Mis pacientes mayores me enseñaron a no ser un médico pedante… y la necesidad de una mano que acaricie

A domicilio. Atiende a personas ancianas desde hace años. Al principio, tomaba distancia de cada historia pero luego se dejó llevar por las charlas: Usted también debe hablar, doc, le dijeron. Y empezó a ser otro.

ALEJANDRO KAPENIAK
21/06/2019 –
Clarín

Junio de 2006, Mundial de fútbol, Argentina otra vez eliminada por Alemania en los penales, un Messi chiquito espía desde el banco de suplentes. Fue un día gris parejo: el cielo plomizo y los ánimos caídos. Esa misma tarde, por primera vez, “salí a hacer domicilios”: visitas a abuelos de PAMI que no pueden trasladarse hasta las clínicas. Fracturas de cadera, parálisis, simple vejez y cuadros terminales.

Soy psicólogo y médico psiquiatra, y en aquella época ya contaba con suficiente experiencia para ser un pedante, o para ser más preciso: era temor disfrazado de orgullo. Poco podía sorprenderme, y menos aún conmoverme. Pasaron trece años y “hacer domicilios” transformó mi vida.

Eran hogares de extrema pobreza situados en el conurbano Oeste, desde la Avenida General Paz hasta Moreno, y de San Miguel a Pontevedra. A veces eran parejas de ancianos aislados del mundo, o una abuela solitaria recluida en su campito. En otros casos, familias numerosas con nenes descalzos corriendo alrededor de su tatarabuela. Aromas de fritanga, perritos flacos y sonrisas generosas.

Durante los primeros meses fui un médico formal y muy profesional, cumplía con sobriedad mis visitas, siempre respetando el mandamiento de la “distancia operativa”: estar cerca para entender, pero no tanto para verme implicado. Sin embargo, poco me duró esa pretensión; a medida que mis visitas periódicas se repetían, algo me fue sucediendo.

Vivimos un tiempo de felicidades instantáneas y sonrisas digitales, la vejez no es un tema popular. Sin darnos cuenta, evitamos pensar sobre el ocaso. Yo no me pude escapar. De golpe, el universo de los viejos me chocó de frente como un acoplado: enfermedad, deterioro y muerte. Un tridente inevitable agravado por la miseria y, en muchos casos, por el desdén.

Me endurecí, y si antes actuaba de un modo profesional, me fui volviendo distante. Llegaba como un zombi, extendía recetas y escapaba. Mi gentileza era cartón corrugado, una máscara para entrar y huir sin verme afectado. Descifrar el motivo no fue difícil: sentía rechazo y miedo. Mi propia terapia y grupos de reflexión me permitían comprender la situación: contemplar, varias veces por día, cuerpos consumidos y agonías me estaba afectando.

Pero a pesar de mi actitud esquiva, los viejos apreciaban mis visitas. O yo fingía bien o el guardapolvo escondía algún superpoder. Me recibían con afecto, me convidaban sus tortas fritas y me hablaban. ¿Cansado y apurado, doc? Le convidamos unos mates y sigue su ruta. ¿Tiene pibes? Ningún superpoder, ellos entendían mejor que su médico las visitas: eran controles psiquiátricos, pero además una oportunidad, la de un encuentro humano.

De a poco me fui soltando, acepté sus mates y compartí con ellos charlas sobre muchos temas y ninguno, y también les conté sobre mí. Poner entre paréntesis mi rol de “doc” y permitirme esa cercanía fue un alivio y, sin proponérmelo, un mejor modo de trabajo.

Los viejos y sus familias necesitan entender ese capítulo final de la vida, alguien se los debe explicar sin truculencias y acompañarlos, bajar expectativas irreales y potenciar los recursos del hogar. Ponernos de acuerdo “entre todos” para que el tiempo que transita el abuelo sea digno y feliz.

Pero todas esas fueron conclusiones posteriores, en aquel tiempo yo andaba a los tumbos, a puro ensayo y error. Las familias son universos, y el médico un extraño con opiniones y experiencias distintas. La confianza que depositan en nosotros exige más que pericia profesional, nos compromete como personas. En mi caso, ese desafío fue atreverme a tres dimensiones del mundo de los viejos: su cuerpo, su mirada y sus palabras. No fue por valiente, y sucedió sin claridad, pasaron trece años y sigo aprendiendo. Tampoco fue mi iniciativa, acepté convites de los viejos y, tiempo después, pude ponerles nombres a esas vivencias.

Mi rechazo y mis miedos fueron cediendo, mis charlas con ellos cobraron sentido y dejé de huir. Visitarlos se transformó en una rutina amorosa. Fueron cientos de abuelos, hoy les cuento sobre tres a los que he llamado: Mi Ángel, Mi Dama y Mi Amigazo. Ellos resumen a muchos otros que he visto desde 2006 hasta hoy.

