Guardianes de la triple frontera palermitana

Si tuviera que situar el lugar exacto donde mi barrio defiende su historia, sería ahí. En la orilla de Villa Crespo, justo en el límite donde se mezcla con Palermo y Almagro, hay un bar que existe desde hace cien años; Carioca se llama.

En una mesa del salón Juan Carlos completa crucigramas y, sentado a su lado, José lee el diario. Hoy, como cada sábado -como siempre-, los hermanos comparten un café que dura toda la mañana.
La Nación
13.1.2019
Carola Birgin

Ellos, que viven a tres cuadras desde que nacieron, se conformaron hasta que fueron mayores de edad con mirar el mundo del Carioca desde la calle, mientras el padre -el hielero del barrio- “hacía lo suyo”. “Como en el tango: de chiquilín te miraba de afuera?”, me dice José con una mueca arrabalera cuando me acerco de la nada y le pido que me cuente cosas. Uno tiene 70 años y el otro 76, pero los dos se entusiasman como chicos al recordar en voz alta.

A mediados de los años 50, las mesas no eran de madera, sino de mármol. Era un bar de hombres, de rudos. Bebe, Palola, el Pistolero. A Bisagra lo mataron ahí nomás, pero andaba en otra banda. El más guapo de todos los del Carioca era el Bandido. A ese sí que lo respetaba hasta la policía. El tipo trabajaba en Obras Sanitarias, era malísimo, pero honesto. Y cuando un oficial le pedía documentos él decía que no, que era tan derecho que no tenía ni que demostrarlo. Una noche lo vinieron a buscar con una escopeta; él fue a la cocina -la que está detrás del mostrador-, agarró una sartén de hierro de las pesadas y les hizo frente. Los otros terminaron yéndose por donde habían venido. Se metía en cada una? Murió de viejo el Bandido, a los 96 años, en Luján.

“En el subsuelo todavía están los billares”, susurra Juan Carlos como si fuera un secreto y sigue con la confidencia: señala al fondo donde estaban los “reservados”. Ahí sí iban mujeres, pero de las que se pintaban las uñas de los pies. “Vos me entendés, ¿no?”, hace de cuenta que me está preguntando.

Afuera, en los alrededores de esta esquina de Lavalleja y avenida Córdoba, estaban la carbonería de Doña Juana, la fábrica de pastas de Carmelo, el almacén de Chiche, la óptica de Piccitore. También, la maltería y la huevería, que tenía una bomba de agua de la que “chupaban” todos.

Sentado a una mesa junto a la ventana, Mario nos escucha hasta que no aguanta más. El hijo del dueño de la pescadería que después continuó con el negocio familiar nos interrumpe para agregar un dato y de prepo se muda de silla para integrarse a la “conversa”.

La librería de Bianchi siguió intacta hasta hace muy poco, aporta. Resulta que Bianchi hijo, de viejo, quedó tan parecido a su padre que era entrar ahí y creer que el tiempo no había pasado.

¿Y el Rialto? En diagonal al Carioca, donde hasta hace unos meses Kosiuko vendía prendas de temporadas anteriores rebajadas, estaba el cine del barrio. Había que llevar frazadas en invierno y estar dispuestos a salir con ronchas de pulgas. Era un lugar con misterio, sobre todo en el 55, cuando desapareció el cadáver embalsamado de Eva Perón y se rumoreaba que estaba escondido detrás de la pantalla. Nunca lo comprobaron, pero “es muy probable”, confía José.

A 20 metros del bar estaba la factoría. Ahí se fabricaba la Ricola, una melaza inmunda que intentó competirle a la Coca. Cuando fundió, llegó la de los flanes Quimili. Hoy, entre montacargas y algunas puertas originales, se exhiben las muestras de Arte x Arte, una de las fotogalerías más grandes de América Latina y epicentro cultural del barrio, junto con los teatros under que están surgiendo.

La casa de la familia Goncalves era inmensa. Tan grande que está convertida en la Iglesia Presbiteriana de Taiwán en la Argentina. Los fines de semana la cuadra parece una sede de Chinatown.

El buzón de la cuadra no está más, ni el teléfono público. Había un aserradero donde pusieron una estación de servicio. En la ferretería ahora hay una de tantas casas de ropa. Los outlets, que en las últimas décadas marcaron su dominio, ahora les pelean territorio a los desarrollos inmobiliarios que están sembrando torres en todas las manzanas y se empecinan en llamar Palermo Queens a esta región de triple frontera. Pero en el Carioca resisten los nacidos y criados en esa porción híbrida de barrio porteño. Son guardianes de la memoria, cafetean como esperando a que llegue alguna vecina curiosa con quien compartir la historia y legarla.

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