A los 95 años no me siento ninguna anciana: atiendo mi negocio, salgo con amigas, tomo mi copa de vino

Ágil, activa. Las claves de la longevidad no son tan claras, pero la historia de Esther incluye un gran disfrute de lo cotidiano. Aún trabaja -porque le gusta-, hasta hace poco jugaba al póker y lee los diarios todas las mañanas.

Clarín
12.5.2018

Tengo 95 años y todos me conocen por Chita aunque me llamo Esther. No es tan fácil tener mi edad, pero soy una mujer feliz gracias a mi familia y a mis amigos. En ellos pienso cada mañana cuando me levanto y espero a mi amiga Gladys para que me acompañe en las dos cuadras que separan mi casa del local donde trabajo, en pleno Boedo. Me gusta desayunar ahí, mientras esperamos a las clientas y preparar café para mis vecinas de la galería que pasan a saludarme. Y mientras la mañana corre, yo recuerdo.

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Por Daniel Ulanovsky Sack

Nací el 10 de agosto de 1922, en la ciudad de Buenos Aires, en Deán Funes y San Juan. Cuando tenía 3 años mis padres decidieron mudar a la familia a la ciudad de San Luis. Allá mi papá abrió un almacén de ramos generales, el más importante de la ciudad, media manzana, que se llamaba “Blanco y Negro”. Estaba frente a la plaza principal y los clientes compraban a crédito, subían la mercadería en un mateo y se aprovisionaban para todo el mes. Después llegaban los viajantes de comercio y a veces hacían noche en casa para después seguir su camino. Mis padres los recibían con hospitalidad y a todos nos gustaba escuchar sus anécdotas después de la comida.

Me crié en ese ambiente y crecí escuchando historias. La más repetida, la más importante era la que contaba mi madre, Estrella Levy, cuando recordaba que había llegado al país con 18 años en 1908 a bordo de un barco de bandera italiana. Todos mis antepasados son judíos sefardíes que vivieron en una ciudad amurallada llamada Tetuán, al norte de Marruecos. Habían llegado ahí muchos siglos antes huyendo de la Inquisición.

Mi padre, antes de venir a la Argentina, estuvo en Venezuela donde pasaba mucho tiempo arriba de un caballo haciendo negocios, vendiendo en los barrios de Caracas. Contaba historias increíbles de esos años. Cuando llegó a aquí, le cambiaron el nombre. Él se llamaba Nisim pero nadie lo entendía, le empezaron a decir Nisito y de ahí se convirtió en Luisito. Entonces, Estrella y Nisim, que habían vivido en la misma ciudad marroquí sin verse ni una sola vez, se beneficiaron del destino: se conocieron en Buenos Aires.

A veces una clienta interrumpe mis recuerdos. Tomamos un cafecito y conversamos. Me gusta mucho comprar y vender ropa. Y disfruto de la compañía de mis clientas. Sé qué ropa ofrecerles porque conozco sus gustos. Sé qué talle necesitan, si quieren ropa suelta o apretada, con escote o cuello alto, si les gusta el negro o el rojo. Por eso más que clientas son amigas.

Hace poco vino un chico y me dijo: “Usted no se acuerda de mí pero hace muchos años yo venía con mi abuela a comprar”. Y es así, han pasado tres generaciones por mi negocio.

En un comercio hay que lidiar con muchas cosas, pero lo hago con alegría. Acá manejo todo yo. Compro a mi gusto, aunque siempre pienso en mis clientas, voy a los talleres chicos a buscar ropa exclusiva y también compro por internet. Elijo lo que quiero y a veces mi nieta Johanna me ayuda a hacer los pedidos. Trato de estar actualizada con la moda, los diseños, los colores, me entretengo preparando las dos vidrieras, renovando las vitrinas y los percheros, calculo precios, pongo las etiquetas, compro los insumos, atiendo al contador y me peleo por los aumentos.

Me dicen que incluso cuando estuve con neumonía, en sueños, hablaba del negocio. Es que, creo yo, es una de las claves de seguir ágil a los 95 años. A esta edad no me siento ninguna anciana. No sufro por trabajar, lo disfruto. A veces falta media hora para venir a abrir y ya estoy preparada. Conozco muy bien a mi clientela y suelo tener atenciones con ella.