“Mi Ángel”, con su mano arrugada, siempre buscaba la mía. Lo hacía con esfuerzo, su enfermedad neurológica apenas le permitía ese movimiento y gestos mínimos. Al principio le respondí por reflejo como un saludo, una formalidad para analizar su lucidez y concentración. Pasaron semanas y me di cuenta de que investigar su cuadro era sólo una parte de mi tarea. Sentirme cerca de ella me hacía bien, sentirnos juntos nos hacía bien.

Los médicos somos miedosos y timoratos con el cuerpo vivo de nuestros pacientes, nos enseñaron a verlo como un objeto, atrevernos a la persona que lo habita nos cuesta, exige otro compromiso de nuestra parte: mostrarnos como somos. Sabe, doc, los viejos necesitamos cariño –insistía Mi Ángel–. Y me parece que usted también. La abuela tenía razón, ver tan de cerca a la enfermedad y a la muerte requería un antídoto. Caricias, palmaditas en el pecho y mi mano en su frente. Acomodar su pelo desarmado. Relajar sus hombros. Frotarle los brazos. Tomar su rostro entre mis manos. Sentirla y que me sienta.

Ese fue mi primer salto al vacío, algo tan simple como obvio: los humanos necesitamos mimos, más aún si estamos enfermos y desamparados. El médico zonzo recién se daba cuenta a los cuarenta años. De a poco me fui animando con ella y con otros: abrazos campechanos y besos tiernos. Por un rato soy su abuela, me decía y no se equivocaba, una multitud de viejos me estaba adoptando.

Cerca del final me dio un consejo: Arme un librito, doc. Sus manos ya estaban inmóviles y le costaba hablar. No eran obstáculos para ella, desde esa aparente reclusión confortaba a su familia y llenaba de luz el hogar. Al mes ya me había organizado una cita con una editorial. Así era Mi Ángel. El libro nació y ella se fue muy pronto, pero me dejó la capacidad de animarme a los sueños, y las ganas de animar los sueños ajenos. Nunca dejé de escribir, y nunca dejé de intentarlo. No por nobleza, sino porque disfruto el legado que me obsequió.

“Mi Dama” era una señora coqueta y gran bailarina de tango. Su casa era como ella, antigua y entrañable, llena de motivos rococó. Siempre me esperaba con fotos, había ganado concursos y me contaba con lujo de detalles sobre sus muchos novios y ningún marido. Pícara y divertida, demasiado joven para una demencia tan brava. A veces, el deterioro de los abuelos es paulatino y sereno, en otros casos un tsunami devastador. Ella lo notaba, perdía recuerdos y confundía nombres, así sucede al principio. Se me está yendo la mente, doc, me decía con su sonrisa resignada. De a poco se fue encerrando en un silencio sin retorno, pero antes me pidió un favor, una especie de pacto entre dama y caballero. Al poco tiempo ingresó a un geriátrico y la visité ahí durante dos años, siempre la encontraba frente al ventanal del jardín y con gesto extraviado. Cada mes cumplí mi promesa, y les juro que disfruté hacerlo: me sentaba frente a ella, sin palabras, y nos mirábamos un rato largo a los ojos. Eso me había pedido, algo tan simple como mirarnos.

La mirada es un atajo y un compromiso. Sostenerla es una disposición incondicional de encontrar y permitir ser encontrado. También asusta, intentarlo me volvió frágil al principio, y después fuerte. Me di cuenta de que los ojos del abuelo son una oportunidad. A veces pueden ser miradas brevísimas e inaugurales. En otros casos miradas sostenidas, llenas de sorpresa, curiosidad e investigación. Casi siempre prima la ternura. De algún modo mágico, la mirada derrota al miedo y la tristeza. Mi Dama me lo enseñó, y fue un honor ser su alumno.

Seguro las enfermeras nos espiaban sin comprender la escena: la paciente y su doctor se miraban durante minutos sin parpadear ni pronunciar palabras, capaz el tipo era hipnotizador o fingía atenderla. En realidad charlábamos sobre milongas y tangos, sobre candidatos que quisieron cortejarla y no pudieron. A veces mirando, acariciamos, a veces con la mirada sobra. En los ojos intensos de Mi Dama latía su mejor versión.

