A los 75, Gino Renni confiesa: “No me retiro del amor, soy un tano calabrés”

Alguna vez, Alberto Ure lo convocó para hacer Noche de reyes en el Teatro San Martín. El, incrédulo, le preguntó si no se había equivocado de persona. Pero el notable director le confirmó la propuesta y lo increpó con un: “¿Sabés el actor que sos”? A lo que siguió una respuesta negativa. El mismo “no” que escuchó Ure cuando le consultó si había soñado con interpretar, alguna vez, un personaje de William Shakespeare. Así era, es, Gino Renni . De esa estirpe de actores cercanos a la gente y alejados de la Academia. De esos que siguen aquella máxima del “me pongo la gorra y salgo”. Este italiano de nombre complejo, Luigi Melieni Mollo, que llegó de Calabria con solo tres años y se aquerenció con el país.

La Nación
21.7.2018

Y los argentinos con él. “Ure me aconsejaba mucho. Me decía que no tenía que darle importancia a los prejuicios, ya que algunos actores pertenecían a la patria culturosa y otros éramos los de la patria popular. Alberto amaba a los cómicos del pueblo. También aprendí mucho de Nicolás del Boca. Cuando en Perla Negra tuve que hacer de malo y llorar, me preocupé. Como nunca estudié actuación ni técnicas de teatro, no sabía cómo hacerlo, pero Nicolás me dijo: ´vos sentí la letra adentro tuyo, y ahí vas a llorar´. Alberto y Nicolás fueron maestros para mí. Cuando se estrenó Noche de Reyes en el San Martín, un crítico dijo que ahí no hacía una maquietta. Es decir que para esa persona, cuando me tocaba componer un papel humorístico, era una maquietta; pero en el San Martín, no. De todos modos, jamás me angustié por eso. No vale la pena. Empecé en 1960 cantando, que es mi verdadera vocación, y todo lo que siguió después fue fruto de la casualidad, del destino. Se me dio”.

El actor tiene ganas de conversar a agenda abierta. Recibe a LA NACION en su guarida de la avenida Coronel Díaz, ese departamento con un balcón terraza lleno de plantas donde se desconecta de todo y le permite sumergirse en su propio universo. En el living, siempre la televisión encendida en un canal de deportes para ver fútbol o tenis, sus pasiones; y un bar bien servido para acompañar las tertulias gastronómicas con amigos. “Ya no salgo tanto, la noche cambió mucho. Ahora todo pasa por Palermo Hollywood o Palermo Soho. Antes Palermo era Palermo a secas y punto. Yo me pregunto, ¿conocerán Hollywood o el Soho los que andan por ahí?”.

Aunque lo suyo es el bajo perfil, y hasta cierta incredulidad sobre el propio talento, supo tener muy buenas críticas y hasta nominaciones a premios gracias a títulos clásicos como La Nona, de Roberto Cossa. La receta se amasó con un poco de azar y mucho de saber elegir qué personajes son los que le cuadran como anillo al dedo. Esos mismos que la gente tanto le celebra. Gino conoce su oficio. “Cuando hice La Tuerca, le preguntaba a Oscar Viale qué era el Conservatorio. El Gordo me explicaba que allí enseñaban técnicas de actuación. Y me mostraba el simple ejercicio de agarrar una taza. Yo le decía: ´dejate de joder, no estoy para eso´. Cuando en Mesa de Noticias compartimos camarín con mis queridos amigos Gianni Lunadei y Alberto Fernández de Rosa, me verdugueaban porque ellos venían del Conservatorio y yo no. Sin embargo, los actores cultos me decían que lo que yo hacía era mucho más difícil que lo que hacían ellos. Será por eso que admiré mucho a actores como Julio de Grazia, que podía pasar de una pieza dramática en teatro a una comedia en televisión”.

Honestamente brutal. Auténtico. Gino Renni es de esos actores que de tan populares, están arraigados en la gente como una marca registrada sostenida a fuerza de éxitos arrasadores en teatro, televisión y cine. “Soy cómico, no sé si soy comediante. Lo que hago es innato, me sale. Tengo herramientas naturales”. En la pantalla grande, acaba de participar en la última producción, la quinta, de la saga de los Bañeros, rotulada como Lentos y cargosos . Con espíritu vintage, fue estrenada hace pocos días y destrozada, aniquilada, por la crítica especializada.”Cuando arrancamos con la Brigada Explosiva, lo hicimos para competir con las películas de Jorge Porcel y Alberto Olmedo; y con las de Juan Carlos Calabró y Juan Carlos Altavista. Hay que reconocer a esos amigos y cómicos extraordinarios. Nosotros tuvimos la fortuna que nos fue re bien, será porque somos parte de la gente. Emilio Disi decía que nos habíamos transformado en una película de culto”.