Al mediodía vuelvo a mi casa a almorzar y luego de una pequeña siesta vuelvo al negocio. Si no logro dormirme: también recuerdo. Cuando se inauguró la galería, nosotros fuimos el primer negocio. En ese entonces el barrio tenía muchos cines y en las noches todo estaba iluminado, los locales abiertos, las galerías no cerraban, la gente iba a tomar algo a las confiterías y después venía a pasear, a mirar vidrieras y siempre compraban alguna cosita. El día de la inauguración, el hall estaba lleno de flores. Así nació American’s Boutique en el local 25. De eso hace más de cincuenta años. Ahora, a las nueve de la noche se baja la persiana y ya no queda un solo cine en el barrio. Se transformaron en bancos, supermercados, iglesias evangélicas. Las cosas cambian.

Recuerdo el entusiasmo que teníamos con Jaime, mi marido –con los niños todavía muy pequeños– por emprender la aventura de instalar este local. Yo me encargaba de comprar y vender la ropa, él de la parte contable.

Con Jaime nos conocimos cuando volví de San Luis, acá en Buenos Aires. Y nos casamos en 1950. Con mucho esfuerzo compramos el departamento donde nacieron nuestros tres hijos. Hoy, además, tengo siete nietos, diez bisnietos y uno en camino. Mi marido falleció hace 33 años, desde entonces sigo sola al frente del local. Pasé muchas crisis, siempre salí adelante, esta es una etapa muy brava, pero también voy a salir.

Pienso que hace mucho tiempo, cuando todavía vivía en San Luis, yo andaba todo el día en bicicleta. Y que también solía hacer salto en alto, salto en jabalina, salto en cajón y hasta carrera de 100 metros. Llegaba con las rodillas raspadas a mi casa pero me encantaba. Hoy tengo que caminar despacio pero lo importante –siempre digo– es estar en movimiento. Más rápido o más despacio, para mí, no hace diferencia.

Me gusta llegar al local. Todos me conocen, todos me saludan, incluso me preguntan cosas. En la galería me siento la dueña de casa. Y entre todos nos ayudamos. Mi cuñada Odette, gran compañera, siempre está a mi lado, y tengo tres amigas del alma que siempre me acompañan: Teresita, Gladys y Beatriz. Mientras acomodamos las prendas, pienso: yo tenía 11 años cuando murió mi madre. Mi padre no se volvió a casar. Me quedé a cargo de mis cuatro hermanos que tenían 9, 7, 5 y 3 años. Los tres varones ya fallecieron pero con mi querida hermana Porota, que es farmacéutica, hablamos todos los días por teléfono y todavía nos vemos seguido. Mi padre nos inculcó a todos la importancia del estudio. Cursé la primaria en la escuela Pringles en la ciudad de San Luis, allí repartía los pancitos en el recreo a mis compañeras y la secundaria en el Colegio Nacional Juan Cristófano Lafinur donde a los 18 años me recibí de Bachiller, en esa promoción fuimos sólo dos mujeres, Edith Domeniconi y yo, hasta salió nuestra foto en la sección social de un diario. Era lindo estudiar con tantos varones alrededor porque ellos nos protegían, nos cuidaban. También obtuve el título de Profesora superior de piano, teoría y solfeo. El mismo Alberto Williams, el gran compositor, venía a tomar los exámenes y más tarde me dio el diploma. Incluso, antes de venir a Buenos Aires, estudié dos años la carrera de Psicopedagogía en la Universidad de Cuyo, que recién se había inaugurado.

En esa época en San Luis eran muy populares los bailes. Siempre me gustó escuchar tango y vals. Bailábamos con mi hermano y dábamos unas vueltas muy hermosas. Íbamos al Club Italiano que quedaba cruzando la plaza desde mi casa. A las tres de la mañana terminaba y yo, que había bailado tanto, no podía aguantarme un segundo más el calzado en los pies. Cruzaba la plaza con los zapatos en la mano.

Y otra vez, recuerdo ahora, había ido Ricardo Balbín, el dirigente radical, a la provincia y quería escucharlo a él, pero estaba lleno de gente, tan, tan lleno que me tuve que subir a un árbol de moras para escucharlo. Esa era la vida allá, en la provincia. Todo lo que recuerdo de San Luis es hermoso. El paisaje, la sierra, todo.