“Mi Amigazo” era diabético y goloso, pésima combinación. Maestro mayor de obra, memorable wing derecho y fundador de la sociedad de fomento en su villa. Su enfermedad le robó ambas piernas y lo obligó a ser un espectador del barrio, sentado en la vereda de su casa hasta el atardecer. Ahí me recibía con los brazos en alto. Adentro me siento atrapado –repetía siempre–. Nací callejero y voy a morir igual. Era un tipo popular, sus vecinos nos interrumpían a cada rato y me contaban anécdotas del prócer de la zona: sus peleas con varios intendentes por el agua corriente y las cloacas, las peñas folclóricas que sabía organizar, amores pícaros y mitos urbanos sobre su pasado. Él asentía sin admitir ni negar, disfrutaba su gloria.

Pese a su diabetes vivió hasta sus largos ochentas, y en ese lapso fue perdiendo a familiares y amigos. Ya nadie frenaba a saludarlo, se volvió un poste en el paisaje. Le cuento un secreto, Kape –hacía unos años que “el doctor” le había cedido la posta a mi apodo–. Lo peor de ser viejo es que nadie nos escucha, piensan que todo lo que decimos son pavadas. La frase del viejo, con palabras parecidas, me las repetían muchos abuelos. Pero él me advertía algo más: Hágame caso, escuche a su viejos, que después es tarde y ya no hay vuelta atrás.

A veces, los hijos y nietos, y también los doctores, toleramos las palabras del abuelo, apenas eso. No las sabemos aprovechar, en sus recuerdos y orgullos existe sabiduría, saben diferenciar entre aquellas cosas que valen la pena y las pavadas que nos deslumbran como espejitos de colores.

Nunca más usé mis cuestionarios fotocopiados; para evaluar la memoria y atención de los viejos alcanzaba con escucharlos. Además, en sus recuerdos resistía lo más importante: su dignidad. Empecé a oírlos con otra oreja, quizá no con la sofisticación de un psicoanalista, con la oreja simple de un médico embarrado. Sus ganas de perdonar y ser perdonados, sus ganas de transmitir vida, su miedo a la muerte.

Escucharlos en serio era un abismo, a veces sus angustias me dolían demasiado, y otras veces volvía a mi casa con el alma renovada. En ambos casos, me sentía pleno, ya no cumplía mi trabajo como una formalidad, era una tarea plena de sentido.

El resumen es más simple que la tabla del dos: en el ocaso de la vida, la mejor relación médico-paciente se convierte en amistad, y entre amigos sinceros no se retacean los cariños.

Y un día, hace dos años, Mi Amigazo y muchos abuelos me salvaron. La inseguridad maldita del conurbano, una entradera en la casa de mis papás, violencia y crueldad, las dos absurdas. Mi viejo luchó una semana en terapia intensiva y se me fue. Aunque tuve mucho cariño y compañía, sentí zozobras que nunca había experimentado, todo tambaleó: mis convicciones y mi fuerza, incluso mi fe.

Por suerte, desde aquel Mundial de 2006, Dios me había bendecido con mis viejos de PAMI. Me refugié en ellos, porque eran el mejor refugio. Mi antigua pregunta de médico: ¿qué necesitan los abuelos?, me las respondieron las viejitas y viejos cuando llegó mi dolor. Hable conmigo, Kape –me dijo Mi Amigo antes de partir–. Haga de cuenta que soy su viejo y no se guarde nada. Por algún motivo que no entiendo, o entiendo demasiado, con él sí pude llorar.

Los abuelos precisan medicinas, desde luego, pero también lo que yo necesité en mi hora oscura. Ellos acariciaron mi mano, me obsequiaron sus ojos y escucharon mi dolor. Me reconciliaron con la vida.

Nuestros abuelos son los viejos sabios de la tribu, la humanidad los valoró desde el origen. Recién hace muy poco nos habituamos a ignorarlos, y es injusto para todos.

Aprovechar a los viejos transformó mi vida, dejen que transformen las suyas.

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Kape (Alejandro Kapeniak). Escritor, médico y psicólogo. Vive en Castelar, es hincha de Boca y padre de un hijo. Trabaja en el Hospital Borda, y por las tardes recorre el oeste del Gran Buenos Aires realizando controles psiquiátricos domiciliarios a abuelos de edad avanzada, muchos en estado terminal. Ese trabajo le cambió el alma. Detesta las vidas desperdiciadas, por eso lo entusiasma contagiar y ser contagiado de entusiasmo. Publicó “El Croquit”, “Camila y su Doctor” (novelas), “Pequeñas situaciones”, “Cuentos del Borde “(cuentos), “Llegó el doctor del abuelo” (ensayo), “El Croquitario” (narrativa infantil) y “Kioku” (poesía). Con el cuento “La Buena Muerte” ganó el Concurso Internacional Carbono Alterado en 2018. Discute mucho con Dios, es su modus operandi para quererlo.

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