Sobrevivió a un campo de concentración y vive en Monte Grande: “Me salvé por un par de zapatos, un trozo de carbón y una mentira”

Luciano Marson tiene 92 años y fue voluntario de la Resistencia italiana. Lo arrestaron el día que cumplió 18 y lo llevaron a un campo de concentración nazi. “Yo estuve en el infierno”, dice. Y cuenta su historia por primera vez.

Clarín
18.5.19

Una puerta de entrada y una chimenea de salida. Así es el infierno para Luciano Marson, un italiano del conurbano profundo a quien la historia le pasó por encima.

«Yo estuve ahí», dice, y agradece haber tenido la salud y el coraje que le permitieron a los 18 años salir de pie por donde había entrado, una puerta de hierro con una frase soldada a sangre y fuego: «El trabajo te hace libre».

El infierno que recuerda hoy Marson, a los 92 años, es el campo de concentración de Dachau, el primero creado por el régimen nazi. Durante 12 años pasaron por sus 32 barracas alrededor de 200.000 prisioneros, entre judíos, homosexuales, comunistas y gitanos. Unos 40.000 murieron de cólera, tifus, desnutrición o directamente fueron ejecutados. El lugar tenía dos crematorios. A Marson, un joven intrépido de la resistencia partisana, lo salvó la suerte, que resume en un par de zapatos, un trozo de carbón y una mentira.

«Cuando llegué al campo de concentración, en febrero de 1945, se habían acabado los zuecos que le daban a todos los prisioneros, por eso me dejaron los zapatos. Pero un capo del pabellón donde dormíamos vino esa misma noche a mi barraca y ofreció cambiármelos por 5 rodajas de pan. Yo accedí, pero en lugar de 5 me trajo sólo 3 raciones, que de todos modos me sirvieron para reforzar la alimentación durante algunos días», recuerda, y los ojos le brillan como monedas de plata.

Sigue: «Al poco tiempo me agarró diarrea, y yo sabía que si me enfermaba era hombre muerto. No le dije nada a nadie, y cuando salí a trabajar como todos los días a la estación de Dachau, donde reparaba las vías del tren que eran destrozadas por las bombas, me agarré un pedacito de carbón que encontré entre las piedras de granito. Lo escondí en mi bolsillo y lo comí a la noche cuando llegué a la barraca. Así me curé y empecé a ‘traficar’ trozos de carbón para un siciliano que trabajaba en la limpieza de los pabellones a cambio de más trozos de pan».

Marson revuelve el vasto almacén de su memoria y explica ahora aquella mentira que le salvó la vida: «Un día hicieron una lista con 25 prisioneros que debían presentarse en la puerta de salida del campo de concentración. Yo era uno de ellos, pero me escondí y no me presenté a tiempo. Cuando lo hice, ya se habían ido. Ninguno de ellos volvió».

Dachau fue inaugurado en marzo de 1933, poco después de que Adolf Hitler se convirtiera en canciller. Se construyó en lo que había sido una fábrica de municiones durante la Primera Guerra Mundial, a 16 kilómetros de Munich, y fue el prototipo de los campos de concentración nazis.

«Dachau era el mismísimo infierno», insiste Marson, sentado en el living de su departamento de Monte Grande. Un rayo de sol entra por el balcón y rebota en la medalla que le cuelga del bolsillo del saco, a la altura del corazón. «Es un reconocimiento de honor que le dio el año pasado el Gobierno italiano», explica cómplice su mujer, Antonieta, con una caída de párpados. Desde la cocina, sus tres hijos siguen el relato en silencio, como si lo escucharan por primera vez. Pero no. Las sobremesas familiares están regadas de aquellos recuerdos esculpidos a hachazos.

«A los 16 años fui voluntario de la Resistencia italiana para defender a mi patria de la ocupación alemana. Me tomaron prisionero justo el día que cumplí 18 y me mandaron a una cárcel italiana cerca de mi pueblo, en Udine. Ahí estuve 14 días. Todos los días venía un carcelero y se llevaba a varios para fusilarlos, pero yo me salvé porque un tren que iba a Alemania tenía 20 lugares libres. Los alemanes eran muy matemáticos, querían 50 personas en cada vagón, ni uno más ni una menos, por eso vinieron a buscarnos a la cárcel y nos dijeron: ‘ustedes tienen suerte, se van a trabajar a Alemania’. Estuvimos cuatro días en el vagón sin comer ni tomar nada. Cuando llegamos, nos bajaron todos desnudos. A los latigazos. Estábamos destinados a trabajos forzosos», repasa con la voz arrugada por los años.

A Marson le tocó la barraca número 8. Y dejó de llamarse Marson para convertirse en un número, el 142.184.

La primera noche casi no pudo dormir aunque intentó escapar en el silencio del sueño. Lo obligaron a meterse en una cucheta de tres pisos, sin colchones. Tuvo que compartir su cama de madera con dos prisioneros más. «No nos podíamos mover», asegura sin dramatizar nada, no es su estilo.

