Temores e incertidumbres en la era de la nueva longevidad

Darle de comer al gato o planchar la ropa. Tocar el piano o reír a carcajadas. Todo es producto de una refinada coordinación entre órganos sensoriales, sistema nervioso y músculos entre otros sistemas. Pero cuántas veces ha ocurrido que al estar frente a nuestros padres vemos cómo la palabra que buscan para tal o cual acción se demora. O un movimiento que, antes se destacaba por preciso, como destapar una botella, se vuelve incierto. Un tiempo que se transforma en temor y que nos confronta con un sinfín de emociones. Puede estar el chiste común de “lo tengo en la punta de la lengua”, pero también la mirada al vacío de angustia. En general, el común denominador es la incertidumbre y la angustia por un futuro que parece oscurecerse.

Diego Bernardini
La Nación
9.9.2018

La funcionalidad no solo es un indicador de vida autónoma e independiente, sino que es un ordenador para la calidad de vida de las personas. Cuando a una persona mayor se le pregunta por su calidad de vida y bienestar, suele indicar que ser autoválida es lo más preciado. Por eso, la edad, el peso o el estado cognitivo son solo orientadores frente a la funcionalidad que hace a una capacidad intrínseca como todo el conjunto de habilidades y posibilidades que tenemos para relacionarnos con nuestro entorno. Una aproximación que la OMS promueve en relación a cómo debemos ver a las personas mayores.

Hace un tiempo un paciente me dijo: “¿Usted sabe que es algo inconcebible en el sentido de lo que dice la medicina? La paso bien, es como que no sintiera el agotamiento físico y mental, porque juego horas en el billar. Ahora practico fútbol martes, jueves y sábados. La medicina dice que después de los 70, ya uno pasa a tener un cerebro senil y yo tengo 75. Uno está en un estado de involución donde ya se olvida de las cosas, los reflejos y las reacciones no son los mismos. Pero mire lo que hace el ejercicio, el ejercicio a uno lo mantiene bien”. Es cierto el ejercicio es el mejor recurso para poder mantenernos activos y saludables.

Notar, en algún momento, a los padres “frágiles” es parte del vivir y transcurrir junto a nuestros mayores. Hoy contamos con ayuda profesional y también con recursos que podemos poner en práctica en nuestra familia para facilitar y compensar la disminución de la capacidad que, a veces, detectamos en nuestros padres. Lo primero es consultar con un profesional preparado para el cuidado y la atención de una persona mayor. Lo segundo es poder aceptar un declinar que requerirá de nuestro apoyo y el del resto del grupo familiar. De eso se trata la solidaridad, un ida y vuelta entre dos. Los dos dan, los dos ganan. Así como alguna vez ellos nos ayudaron a dar nuestros primeros pasos, quizás seamos nosotros quienes debamos ayudarlos en el último tramo de la vida. De eso se trata esta nueva longevidad que nos toca vivir, con sus momentos de alegrías y también sus miedos e incertidumbres.

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