A los 90, Julio Le Parc sigue con sus exploraciones radicales

El mapa celebratorio que homenajea este año a Julio Le Parc en Buenos Aires se constituye, como se ha difundido, a partir de tres de las instituciones más reputadas de la ciudad: el CCK, el Museo Nacional de Bellas Artes y el Teatro Colón. Cada una ofrece al público un capítulo distinto en la extensa trayectoria del artista de 90 años.

ANA MARIA BATTISTOZZI
30/08/2019 –
Clarín.com

Así, al impactante despliegue de pinturas, instalaciones lumínicas y obras, concebidas entre los años sesenta y la última década que tiene lugar en distintos espacios del CCK, se suman ahora una imperdible selección de obras de los años de formación en el Museo de Bellas Artes y la deslumbrante instalación que acaba de realizar para el Centro de Experimentación del Teatro Colón. Entre estas dos últimas es posible vincular el momento fundacional y la instancia creativa más reciente del artista. Generoso recorrido que nos revela cómo obsesiones tempranas se fueron convirtiendo en exploraciones radicales de una enorme coherencia que Le Parc ha mantenido desde el principio hasta el final.

Curada por la directora artística del museo, Mariana Marchesi, la selección de Bellas Artes se concentra en el breve lapso transcurrido entre 1955 y 1959, un período que hacia fines del año pasado también abordó –aunque de modo más restringido– el Metropolitan de Nueva York en su sede Breuer.

Telón de fondo de estos capítulos originales en la producción del artista es la destacada participación que Le Parc tuvo en las movilizaciones estudiantiles que surgieron a partir de la Revolución Libertadora y los reclamos institucionales que las acompañaron en términos de revisión de programas de estudio de la enseñanza artística. Estos detalles, no siempre destacados al reconstruir la trayectoria de los artistas, fueron determinantes en la formación de Le Parc y su desarrollo posterior. Algo que él mismo se encargó de subrayar.

¿Por qué? Porque fue a partir de esos cambios y las razones articuladas para promoverlos es que Le Parc afinó su radical posición frente al arte, mezcla de una indisciplina creativa primordial y una particular sensibilidad visual.

En un primer tramo, la exhibición da cuenta de los estudios de formación, con demasiadas trazas de una enseñanza académica. Pero al mismo tiempo, presenta un conjunto de monocopias realizadas durante 1957 en el taller de la Escuela De la Cárcova gracias a la libertad y aliento que les brindó el maestro Fernando López Anaya, entonces interventor de la Escuela de Superior de Bellas Artes. En ellas se distingue como dato general una marca muy propia de la estética de los años 50. Pero, si bien parte de estas obras participan de un tipo de composición todavía estática, demasiado dominada por la trama horizontal propia de la abstracción geométrica, –tal el caso de “Memoria verde”, “Salut Pk2” o “Dos 3”– otro grupo muestra cómo el impulso de movimiento quiebra ese estatismo y ya genera formas que el artista habría de trasladar a la tridimensionalidad. Es la serie Papelismos Papelismo 1/ Papelismo 3 y 4, con pequeñas formas geométricas que flotan en el espacio.

Entre agosto y septiembre de 1958, hizo pie en Buenos Aires la obra de Victor Vasarely. Las 42 obras que se expusieron en el Museo de Bellas Artes gracias a la gestión de Romero Brest, causaron enorme impacto en los artistas jóvenes. Básicamente, por las novedades que el húngaro planteaba con relación a los juegos ópticos que los ponían al tanto de las novedades de la Gestalt y las teorías de la psicología de la percepción. Así lo recordaron en varias oportunidades el propio Le Parc y Rogelio Polesello.