Al otro día, continúa, fueron todos a revisación médica: separaron a los judíos, a los viejos, a los enfermos y a los menores. «Se los llevaron a casi todos, no volvieron más… sólo nos quedamos los que ellos consideraban los más hábiles para trabajar… A mí me venían a buscar todas las mañanas a las 7 para subirme a un tren que iba derecho a la estación de Munich y demoraba alrededor de media hora. Allí trabajaba en la reparación de las vías y, si me portaba bien, me daban permiso para sentarme a las 12 del mediodía para comer una rodaja de pan. De lo contrario, debía comerla parado. El tren regresaba a las 18. En cada vagón viajábamos 50 prisioneros, con tres guardas y un perro. Ni se nos ocurría intentar escapar. A la noche siempre tomábamos sopa, mucha sopa. Era el único líquido que ingeríamos en todo el día porque el agua estaba contaminada».

Marson ahora guarda silencio. Luego despega los labios: «¿Sabés cómo nos decían que preparaban la sopa?», pregunta bajito, casi en un susurro. «Con testículos de los homosexuales…», se contesta sacudiendo la cabeza, como si intentara liberarse de aquel espanto.

Morir en Dachau era más fácil que vivir. Muchos lo hicieron en sus brazos: «No recuerdo los nombres de todos los muertos, pero sí las últimas palabras que decían antes de cerrar los ojos: hablaban de la madre y de la patria».

El que no alcanzó a decir nada fue su compañero de cama, un ruso que venía de otro campo de concentración. Una mañana amaneció muerto en ese cajón de sastre humano que compartían hacinados. Se había acostado a su lado como todas las noches, pero con la ropa mojada… porque en ese infierno que describe Marson se trabajaba y se dormía con el mismo traje a rayas, y si llovía no había recambio. Tampoco había abrigo para los días de frío. Ni frazadas. Nada. «No informé su muerte inmediatamente para poder quedarme con su trozo de pan de la mañana y su pulóver», confiesa como si sintiera orgullo de seguir vivo entre tantos muertos.

«Sí, yo tuve el coraje de querer vivir», asegura, y eleva sus ojos negros. Mira fijo: «Nunca pensé en morirme, yo quería volver a casa», insiste, y por primera vez deja caer una lágrima por la mejilla. Se repone pronto, al recordar el día que los norteamericanos llegaron al campo de concentración y liberaron a todos esos mutilados de la vida. No se lo olvida más. Fue el 29 de abril de 1945, exactamente a las 16.30. Primero escuchó el rugido de un avión volando bajo, luego algunos cañonazos y bombas. De a poco, los prisioneros empezaron a salir de las sombras de las barracas hacia el patio central: eran alrededor de 32.000 en un lugar que tenía capacidad para 6.800 internos. Los soldados americanos encontraron 7.400 cadáveres entre los vivos.

Marson se acerca ahora el celular a la oreja derecha para escuchar Bella Ciao, la canción italiana que fue adoptada como un himno de la resistencia antifascista. «Sí, sí, nosotros, los partisanos, cantábamos eso», confirma a Clarín cuando se le pregunta si recuerda esa melodía que se popularizó luego en la Argentina con la serie española La casa de papel.

«O partigiano, portami via/O bella ciao, bella ciao, bella ciao, ciao, ciao/O partigiano, portami via/Ché mi sento di morir», tararea entre los pliegues de su memoria.

Luego aclarará que de la oreja izquierda no escucha nada desde que aquél alemán de dos metros de altura y mano de hierro lo tiró al piso de un sopapo: «Fue una mañana que me levanté medio despistado y me equivoqué de cuadra. En lugar de formar fila en la número 2 lo hice en la número 3…. me dio vuelta la cara, pero por suerte pude levantarme. Si no lo hacía enseguida me remataba ahí nomás. Los débiles no servían ahí adentro. Teníamos que estar de pie para ir a trabajar» .

Jura Marson que con el paso del tiempo el amor le fue ganando al rencor. Y habrá que creerle. «Yo siempre doy las gracias por haber salido vivo de aquel horror. También siempre agradezco a la Argentina, por la paz y el cariño que me brindó cuando llegué solo al puerto de Buenos Aires con una caja de herramientas. Y a mi familia, por el amor», enumera.

Pero aclara que aunque no guarda rencores es «importante» guardar la memoria del pasado. Con letra grande, mitad en italiano mitad en español, Marson empezó a escribir hace un tiempo lo que será -dice- el libro de su vida.

Allí relata que desembarcó en 1950 y que se instaló en Monte Grande, donde empezó a trabajar como albañil en una obra en construcción. El capataz, asegura, le permitió llevarse a su casa un ladrillo por día. A los 30 días ya tenía 30 ladrillos. Así empezó a construirse el futuro.

Trabajó luego de plomero (con las herramientas que había traído de Italia) y más tarde se puso a hilar lana hasta fundar su propia fábrica de pulóveres, donde poco después conoció a su esposa, una napolitana. También fundó una escuela para chicos con discapacidades y otra para ciegos. «Necesitaba devolverle a la Argentina algo de lo mucho que había recibido», apunta su hija Paola, para quien su padre es un héroe anónimo. Fue ella la que escribió a Clarín el 29 de abril pasado luego de leer una nota sobre el aniversario de la liberación del campo nazi donde había sobrevivido su padre: «Ustedes deben conocerlo, tiene una gran historia para contarles». No se equivocó.

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