Caballero andante
Poco y nada se sabe de su vida privada. Ha sabido preservar amores, separaciones y parejas ocasionales bajo siete llaves. Códigos pretéritos, en blanco y negro. Códigos curiosos en una época donde se cuenta más de lo que se hace; y se organizan parejas con el mero hecho de la figuración mediática. La discreción ha sido lo suyo. “¿Para qué mostrar? El escándalo no sirve para nada. He tenido muchas historias. Si yo empezase a publicar, se sorprenderían”.

-¿Tus relaciones más fuertes se tejieron con mujeres del ambiente artístico?

-No, mis amores más importantes sucedieron fuera del ambiente.

-Dentro de la farándula, ¿nada?

-Aquellas cositas que uno picoteó dentro del ambiente quedan en las cuatro paredes. Si hubiese tenido una relación importante con alguna compañera, un noviazgo groso, se hubiese sabido. Pero como no sucedió, no se contó. Eso sí, tuve una vida bien vivida, con mucha noche.

-Se te ve espléndido. ¿Confesás tu edad?

-Tengo 75 años.

-¿Cómo te cuidás para lucir tan joven?

-Jamás me preocupé por eso. Tomo, como, pero no fumo desde hace más de veinte años.

-¿Le cerraste la puerta al amor? ¿Estás retirado?

-¡No, jamás! No me retiro del amor, soy un tano calabrés.

-Quizás ahí reside el secreto de la lozanía. ¿Estás en pareja?

-Acá estoy, en mi casita.

-Sí, eso está claro. ¿Solo o con alguien?

-No hay nadie a la vista, pero mi corazón está siempre abierto.

-Tuviste muchas mujeres, pero no una esposa formal. ¿Por qué?

-Quizás ese fue mi gran error. Teniendo en cuenta a las dos o tres mujeres que podrían haber sido mi esposa, hubo una a la que le dije que no y me equivoqué. Lo puedo ver a través del tiempo, pero las cosas se dieron así. Me tendría que haber casado con esa mujer. Me lo propuso y le dije que no. Luego nos peleamos. Fue en la época en la que hacía Nino, ella no era conocida. Y hubo otras dos mujeres que, también, podrían haber sido madre de algún hijo mío. La vida es así. Por algo las cosas son como son.

-¿Te asustaba formar una familia?

-En aquellos tiempos primó la irresponsabilidad. Si me casaba me iba a meter en una responsabilidad que no estaba en condiciones de sostener.

-Otra mirada podría ser la inversa. En lugar de irresponsabilidad, experimentaste un exceso de responsabilidad al suponer que no ibas a poder llevar adelante una familia propia.

-Puede ser. Me asusté. Luego, me arrepentí.

-¿Intentaste revertir aquella decisión?

-Sí, quise volver, pero no se pudo. El tren pasa una vez.

-¿Es una asignatura pendiente la familia propia, los hijos?

-Quedó en el tintero. Debe ser culpa mía no haber tratado de hallar a una mujer. Pero siempre dije que si uno encuentra el amor, se da a la vuelta de la esquina sin que se lo busque. Jamás fui a buscar el amor.

-A tus 75, ¿podría aparecer una señora y enamorarte?

-Si es señorita, mejor.

-Perfecto. Entonces, ¿podría aparecer una señorita para formalizar y saldar la cuenta pendiente o nuevamente te negarías al compromiso?

-Me gustaría tener una compañera. Mi gran ejemplo fueron mi mamá y mi papá. Mi padre se levantaba a las 2 de la mañana parra ir al Mercado de Abasto a trabajar y la dejaba a mi vieja con mi hermanita y conmigo. El decía: “La patrona de la casa es tu mamá, que es mi gran compañera”. La tenía en el pedestal. “Es mi grande compagna”, gritaba. Tengo ese ejemplo.

-Ese ejemplo tan potente, ¿no habrá inhibido la experiencia propia?

-Cuando murió papá, me psicoanalicé. Ahí entendí que yo no era mi papá.

-Un modelo idealizado e inalcanzable.

-Fue una figura muy fuerte en todos los órdenes. Era analfabeto, y en Italia laburaba en la montaña. Vino desde Calabria, e hizo un sacrificio enorme, hablando en dialecto. Llegó a esa Argentina maravillosa que tendría que volver a ser. Mi viejo, con el laburo en el Abasto, sostenía a su propia familia; a su madre; y a sus hermanos que quedaron en Calabria.

A Gino se le humedecen los ojos al hablar de su padre Francisco, Chichilo, para todos, quien murió hace 38 años, a los 62 y a los dos años exactos de haberse jubilado; se conmueve ante la imagen de su mamá Elena, que hoy cuenta con 99 años y él la mima al punto tal de no irse de gira para estar siempre cerca de ella. Pero la gran emoción aparece cuando recuerda a Ana María, su “hermanita”, cómo él le dice, quien falleció hace pocos años.

