El dilema de cómo ser padres de los padres

Ante la declinación de las facultades de los adultos mayores, sus familiares deben lidiar con el miedo y la culpa

Evangelina Himitian
La nación
9.12.2018

María Fiorito supo que algo no andaba bien con su madre cuando abrió un placard para buscar un saco y se encontró con un envase con el tuco del domingo. Le preguntó por qué y Martha, que entonces tenía 78 años, la miró desconcertada y solo dijo: “No sé”. No fue la primera señal. Aunque se movía con mucha independencia, un día llamaron a María al colegio donde trabaja. Su madre había ido a la peluquería, pero cuando salió, no sabía cómo volver a su casa. Los indicios siguieron, uno detrás del otro. Olvidos que se volvían peligrosos, como no apagar la hornalla o no recordar cómo se abría una puerta. “Desde ese momento, me convertí en madre de mi madre. Ahora, me toca cuidarla a mí”, sintetiza.

En el país, viven cada vez más personas que superan los 65 años. Representan el 15% de la población: seis millones. El crecimiento de la esperanza de vida plantea un desafío de difícil resolución para la generación de adultos que, mientras crían hijos adolescentes, se convierten en cuidadores de sus padres: ¿traerlos a vivir con uno? ¿Buscar una persona que los acompañe las 24 horas? ¿Trasladarlos a un hogar con cuidados especiales? ¿Permitir que sigan viviendo solos?

“No hay decisiones fáciles de tomar cuando los padres comienzan a declinar en sus facultades. Sobre todo, cuando empiezan a mostrar signos de deterioro, que al principio no resultan tan evidentes”, explica Julián Bustín, jefe de la Clínica de Memoria del Departamento de Neuropsiquiatría del Ineco.

A veces, los primeros síntomas son pequeños olvidos: desde nombres hasta recuerdos que se borraron por completo. Pero se pasan por alto. Luego empieza a aparecer alguna dificultad para resolver las cuestiones más cotidianas, como cocinar o vestirse. O, tal vez, los hijos los notan deprimidos, sin ganas de hacer las cosas que los apasionaban. “Lo que nunca hay que hacer es asumir que es por la edad. Que es normal. Lo primero que se debe hacer es consultar al médico de cabecera del adulto mayor para determinar si se trata de un deterioro cognitivo o de un deterioro asociado a la edad. La diferencia entre uno y otro es que la dificultad es motora. Puede hacer todo lo que hacía antes, pero más lento. Cuando empezó un deterioro cognitivo hay mucho que se puede hacer si se lo diagnostica a tiempo”, explica Bustín.

El problema, coincide Luis Cámera, jefe de la sección de medicina geriátrica del Hospital Italiano, es que muchas veces ese período entre que empieza el deterioro y que se profundiza o da lugar a alguna enfermedad neurodegenerativa resulta breve, porque el diagnóstico llega tarde. Y es, justamente, esa la etapa en la que se puede actuar. “Es muy importante no envejecerlos. No hacerlos sentir ancianos, porque el envejecimiento social es difícil de prevenir. Si se sienten ancianos, dejan de salir, de relacionarse, y la falta de estimulación cognitiva en esta etapa de la vida es una de las principales causas del deterioro”, explica.

Consultar primero al médico clínico y asegurarse de que no tienen, por ejemplo, una infección urinaria es fundamental, indica Bustín. “A diferencia de otros pacientes, en los adultos mayores las dolencias no se manifiestan de forma tan evidente y pueden estar generando alteraciones en la conducta y el humor, generar depresión, sin que exista un real deterioro cognitivo”, dice. Lo mismo aporta Cámera sobre la medicación. Los efectos colaterales pueden ser la causa de esos cambios de conducta.

Pero si no es así, si el adulto mayor inició esa etapa de deterioro cognitivo, hay mucho que se puede hacer: medicación, mejoramiento de la alimentación y estimulación, como son por ejemplo los talleres de la memoria, por nombrar algunos. Además, colaborar para que los padres sigan teniendo actividades sociales es una inversión a futuro.

Independencia

En un estudio que hizo en 2017 la antropóloga de la Universidad de San Pablo, Brasil, Paula Pinto entre adultos mayores argentinos, se analizaron los procesos subjetivos que intervienen en el envejecimiento. Es decir, en la progresiva declinación de la independencia y de las facultades de una persona de entre 65 y 85 años. Más allá de las condiciones sociales, encontró dos factores determinantes: los que se mantienen jóvenes en esa franja etaria son los que logran mantener el buen humor y los que tienen proyectos propios, más allá de los hijos, los nietos o la pareja.

La vida de María Fiorito y la de su familia entró en otro ritmo desde que su madre empezó el declinar. De mujer fuerte e independiente Martha se convirtió en una niña algo extraviada del presente, que solo mira en la televisión documentales de animales o programas de cocina.

