“Tenemos entre 60 y 80 años, y apostamos por la educación para ayudar a las nuevas generaciones”

Terminamos un nuevo año en donde estamos estudiando. Por supuesto, dicho de esta manera, no dice ninguna novedad. Sin embargo, me gustaría contarles esta maravillosa historia.

Clarín. 14.4.18

Tengo 70 años, y la semana pasada comenzamos un nuevo año. Hace siete años que se inició la Facultad para Adultos Mayores, espacio que brinda la Universidad Nacional de Rosario (UNR). A la misma concurrimos personas mayores, donde no importa la edad física, pero sí la mental y la del corazón. No es viejo el que mantiene su fe en sí mismo, el que vive sanamente, alegre, convencido de que para el corazón no hay edad.

Somos los adultos mayores, mal llamados de esa manera, pues si ustedes pudieran vernos en las distintas aulas de nuestra facultad, ahí ya no somos adultos mayores, sino simplemente estudiantes de las diversas materias que nos enseñan los bien queridos profesores, como Filosofía, Literatura y Cine, entre otras. Nuestra facultad se encuentra en toda su plenitud.

Sin embargo, acá estamos, como siempre, tratando de superar nuestras constantes decadencias. Tratando siempre de resolver qué clase social debería estar resolviendo todos nuestros problemas, cuando en realidad la consigna debería ser, “nos salvamos entre todos”.

Mientras, algunos siguen dilapidando el tiempo, y me pregunto en los últimos 50 años que pasé trabajando, no veo grandes cambios. Pues ahora, que ya no trabajo y cuento con la ayuda económica de mis hijos, puedo hacer lo que siempre quise hacer, que es dedicarme a estudiar para ayudar a las nuevas generaciones. La vida se nutre de momentos y hay que vivirlos a todos ellos y seguimos empujando la pelota para seguir haciendo goles.

“En la universidad ya no somos adultos mayores, sino que nos sentimos simplemente estudiantes”

Por eso, nosotros hemos encontrado una nueva esperanza de vida adulta, y no se trata de la vida eterna, sino simplemente que logramos la tan mentada y olvidada consideración de volver a ser los jóvenes viejos de otrora, hoy viejos jóvenes. A buen entendedor, obvian las palabras.

De manera que les propongo que nos visiten a los efectos de comprobar este milagro de volver a sentirnos útiles a la sociedad y, de alguna manera, poder devolverle a la misma nuestra atención como estudiantes. Nos sentimos útiles, nos sentimos vivos, nos sentimos importantes.

Ya somos miles los que concurrimos, y como dije, los esperamos. No vamos detrás de ningún título, sino simplemente se trata de una satisfacción de vida. Seguimos empujando la pelota para seguir haciendo goles.

“Empecé a dedicarme a estudiar para ayudar a las nuevas generaciones”

Vengan a conocer esta nueva propuesta de vida que ofrece nuestra facultad, serán bien recibidos y también encontrarán este hermoso sendero, de segunda y tercera etapa de la vida y porque no, de la otrora juventud.

Aprovecho la oportunidad para agradecer a la Universidad Nacional de Rosario por la creación y dirección de este hermoso programa.

Armando Torres

Arrabal arjt@hotmail.com

EL COMENTARIO

El clamor por volver a sentirse vivos

Retomar el camino abandonado o resignado, sin el peso de los parámetros personales que imprime el tiempo, es lo que estimula a un grupo de aproximadamente 4.000 personas, de entre 60 y 80 años, para disponerse a estudiar.

Armando tiene 70 años, fue licenciado en Comercialización, ya jubilado, y seguir proyectando la vida es la consigna que él se impuso. No va la facultad porque no la terminó o porque se lo exige el trabajo. Tampoco hay calificaciones: ellos apostaron por la educación y allí encuentran las herramientas necesarias para encarar este desafío. Atravesados por distintas historias, el lector tiene de compañeros a 35 alumnos, de los cuales 25 son mujeres.

Con la virtud intacta y dejando atrás los prejuicios y los miedos, una vez por semana se juntan en el aula para templar sus conocimientos que, ad honorem, los profesores les transmiten. Llevan en sus mochilas el afán de superación y el derecho inalienable a estudiar, y dejan en sus casas el bagaje de la rutina para demostrar que encontraron en el estudio una nueva esperanza de vida adulta. No van detrás de un título, como dice la carta, pero la universidad de la vida ya los condecoró con un diploma: sentirse vivos e importantes de nuevo.

En la trastienda de esta historia, subyace otra, y es la deuda que el Estado tiene con ellos. Alzan sus voces para volver a integrarse a la sociedad, ya nuevamente formados, pensando en ayudar las nuevas generaciones. ¡Menuda tarea! Quizás, este clamor sirva para torcerle el brazo a los estigmas que cargan los adultos mayores, y puedan ser recompensados.​

https://www.clarin.com/cartas-al-pais/60-80-anos-apostamos-educacion-ayudar-nuevas-generaciones_0_B1TaZ6y3G.html