Cómo afrontar la difícil tarea de ser padres de nuestros padres

Estamos preparados para gestionar la crianza de nuestros niños. Pero nos cuesta acompañar la vejez y el deterioro de quienes nos dieron la vida: razones, testimonios y consejos.

Alejandro Schujman
Clarín
11.4.2018

“Mi padre tiene ya 92 años. Todas las semanas espera el domingo al mediodía, día de encuentro familiar por excelencia. Espera que llegue el ‘día de la historia’. Los dos amamos el mundo de la fantasía, el cine, los libros. Me enseñó a navegar en universos de princesas, piratas, dragones, castillos, duendes y unicornios. Pero mi héroe más fantástico fue siempre él. Hoy ya no camina, pero desde su silla espera como un niño que lo sorprenda. Cincuenta años después, quien inventa las historias soy yo. Al principio me entristecía, pero hoy disfruto y le devuelvo algo de lo mucho que él me dio de pequeña. Se cierra un ciclo, bello y triste a la vez; como la vida misma ¿no?”

Desde el diván, relatos que me llegan a lo más profundo, me conmueven e interrogan.

Los brazos fuertes que nos acunaban hoy tiemblan. Las miradas que nos protegían hoy son cuencos confusos y temerosos. La seguridad que salía de esos mismos labios en verdades fundantes hoy es tibieza y desamparo.

Quien inventaba juegos para que construyamos el placer por el comer hoy precisa que le cortemos la comida en trozos pequeños. Quien nos hacía “¡a la una, a las dos, a las tres!” para saltar al cielo hoy no puede subir la escalera si no le damos nuestro brazo como apoyo.

De nuestros “¿cuánto falta? ¿cuándo llegamos? ¡No quiero esperar más!”, al angustioso “¿Que día es hoy, hijo mío?” . El tiempo pasa y también crecen nuestros padres, y vaya si es difícil.

Ser padres es contener, dar sostén, acompañar en el crecimiento, ser garantes de nuestros hijos. Educar, criar, crear, garantizar lo primordial en la especie más indefensa del reino animal, el ser humano. Somos hijos cuando nacemos, y seguimos siéndolo cuando el ciclo se cierra y envejecemos.

Pero en la curva debemos pasar de ser cuidados a cuidadores, la ecuación de la protección se invierte, quienes antes velaban por nosotros hoy necesitan nuestro amparo. Y los hombres y mujeres estamos preparados -aunque muchas veces no sepamos cómo- para gestionar la crianza de nuestros niños. Pero no lo estamos de ninguna manera para hacerlo con nuestros padres. Podemos cuestionarnos y preguntar por qué nos cuesta tanto.

Criar a nuestros niños es acompañar con júbilo, miedo, aciertos y errores el inicio de la vida. Y pensar el declive y la muerte de nuestros propios padres nos entristece, enoja y complica. Nos angustia, nos enoja, y nos enfrenta a la película de nuestra propia finitud. Ver a nuestros mayores envejecer es asistir a un lento ocaso de los guerreros, de la idealización a la triste realidad.

“Me parte el corazón verla tan frágil, indefensa y desvalida. Ella me sostenía a mí, era un roble, y ahora depende de mí, es una muñequita de porcelana. No puedo acostumbrarme a verla de esta manera”.

La esperanza de vida es hoy mucho más alta que hace décadas atrás, por avances de la medicina, políticas de vida más saludable y evolución propia de la especie. Esto es fantástico pero todo tiene pros y contras. Nuestros padres llegarán con más chances a ser ancianos y bienvenido sea.

Pero…

Cuidarlos es empezar también a decirles adiós. Cuidarlos es devolver con amor nuestros primeros años de vida plenos de caricias, domingos en la cama grande con mimos, tele, dibujitos y vainillas con chocolatada. No hay buenas noticias en el principio de este cuento. La muerte existe y entristece, y si es de nuestros padres más aún.

Pero como decía Víctor Frankl desde el horror de un campo de exterminio del genocidio nazi, “Lo último que pueden quitarnos es nuestra libertad”. Y aún en esta situación de dolor tenemos opciones.

Hay tantas posibles combinaciones como historias de padres e hijos existen, pero básicamente hay tres maneras de enfrentar esta situación. Podemos ser hijos sobreprotectores, e hipotecar nuestras vidas, y claramente no lo recomiendo. Podemos negar tomando distancia afectiva y que prevalezca el enojo como motor de la relación, y claro está que no es una alternativa tampoco recomendable. O podemos intentar, lo más difícil, esto es: un sano equilibrio y acompañar amorosamente esta etapa de sus vidas y de las nuestras. El equilibrio es siempre la mejor manera de evitar la superpoblación de consultorios psicológicos.

Gran parte de las consultas en mi consultorio tienen relación con el manejo de los pacientes adultos en el vínculo con sus padres, cómo cuidarlos sin que invadan espacios de la vida familiar, cómo acompañar sin que desborde, por un lado o por el otro.