-Si bien no tenés hijos, se te nota muy familiero.

-Lo más importante de mi vida ha sido siempre mi familia, mi entorno. Y hoy lo es mi madre. Nosotros somos tanos, nos gusta la famiglia unita.

Un largo camino
Comenzó su carrera hace 58 años. Y lo hizo cantando en programas como El Club de la Alegría conducido por Héctor Coire y en la última etapa del legendario Club del Clan. “En esa época hacía hasta cuatro shows por noche. Recorrí toda Latinoamérica y Estados Unidos. En México, actué en uno de los teatros más grandes del DF con sala llena. Pero me vine, luego de tres meses, porque me ofrecieron hacer La Tuerca. Ahí, de alguna forma, terminó mi carrera como cantante”. Su paso por los Sábados Circulares de Pipo Mancera fue clave en el reconocimiento popular. Pero la consagración como actor llegó cuando integró el elenco de Nino. “Fue la telenovela más exitosa de la Argentina y de todo el continente. A tal punto que nos llevaron a Nueva York a hacer una comedia con María Aurelia Bisutti y Arturo Puig, y la gente nos llamaba por el nombre de los personajes de la tira”. Más acá en el tiempo, llegarían las telenovelas con Andrea del Boca y Natalia Oreiro. Pero fue Gino Foderone de la Salsiccia, ese personaje inolvidable, creado por Juan Carlos Mesa para su Mesa de Noticias, que gritaba cosas como “San Peperone, ayuda a Foderone” o “Assassino y criminale”, el que lo hizo muy cercano a los chicos y a los grandes.

-Siempre te han convocado para ciclos muy potentes y exitosos.

-Es el destino. Les resultaba efectivo a los productores.

-Gino, en este medio, nadie regala nada.

-Y sí, puede ser.

El calabrés evita el elogio. Se pone incómodo y se resiste a reconocer el mérito propio. El talento innato que no otorga el Conservatorio. “Me hubiera gustado trabajar en Un gallo para Esculapio y en El marginal. Hubiesen sido lindos desafíos, aunque es más difícil hacer reír. El drama está más servido.

-¿Cómo ves a la televisión de hoy?

-Me cuesta hablar de la tele, es como hablar del país. Y eso también me cuesta. Tenemos muy buenos actores y animadores, y no puede ser que no haya comedias, comedias dramáticas, novelas, programas cómicos, shows musicales, programas culinarios. No hay nada. La nuestra era la mejor televisión del mundo. Estábamos mejor posicionados que México, Brasil y Colombia, que hoy nos pasan por arriba.

-¿Por qué te duele hablar del país?

-El Mundial es un espejo de cómo somos y de cómo estamos. Soy ciudadano argentino. Amo las dos banderas. Y critico a las dos banderas. Pero acá, cuando hacés críticas, se forma la grieta.

-No sos de participar en cuestiones partidarias.

-Nunca me metí, aunque tengo mi opinión sobre Mauricio Macri, el peronsimo y el kirchnerismo. Me las reservo. Siento que se ha mezclado todo. Creo que las ideologías no murieron, pero no se si los partidos argentinos tienen tan clara la suya. Aunque sean utópicas, las ideologías existen. Utópicos fueron José de San Martín y Manuel Belgrano, quien murió en la pobreza. La decadencia argentina comenzó el día que derrocaron al mejor presidente argentino que fue Arturo Illia. Le dio libertad a todos: a los sindicatos y al peronismo; combatió la deuda externa; estatizó el petróleo que Arturo Frondisi había privatizado. Y el otro gran presidente fue Raúl Alfonsín, con todos los inconvenientes que tuvo.

-Hoy, buena parte de la colonia artística se manifiesta abierta y activamente en política. Evidentemente, no compartís eso.

-Respeto a todos mis compañeros, cada cual con su posición. Están los que se sientan atrás de la foto y los que no. Y estamos los que creemos que es mejor no poner la cara. Hay un problema cultural y educativo que hace que la grieta le gane al trabajo de los actores, más allá de su ideología.

-Más allá que lo binario no es lago nuevo, sino que está arraigado de manera endémica en nuestra sociedad, ¿te duele la grieta entre tus compañeros?

-Conozco mucho a mis queridos compañeros, incluso en su ideología profunda anterior. Muchos han cambiado. Los conozco a todos y eso me pone mal internamente. Por eso no participo ni pública ni privadamente.

Es hora de terminar la charla. La noche cae sobre Buenos Aires y Gino Renni debe volver estudiar el guión de Tu última alegría, la comedia dramática que ensaya con Alberto Martín para salir de gira desde agosto, dirigidos por René Bertrand. Afable y buen anfitrión, trata de disimular su bonhomía con un “Tengo mi carácter, no soy como la gente cree”. ¿Habrá que creerle?

Por: Pablo Damián Mascareño

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