Rosa Montero: “El sexo es el mejor remedio contra la muerte”

“Los tiempos del odio” sigue la historia de Bruna Husky, una androide con fecha de caducidad fijada. “La posteridad es una ambición masculina y me parece infantil”, dice.

Clarín
10.5.2019

Los tiempos del odio (Seix Barral), la novela que la escritora Rosa Montero presentará este sábado en la Feria del Libro porteña -tercera parte de una serie que iniciaba en 2011 con Lágrimas en la lluvia, a la que siguió en 2015 El peso del corazón- es a la vez una historia de amor y un thriller político, protagonizado –como las anteriores- por la detective y androide Bruna Husky: una hembra bisexual creada con hormonas artificiales, que conoce la fecha exacta de su muerte programada. Un Tumor Total Tecno (proceso degenerativo multiorgánico) la aniquilará, irremediablemente, a los 35, por lo que vive obsesionada por el paso del tiempo.

Esta vez, la acción transcurre en Madrid en 2110 y presenta un escenario en el que los humanos se alimentan de medusas e insectos, los Estados del mundo se encuentran unificados bajo un régimen global y los enfrentamientos entre facciones –atentados incluidos- se dirimen en un planeta alterado por el cambio climático en que los recursos naturales escasean (se paga por el aire limpio) mientras, desde la plataforma flotante del Cosmos, un peligroso comando terrorista, comete atentados en la Tierra que provocan decenas de muertes.

El amor de Bruna por el inspector –humano- Paul Lizard, cuya desaparición dispara la trama trepidante, y la conciencia de su propio fin -al momento del inicio de la historia, le restan 3 años, 3 meses y 14 días de vida- le permitirán aprender a confiar en los demás y luchar por unos ideales que dan sentido a su existencia, en un contexto en que la crispación aumenta y la guerra civil parece inminente.

-Se trata de una novela de ciencia ficción y sin embargo sostiene que se desarrolla en un mundo «completamente realista» ¿Hablamos de un relato metafórico de este presente?

-Ésta es una novela realista porque no se trata de una distopía, en términos de que plantee un futuro indeseable que debemos evitar, sino que representa algo que ya está ocurriendo. En ese mundo de la ficción hay algunos elementos superadores, como que no hay sexismo y los Estados han superado viejos nacionalismos, y a la vez algunas situaciones problemáticas agravadas, como la del cambio climático. Pero es un mundo posible e incluso probable, desde el punto de vista social, político y científico y está todo documentado de algún modo.

-El título hace una alusión directa a la violencia. ¿En qué medida se manifiesta con mayor virulencia el odio, en nuestro mundo contemporáneo?

-Ya en la primera novela de la serie había referencias a los totalitarismos y los dogmatismos que luego se confirmaron en la realidad, y ahora mismo vuelvo a escribir sobre estos temas porque asistimos a una crisis del sistema democrático y a su creciente falta de legitimación. Quienes hemos vivido dictaduras, sabemos que no hay ningún sistema superador de la democracia, aunque hoy veamos que millones, erróneamente, se lanzan a creer en la falsa pureza de los dogmas y les dan poder a los demagogos de turno, tanto en lo religioso –caso del Isis- como en el plano político, en casos como los de Venezuela o Nicaragua.

-En esta novela, la democracia adquiere características realmente caricaturescas…

-¿Y acaso personajes como Trump no lo son? Este es un momento de penumbra creciente y podemos perder logros democráticos ganados a lo largo de los siglos. La novela, sin embargo da una esperanza al respecto: apela al desocultamiento de la mentira y al compromiso de las luchas contra la intolerancia en todos los campos. El fanatismo, el poder, el paso del tiempo, la muerte son temas que aparecen a lo largo de toda mi obra y me obsesionan.

En buena parte de tus libros aparece, también, la reivindicación de los vínculos y de la empatía como herramientas para contrarrestar la intolerancia. En este caso, el amor carnal será el mayor imprevisto que le tocará enfrentar a Husky.

-Claro. “Sin amor no merece la pena vivir”, descubrirá Bruna. Realmente lo creo. Somos animales sociales y tenemos que vivir con los otros, esa es otra de mis obsesiones. En este libro hay dos ejes: el retrato de un mundo en el que avanza la manipulación de la gente de manera escandalosa, y éste otro, el del amor. Bruna, que es el personaje que más me gusta y que más se me parece, es ese tipo de personas que tiene miedo de las emociones porque teme que los sentimientos la debiliten. Ha estado blindada y ha ido aprendiendo a confiar en los demás -primero a tener amigos, después a perdonar a los humanos, ha ido humanizándose. Ahora conseguirá aceptar la vulnerabilidad a la que la enfrenta el amor. Si tenés miedo a las consecuencias de entregarte, estarás escogiendo no vivir. Y hablo también del amor social: del valor de relacionarnos socialmente desde la tolerancia. Hay que intentar volver a reforzar los vínculos de un tipo de sociedad que acepte la diferencia.

-Los extremistas –en la novela y en el mundo real- se valen del temor al otro para consolidar una identidad asentada en una supuesta pureza.

-El dogmático siempre busca la condena del distinto y su aniquilación para construir su imperio: se nutre del odio. Los agitadores precisan reafirmar esa falsa pureza que no acepta la “desviación”, y como son discursos que no se pueden sostener racionalmente, manipulan desde la emoción.

Bruna conoce la fecha exacta en que se extinguirá, y es eso, paradójicamente, es lo que le permite vivir más intensamente y luchar. ¿La pasión es, entonces, una forma de rebelión ante la muerte?

-Claro que sí. El sexo es el remedio más efectivo contra la muerte, tanto en el sentido personal como en términos de la especie. Nietzsche decía que «el sexo es una trampa de la naturaleza para no extinguirse», y es así, pero también es cierto que el amor pasional nos permite tenderle una trampa a esa oscuridad que nos alcanzará de todos modos. Yo misma pertenezco a ese puñado de neuróticos, al que también pertenece Woody Allen, que no es capaz de olvidar nunca que moriremos, y tengo la teoría de que a los novelistas nos cuesta más que al resto olvidarlo, somos más conscientes y quizás por eso escribimos. No creo en la posteridad, que creo que es una ambición más masculina y me parece infantil, pero sí escribo porque necesito encontrar un sentido a la vida y mi propio miedo a morir.

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