste presentar esta obra en el circuito independiente?

–Estoy muy interesado en trabajar la autogestión con mis grupos. Hay que dejar de victimizarse un poco. No se puede ser víctima todo el tiempo. Les digo a mis alumnos: “Ustedes consideran que el mundo es injusto, bueno practiquen justicia. Hagan la experiencia, entonces van a tener que decir ‘el mundo que estoy construyendo no es del todo justo’, pero están haciendo algo”. El teatro independiente es un espacio vital, con contradicciones, ideal para discutir. Para mí se prende la cámara o se abre el telón y siento que es el momento en que me dieron la palabra para hablar. Es el momento de ser hacedor. Cuando tomé la decisión de expresarme, me tomé atributos que tiene cualquiera.

–¿Todos tenemos atributos para el arte?

–Todos no. Cualquiera. No todos pueden crear la bomba atómica, pero sí cualquiera. No todos piensan, pero cualquiera puede pensar. Cuando uno dice todos quiere hacer un acto de igualdad: en el cualquiera está la igualdad. Pero no le puede tocar a todos, le toca a cualquiera.

Variaciones sobre la identidad

En un universo íntimo, Inés, la obra que Julio Chávez y Camila Mansilla escribieron juntos, retrata la historia de una mujer que se detiene en las cuestiones primarias de la vida. Un personaje anacrónico, difícil de identificar en esta época, que reconoce el amor entre sus padres y a partir de esa experiencia define su propia existencia.

“Inés está presentada como un personaje a contrapelo de la época. Si a esta chica la dejás en medio de Florida y Corrientes en hora pico, la destrozan. Quisimos hacer un espectáculo evitando la ironía o el cinismo, que son elementos que mí me gustan mucho, pero en esta obra el intento es el de entrar en un espacio sensible y religioso, sin pudor a que la contemporaneidad nos golpee la puerta y nos cuestione”, dice Chávez.

Una cama de una plaza, dos sillas de madera, un sillón, una mesa pequeña con un teléfono y unos paneles tapizados construyen este mundo sensible, que se sostiene con la mirada de los personajes. Inés, interpretada por Mabel Salerno, es la narradora de la historia y la protagonista, aunque en la obra ella practica en distintos momentos una escisión de su rol: le entrega la palabra y el centro de atención a sus padres, para que sean ellos los que armen su propio relato. En ese cruce entre escucharse, miradas y flashbacks a escenas del pasado, Inés trata de responder una pregunta: “¿Quién soy?”.

Chela Cardalda y Luis Canduci, como los padres de Inés, se suman a ese tono delicado de actuación: sonrisas tiernas, miradas, silencios intensos, situaciones en las cuales el público es involucrado, como una especie de constatador de las escenas de amor que ahí toman vida. En una época en que las ficciones se suelen escribir para personajes de 30 años, interpretar una relación amorosa entre una pareja de más de 80 parece un gesto rupturista. Ver esos cuerpos en escena, los modos de relacionarse, de caminar. La vida desde ese punto de vista.

En su rol de narradora, Inés por momentos pareciera buscar la complicidad del público para que trate de captar con ella, lo que ahí acontece. ¿Se puede capturar el amor? ¿Se puede llegar a percibir lo que significa extrañar a alguien? ¿Se sabe realmente lo que es la intimidad en una cama, en una charla, mientras se toma helado? Está ahí, en una obra de teatro, no le pertenece a nadie y es efímero. Un momento del amor, de la belleza, algo que se contempla y es inasible. Inés le dice buenas noches al público y cruza los dedos para que eso que ella siente, se pueda compartir.

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