Pero mi padre sufría del corazón y la altura no le hacía bien. Entonces decidimos volver. Se cerró el negocio, se repartió la plata entre sus dos hermanos que eran sus socios, y emprendimos la vuelta. Fue en el año 1947 cuando llegamos a Buenos Aires, a Boedo, a mi barrio. Pero fue difícil porque tuvimos que aprender todo de nuevo. Acá uno se maneja diferente. En la ciudad hay que mirar, cuidarse, estar atento. Y nos mudamos al mismo departamento en el que vivo ahora porque unos años después lo compramos con mi marido.

Cuando las clientas se retrasan y me hacen esperar, me distraigo haciendo crucigramas. Antes leía mucho, leía novelas. Pero ahora solo leo el diario. Estoy al tanto de todo lo que pasa. Y me entretengo estando actualizada. También me gustan mucho las cartas. Durante cincuenta años jugué todos los domingos con mis amigas al póker. Eso era un placer. Mi amiga Martha, que vivía en el barrio de Flores, me venía a buscar a las tres de la tarde con el auto de su hijo, un Ford Falcon gris ,y me llevaba a la casa donde nos reuníamos cerca de Cerrito y Juncal. Ahí jugábamos hasta las nueve o diez de la noche. No jugábamos por nada de demasiado valor. Sólo era estar ahí, entre nosotras, tomar el té y conversar. Pero tres de ellas fallecieron y tuvimos que suspender.

Disfruto, sin embargo, otros encuentros. Al menos una vez por mes, con las “chicas” de la galería y alguna amiga del barrio, almorzamos juntas. Digo chicas con un poco de ironía hacia mí porque yo ya no lo soy, pero hay otras compañeras que andan por los 50 –y de allí en más– que me parecen muy jóvenes. En esos almuerzos y también en mi casa, me cuido poco con las comidas. Eso sí, como poca cantidad y evito las verduras crudas porque ya no me caen del todo bien. Pero después, saboreo lo que haya de rico, nada de pollito hervido con calabaza. Me gusta el chocolate y tomar una copita de vino.

Ahora también espero los sábados con ansiedad: paso los fines de semana en la casa de mi hija Marta donde me visitan familiares, amigos y vecinos. Comemos asado con los nietos y bisnietos y por las tardes jugamos a las cartas, al chinchón con Mary, una vecina muy querida, y al truco con mi yerno. Casi siempre gano yo. Aunque él dice que me deja ganar.

A veces, cuando estoy en el negocio, pienso en mi hijo Quique que en 1996 se fue a vivir a Israel con toda la familia. Tengo tres nietos allá y pronto serán cinco bisnietos. También pienso en Daniela, mi nieta que está en Sidney y que me dio otros tres bisnietos. La tecnología nos permite estar comunicados y a veces uso Skype para charlar con ellos.

Por suerte tengo mucha familia cerca. En todos ellos se van mis pensamientos. En mi bisnieto Tomy, que tiene 17 años y juega al básquet y hace poco viajó a Alemania para jugar en el seleccionado nacional. En mi nieto Nicolás, que tiene 25, y estudia la licenciatura en Música de Películas. Toca el bandoneón y es un gran músico. En mi hijo Luis y en mi yerno Enrique, que son mis choferes; me llevan y me traen siempre que necesito. También en mis cuñados Carlos y Ana y en un montón de sobrinos. Mi familia es maravillosa.

De noche, luego de cerrar el negocio, después de cenar, todavía juego a las cartas un rato. Alguna que otra vez también almuerzo con algunas clientas, con mi cuñada Odette y mi sobrina Lili. Me acompaño con la televisión. Me gusta mucho el fútbol y no me pierdo un partido de Boca.

Esa es mi vida. Por eso cuando me preguntan por qué sigo trabajando, les digo que el negocio es mi colaborador. Él me ayuda a no estar sola, a no hacer las cosas de la casa, que no me gustan, a mantenerme ocupada. A pesar de que dije que es difícil tener 95 años, es lindo, lo disfruto, porque mi familia y mi trabajo son una maravilla. Si Dios quiere, en agosto cumpliré los 96.

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​Esther Sananes nació en 1922, en Buenos Aires, pero cuando era chica se mudó con su familia a San Luis, ciudad que recuerda con mucho afecto. Allí hacía deportes, terminó el secundario -sólo eran dos mujeres en su promoción- y se recibió de profesora de Piano. Hace años fundó con su marido una boutique para mujeres en Boedo. Y aún hoy la atiende ella personalmente. Tiene familia que vive afuera y no se amilana ante el Skype para verlos seguido.

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