Una tarde, cuando comenzó el deterioro, María la fue a visitar y la encontró en la cama, pese a que recién eran las 18. Le dijo que ya no sabía qué hacer. Hacía poco había fallecido su marido, entonces se mudó de su casa a un departamento. No pensó en cómo iba a extrañar las plantas. Cambiarse de casa no había resultado, aunque tampoco podía vivir sola.

“Probamos distintas cosas, desde ponerle una persona, un hogar, hasta que viviera con nosotros. Pero no funcionó. Ella es muy independiente. Ahora, alquilamos una casita chica, pero con un jardín, y está contenta porque todas las mañanas se sienta a tomar sol. Vamos a verla todo el tiempo y hay una señora que la cuida. Está mejor. Pero no es fácil. El costo de la convivencia es ver que tu mamá es como un niño. Que te repite diez veces seguidas las cosas. Que, a veces, tiene caprichos. Una termina extrañando a la mujer que era y se acostumbra a convivir con esa nueva persona. Es, como dice ese poema: ?Eres el hueso de mi madre, pero tu voz ya no es su voz tampoco. La memoria de ella te rodea?'”, cita, emocionada, a la escritora española Carmen Conde.

Como una niña

“No sé qué me pasa. Miro la tele y no entiendo nada. Parezco una idiota”, le dijo a Patricia Martín un día su madre. A los 79 años, se olvidaba de las cosas, de los nombres de sus sobrinas. Hacía poco que el padre de Patricia había fallecido y, entonces, ella se perdió. “Después me di cuenta de que el deterioro había empezado antes, pero entre ellos eran muy compinches, muy compañeros, y mi papá cubría sus lapsus. Iban juntos a todos lados. Pero de pronto mi mamá perdió el interés por pasear. Siempre viajaban con otra pareja y un día ya no quisieron ir más. Él la acompañaba pacientemente y con amor. Pero cuando falleció recién ahí descubrimos lo que le estaba pasando a mi mamá”, cuenta.

Las hijas de Patricia, que entonces tenían 10 y 12 años, le habían dicho que la abuela repetía siempre las mismas cosas, pero hasta ese día ella no se había dado cuenta. Cuando consultaron al neurólogo, les dijeron que María tenía un deterioro cognitivo importante. Había cambiado el carácter. Coser, que siempre había sido su pasión, ya no le interesaba. Intentaron llevarla a los talleres de la memoria, pero no se interesó por la propuesta. El médico les dijo que tenía Alzheimer. Falleció un tiempo después, por una perforación intestinal, a los 84 años. Fueron cinco años muy duros para Patricia, porque además de cuidar a sus hijas le tocó hacerse cargo de sus padres y también de sus tías. En cuatro años y medio fallecieron seis miembros de su familia.

“Con mi mamá, lo más duro fue no reconocerla, no poder mantener un diálogo, por la repetición constante. Fue muy duro verla así”, indica.

El domingo pasado, Patricio Gil Mariño fue a buscar a su madre, de 89 años, para que almorzara con la familia. Su casa está a solo ocho cuadras de la de su mamá. Le propuso tomar el colectivo, que en una parada los deja perfecto, y le dijo que a la vuelta la traía en taxi. “No, a un taxi yo no me subo”, dijo ella. No hubo forma de que Patricio, que es profesor de literatura, la convenciera. A la madre no le gusta tomar taxis. “Pero a la nochecita va a hacer frío, no podemos volver caminando o en colectivo”, dijo el hijo. Nilda Clauso no se movió un ápice de su decisión. “Me partió el alma, pero no la pude traer a casa. Me destruye cuando pasan cosas así, cuando se pone como una nena. El día a día de convertirte en el padre de tus padres es muy duro. Porque uno a veces no tiene todo el tiempo que quisiera ni la paciencia de cuando tuvo hijos chicos”, se sincera Patricio, con la voz entrecortada.

Nilda es una mujer de decisión. Es bioquímica y farmacéutica. Trabajó hasta los 80 años, cuando se tomaba dos colectivos de Belgrano a Floresta para estar al frente de una farmacia. Aceptó dejar de trabajar, pero Patricio nunca pudo convencerla de que adoptara el bastón. “Es de viejos”, le dice. Tampoco que se mude con ellos. Ni que viva alguien con ella. “El deterioro de los padres es un problema epocal. Los aranceles de los geriátricos que uno quisiera son prohibitivos [N. de R.: pueden ir de $30.000 a $90.000 mensuales] y los otros, muy tristes. En el plano filosófico, uno entiende que esta es la etapa de cuidar a tus papás como ellos te cuidaron. Pero en el plano real, es distinto. Uno lo vive sin tiempo, tironeado por la realidad y por la culpa. Es demoledor”, remata.

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