Víctima de la persecución nazi e inmigrante en la Argentina, una artista húngara dibujó a los criminales de guerra

Papel y carbonilla fueron las armas con las que una artista judía sobreviviente a la persecución nazi en Hungría, Margit Eppinger Weisz, ejecutó la sentencia que perduraría en el tiempo: registrar los rostros y actitudes de siete criminales de guerra en el momento en el que eran juzgados y condenados a la horca.

La carpeta con esos dibujos fue una de las poquísimas cosas que puso en el equipaje en 1948 cuando con su esposo e hijos emigraron a la Argentina. Aquí rehízo su vida y, aún cuando su familia estuvo y está estrechamente vinculada con el arte, casi no habló de aquella dramática experiencia de haber enfrentado, desde su rol de artista, a los responsables de la muerte de más de cien mil judíos húngaros. Hasta que, consciente de su valor documental además del artístico, en los años ´70 los donó a Hungría y allí pasaron a formar parte del patrimonio de ese país.

La Nación
23.3.2019

Ahora, por iniciativa de su hija, Marion Eppinger, y uno de sus nietos, Daniel Helft, esos dibujos salieron por primera vez de Budapest para volver al país prestados por el Museo y Archivo Judío de Hungría. Pueden verse hasta fines de abril en el Espacio de arte de la Fundación Osde.

Esas figuras, capturadas con la espontaneidad de la vida real, son la perla de «Travesías», muestra curada por Cecilia Rabossi que exhibe casi un centenar de obras de una mujer cuyo talento artístico no fue hasta ahora adecuadamente reconocido.

Eppinger Weisz «es la típica figura de mujer del siglo XX con una trayectoria personal sumamente interesante: la que se va a estudiar afuera, la que se vincula con las vanguardias, la que sufre la represión -no directa, pero sí la percusión nazi-, la que vuelve a retomar la actividad artística que luego sacrifica para cuidar a su familia y armar una empresa familiar y que, cuando logra desembarazarse de eso, vuelve luego a la profesión», dijo a LA NACION María Teresa Constantin, coordinadora de Arte de la Fundación Osde, quien aceptó la propuesta de la familia argentina de la artista húngara para realizar «Travesías».

Nacida en Budapest en 1902, Margit viajó en la década de 1920 a París y Berlín para estudiar y trabajar. De vuelta en Hungría se casó, tuvo dos hijos y desarrolló una carrera artística que fue interrumpida por la guerra. En 1944 un bombardeo destruyó su casa y la fábrica de su esposo y comenzaron a escapar de la persecución nazi. Una familia no judía los refugió en Eslovaquia y regresaron a Hungría al siguiente año.

Margit retomó el pincel y propició un espacio de encuentro, pensamiento y trabajo para un grupo de artistas, filósofos y médicos a los que con su esposo hospedaron en una casa que alquilaban durante el verano a orillas del Danubio. Con la llegada del comunismo el matrimonio Eppinger Weisz decidió emigrar. Eligieron la Argentina porque tenían unos primos que se les habían anticipado.

Se radicaron en Buenos Aires y con el tiempo fundaron una empresa familiar de indumentaria, Vesubio. Ella diseñaba los modelos y él administraba el emprendimiento. En los años sesenta, cuando su hijo se incorporó a la empresa, ella volvió a lo que más disfrutaba: la pintura y el dibujo. Ya grande, no se integró al ambiente artístico local. Sólo exhibió sus obras en una muestra en 1975 junto al artista salteño Alfredo Garzón, en la galería Céspedes. No obstante eso, las paredes de varias salas de su casa en San Isidro estaban plagadas de sus obras. Paisajes, retratos o escenas que veía en los viajes que, ya jubilada, pudo hacer con su marido. Falleció en Buenos Aires en 1989.

«Conviví treinta años con las obras de mi abuela y quise confirmar lo que para nosotros era una convicción: que ella tuvo un talento excepcional», cuenta a LA NACION, Daniel Helft, quien puso su oficio periodístico al servicio de esa intención. En 2017 viajó a Hungría junto con su madre para buscar mayor información sobre el pasado artístico de la abuela. Y la encontraron.

«Margit Eppinger Weisz, pintora y mecenas, es una de las figuras notables y activas de la vida artística que resurgía y se renovaba en Budapest después de la Segunda Guerra Mundial», afirma la historiadora de arte del Museo Vasarely, de Budapest, Verónica Pócs, en un texto que se publicará en el libro-catálogo que será presentado el 4 de abril en el marco de exposición.

Sobre los dibujos que hizo Eppinger Weisz durante el llamado «juicio del tribunal popular», que después de la guerra juzgó en Hungría a los líderes del partido «De la cruz flechada», Pócs considera que son «realmente excepcionales».

Pocos trazos trasmiten actitudes defensivas o culposas, tensión o distensión según se trate de los acusados, los fiscales o los supervisores soviéticos. Pócs describe que «lo que la pintora intentó destacar con éxito -aunque quizás de forma inconsciente- son las figuras de los criminales de guerra a la espera o en el mismo momento en que se trataba su responsabilidad, un aspecto de lo trágico que ni siquiera unas fotografías tomadas en el lugar podrían haber trasmitido de manera más contundente».

El juicio fue en la sala de conciertos de la Academia de Música de Budapest, única institución que había quedado en pie y podía albergar un evento como ese. Fue abierto al público, pero según las investigaciones Margit presenció las audiencias desde un espacio con acceso retringido. «Lamentablemente no disponemos de información acerca de cómo y por qué se le autorizó asistir y hacer dibujos», escribe Pócs.

Según Marion Eppinger, su madre pidió presenciar el juicio «para sí misma porque dibujaba todo lo que veía y quería ver a quienes causaron la muerte de centenares de miles de personas». Para esa época Marion tenía once años y recuerda perfectamente haber visto a su madre volver consternada de esas audiencias y haberla escuchado comentarle a su padre con mucha conmoción lo que había oído decir a los criminales de guerra.

Para Constantin, la presentación de la figura de Eppinger Weisz es acertada en este momento histórico «porque el mundo está viviendo situaciones enrarecidas y peligrosas de resurgimiento de ideologías nacionalistas y es oportuno recordar los años duros del mundo por el holocausto y demás», y también por el surgimiento de «nuevos feminismos». La historiadora y crítica de arte agregó que «es bueno recordar que el pasado también aporta, que no todo lo que está sucediendo es nuevo».

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