A fin de ese mismo año, Le Parc viaja a París con una beca del gobierno francés y lo primero que hace es conectarse con Vasarely. Y, si bien ese contacto le sirvió para intercambios de ideas, sus nuevos itinerarios no cambiaron demasiado; más bien profundizaron cuestiones ya abordadas en Buenos Aires. La series de gouaches en las que trabajan progresiones de forma y color son uno de los mayores atractivos de esta muestra. En su mayor parte, son trabajos sobre papel realizados durante 1959 en los que la serialidad contiene virtualmente el principio del movimiento. Un principio que llevará a lo real con dispositivos que también se exhiben en esta muestra como reliquia y testimonio de esa época de exploraciones. A partir de esta nueva etapa, ya en los años 60, sus investigaciones se dan en el marco del GRAV –Groupe de Recherche d’ Art Visuel– que conformó en París con García-Rossi, Hugo Demarco, Francisco Sobrino y François Morellet, entre otros. La mayor parte de ellos buscaban trasponer el formalismo de la experiencia visual pura e incorporar al espectador como sujeto activo. Las obras de Le Parc son elocuentes en esa intención desde antes de llegar a París.

Uno de los méritos de esta muestra, que procede en su mayor parte del atelier Le Parc gestionado por su hijo Yamil, es que permite seguir los itineriarios y preocupaciones del artista en relación al color, el movimiento y la luz desde el comienzo. Así, la obra “Inestabilidad”, de 1963, propiedad del Museo, con su sutil juego de luces, no podía haber estado mejor elegida como cierre para un derrotero sabiamente sensible e intelectual.

Regreso con gloria

Con sólo descender unos cuantos peldaños al subsuelo del Teatro Colón el visitante descubre un mundo de maravillas. Una experiencia que le acerca a las profundidades de una caverna de cuyo techo penden agujas de hielo reflejadas en aguas profundas.

Todo eso y mucho más suscita la última instalación de Le Parc concebida para el Centro de Experimentción del Teatro Colón. Probablemente ningún otro espacio del interior del centenario edificio le hubiera ofrecido una acogida tan deslumbrante.

Podría decirse que no es más que una adaptación al espacio de uno de sus conocidos móviles como la nube azul que cuelga en el hall de entrada del CCK. O que desde que las hizo conocer en la Bienal de París en 1963 con Lumiére en mouvement o Continuel móvil au plafond, este tipo de piezas representan una suerte de marca registrada del artista pero no una novedad. Sin embargo esta última intervención en el Colón si lo es y mucho más que eso.

Implica un insospechado giro en la trayectoria reciente del artista que vuelve sobre el uso de transparencias y caireles móviles pero introduce un novedoso juego de proyecciones y reflejos enfriados a partir del uso espejos y de luz negra. Novedad esta última que le aporta a éste, su más reciente , un tono de misterio que no tienen las obras precedentes. El tono de la fascinación y el miedo que entraña descender a una caverna infiltrada por agujas de hielo que, en su reflejos nos transportan a profundidades de vértigo.

La pieza actualiza con sorprendente vitalidad aquel principio fundacional que persiguió el artista al buscar una sucesión de situaciones perceptuales cambiantes.

Sólo que aquí se trata de una experiencia envolvente que va más allá del móvil y abarca la totalidad de un espacio alterado y deliberadamente configurado para estimular otros sentidos además de la visión.

Podría decirse que el CTC ha tenido el privilegio del estreno mundial de una pieza de esta envergadura. En tanto Le Parc, por su parte cierra a toda emoción una historia con esta ciudad que se inició recién llegado de su Mendoza natal, justamente con un trabajo de portero en el Colón.

Julio Le Parc. Transición Buenos Aires – París (1955-1959).

Lugar: MNBA, Av del Libertador 1473. Fecha: hasta el 17 de noviembre. Horario: martes a viernes, 11 a 20; sábados y domingos, 10 a 20. Entrada: $ 100; martes gratis.

Mobile Rombo Colón

Lugar: Centro de Experimentacion del Teatro Colón, Cerrito 628. Horario: lunes a sábados, 9 a 20; domingos, 10 a 17.

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