Los jubilados aman a Texas en primavera

La primavera llegó a la frontera y eso significa que comienzan esos meses en los que decenas de miles de jubilados de Minnesota, Dakota del Sur, Illinois y otras partes del Medio Oeste de Estados Unidos adoptan al sur de Texas como su segundo hogar.

Por Manny Fernández en Donna, Texas
The New York Times
23.3.2019

Los jubilados en traje de baño andan en bicicletas para llegar a las piscinas y suelen llevar flotadores en forma de tubo bajo el brazo como lanzas de combate a caballo. Desfilan por la calle con sus carritos de golf. Se aventuran a ir a México para comprar medicamentos más baratos, hacerse pedicuras o tratamientos dentales de bajo costo y beber margaritas en copas enormes.
Se les conoce como Winter Texans (texanos invernales) y se concentran principalmente en el valle del río Grande, la región templada al sur de Texas que también es la zona por donde pasan la mayor cantidad de migrantes desde Centroamérica (el presidente Donald Trump declaró una emergencia nacional en la frontera y apostó soldados del jército para ayudar a controlar el creciente flujo migratorio). Uno de sus campamentos base estaba a menos de un kilómetro del centro vacacional Victoria Palms en Donna, adonde llegan muchas personas mayores para ocupar cinco canchas de pickleball, un juego que es una mezcla de bádminton, tenis y ping pong.
La invasión anual de los residentes del Medio Oeste —y unos cuantos canadienses— ha disminuido en años recientes, pero siguen representando una importante fuerza económica y cultural. Unos 106.000 visitantes invernales gastaron alrededor de 528 millones de dólares en el valle durante la temporada de invierno de 2017-18, según una encuesta realizada por la Universidad de Texas Valle del Río Grande. Los restaurantes tex-mex montan pancartas para recibirlos. Hay periódicos para texanos invernales, parques para remolques con restricciones de edad mínima, exposiciones, cruceros, producciones teatrales y calcomanías de parachoques. Una camioneta en la ciudad fronteriza de McAllen tenía dos: “Texano invernal de Iowa” y “Estoy jubilado. Rebásame”.
“Me permite escapar de los bancos de nieve”, dijo Dean Miller, de 58 años, residente de Detroit Lakes, Minnesota, quien durante el invierno vive y trabaja en el centro vacacional Winter Ranch en Álamo, Texas. “Vas a un evento aquí y te encuentras a tu vecino de allá”.
La mayoría de los texanos invernales son de raza blanca y tienen 70 años o más. Muchos de ellos votaron por Trump en 2016, y su mera presencia contradice la afirmación que hizo el presidente acerca de que la frontera está en crisis. Vienen a la región desde hace años —en algunos casos, siguiendo la tradición de sus padres— y la dinámica política y la retórica de la emergencia nacional no afecta cómo viven su jubilación, ni dónde lo hacen.
“Nosotros no vemos lo que ustedes ven en la televisión”, dijo Terry Goss, director general de Victoria Palms, una de las comunidades más grandes de texanos invernales, con hasta 2500 jubilados.

¿Qué es exactamente lo que les atrae a los texanos invernales?
Conocer la vida fronteriza que no se parece en nada a lo que la mayoría de los estadounidenses imagina que es. Un viernes se celebró el cuarto evento benéfico de baile sock hop en el centro Ranchero Village en Weslaco. Hubo almuerzos de pescado y recorridos en bote por el río, baile de cuadrillas y sesiones de karaoke, conciertos improvisados de bluegrass acústico y servicios religiosos ecuménicos.
Un lunes por la tarde, en el centro vacacional Winter Ranch en Álamo, la compañía teatral de Winter Ranch agotó las entradas en su presentación de tres obras de un solo acto: The Ethel and Albert Comedies. En Victoria Palms, Goss habló de pie junto a un cartel que mostraba todos los espectáculos agotados en el salón de baile del centro; uno de ellos era el concierto de una banda tributo a The Rolling Stones. Victoria Palms es tan popular con los canadienses que casi todos los veranos se programa una reunión de los huéspedes de Victoria Palms cerca de Toronto.
Margaret Hitzemann, de 63 años, habitante de Onamia, Minnesota, pasó los últimos dos meses en una casa en Port Aransas, cerca de Corpus Christi. Una tarde lluviosa, ella y su esposo cruzaron la frontera a pie hacia la ciudad turística de Nuevo Progreso, Tamaulipas. Compraron chapulines crujientes y fueron a una farmacia para comprar medicamentos baratos.
“No tomamos muchas medicinas, así que pensamos: ‘Ah, vayamos allá y compremos un poco de Tylenol y Advil, y cosas así, por menos dinero”, dijo Hitzemann. “Pensé: ‘Cielos, esto vale lo mismo en Walmart’. Así que al final no compramos ningún medicamento”.
En una región con una gran población latina y una actitud tolerante hacia la inmigración —muchas personas tienen familiares en ambos lados de la frontera— el choque cultural con los habitantes del norte es inevitable. El estudio publicado por la Universidad de Texas Valle del Río Grande incluyó mensajes sin editar enviados a funcionarios locales de parte de texanos invernales. Algunos de los comentarios más mordaces decían: “Sean más estadounidenses, menos mexicanos. ¡No estamos en México!” y “Hagan que el canal 5 respete a Trump” y “Poden el césped, recojan la basura y hablen inglés”.
Ya ha comenzado el éxodo de regreso al norte. El final de la temporada llegó para muchos el jueves 21 de marzo, con el Día del Turista, una fecha anual de aprecio a los texanos invernales en Nuevo Progreso.
Para algunos, la temporada nunca termina. Existen los texanos conversos, antiguos texanos invernales que se asentaron en el valle de por vida. Kristi Collier es originaria de McAllen y dirige una empresa hotelera y mediática que presta servicios a texanos invernales llamada Welcome Home, Rio Grande Valley. Ella organiza una fiesta anual de toma de juramento a los texanos conversos en abril.
Entre los conversos se encuentran Ken y Lois Lane, originarios de Anchorage, Alaska, quienes empezaron a pasar sus inviernos en Victoria Palms en 2005. Ahora viven ahí, de forma permanente, en una casa móvil.
“Creo que el costo de vida aquí es muy razonable en comparación con muchos otros lugares”, opinó Ken, de 73 años, técnico electricista retirado que trabajaba para una compañía eléctrica.
Él y su esposa visitaron Nuevo Progreso y recibieron a su hijo y a su familia cuando vinieron a pasar las vacaciones de primavera desde Iowa. La pareja encaja en una categoría única: son una suerte de texanos invernales a la inversa.
“Conservamos la casa rodante y en el verano, cuando hace mucho calor, vamos al norte”, explicó Ken.