Por supuesto que la holgura económica será una aliada a la hora de construir dispositivos de cuidado y acompañamiento. No es lo mismo disponer de dinero para pagar personal especializado que pueda auxiliar la tarea de los hijos, o tener que lidiar sin ayuda externa con los avatares que vayan surgiendo

Pero más allá de esto, a lo que quiero apuntar es a la manera de sentir, pensar y conducirse frente a esta inevitablemente dolorosa realidad.

Esta mujer que cuenta sus cuentos al padre pudo encontrar la llave para maniobrar en el mar de sus emociones. Puede ser ella una de las protagonistas centrales en los últimos años de vida de su padre, disfrutar de estos tránsitos, no sin dolor, pero lo disfruta.

Y aquí la clave: el enojo, el malestar, es siempre la diferencia entre lo que deseamos y lo que ocurre. La brecha entre realidad y deseo.

Y claro que queremos que la muerte no exista, claro que seríamos muy felices si la vejez no fuera parte del ciclo del existir. Pero las cosas no son como queremos, y tenemos la oportunidad histórica de poner en práctica aquello que nuestros padres debieron de enseñarnos: a frustrarnos, a manejar los conflictos, a luchar con la adversidad. Si podemos lograr esto, todo dolerá menos, mucho menos.

¿Y si mis padres no fueron amorosos?
Algunos pensarán “mis padres no fueron cariñosos y yo sufrí mucho de pequeño, ¿cómo hago para cuidar de ellos con amor?” Y aquí uno de los puntos más difíciles de esta cuestión, cuando el vínculo fue durante toda la vida difícil, complejo y el amor esencial circuló solo en segundo plano, es difícil, mucho más difícil ser el sostén invertido de hijos a padres.

Hay madres y padres que hacen lo mejor que pueden. Pero también debo decir, y esto es polémico y dejo debate abierto, hay padres que no han podido, sabido o querido ser padres amorosos.

Todos son lo mejor que pueden ser como padres, pero a veces no alcanza. Y si los hijos han sufrido mucho por la inacción de sus padres, es complejo pedirle que amen y acompañen a los ancianos en los últimos años. Es muy complejo para los hijos retribuir aquello que no han recibido, cuando estos padres envejecen.

También es importante saber que cuando el pasado grita, el presente se hace oscuro. Es importante zanjar las cuestiones pendientes con nuestros padres cuando ellos viven. Es hasta estúpido plantearlo así, pero con las lápidas no podemos resolver ni gestionar conflictos. Y muchas veces tenemos los seres humanos la costumbre de posponer al infinito y más allá.

Las cuestiones no resueltas en el pasado se vendrán encima si las posponemos y la muerte de nuestros padres nos sorprende antes de que resolvamos o zanjemos diferencias. No dejemos para mañana los conflictos que podemos resolver hoy.

El arte de poner límites
Por otra parte necesitan nuestros padres y nosotros poner en funcionamiento el sistema de límites y estrategias de manejo de las nuevas situaciones. Tendremos que poner coto a sus ansiedades, entender sus angustias pero también decir no.

Pueden las personas muy mayores ponerse demandantes en extremo y tendrán los hijos que diferenciar cuándo es algo importante y cuándo no, manejar la brecha entre la urgencia y lo que no lo es.

En el camino, aquellas mismas cuestiones que intentamos implementar con nuestros propios hijos pequeños nos servirán para contener y aceptar el ciclo de la vejez de nuestros propios padres.

Caja de herramientas
Paciencia (mucha paciencia)
Casi tanta como deben de habernos tenido ellos cuando nosotros pequeños. Si no se acuerdan de las cosas, si tardan más de la cuenta en vestirse, si son torpes con sus quehaceres. Cuesta, es difícil, pero paciencia.

Creatividad
Buscar estrategias para enfrentar esta nueva realidad es menester. Buscar momentos de encuentros, disfrutar de aquello que se pueda, aprovechar para preguntar todo lo que queremos saber de nuestra historia, ser imaginativos ayuda a superar momentos difíciles de nuestras vidas.

Capacidad de poner palabras a nuestras emociones
La bronca suele ser el disfraz de la tristeza. Identificar si es una u otra nos permitirá actuar en consecuencia.

Sentido del humor
Tuve la suerte de conocer muy de cerca a un gran hombre de nuestra historia. El querido Dr. Manuel Sadovsky, pensador y matemático emblemático decía con gran sabiduría a sus 80 años: “No lamento nada de mi vida, pero me da un poco de fastidio saber que converso como un hombre de 50 años pero camino como un viejo”. El humor nos salva, nos hace más libres, tiñe la vida de una paleta de colores maravillosa.

De padres e hijos, cosechar lo sembrado y ejercitar el amor responsable
Suelo finalizar mis charlas con un video que trataré de relatar con la complejidad de pasar imagen a palabras:

En el jardín de una casa, padre e hijo sentados en un banco. El primero un hombre de edad, le presumo unos 70, el hijo de unos 35 quizás. El padre absorto, el hijo leyendo. Solo el murmullo del viento y las hojas. Un ruido imperceptible llama la atención del padre.

“¿Qué es eso?”, pregunta.

“Un gorrión”, contesta el hijo.

Segundos más tarde, la pregunta se reitera. “Ya te dije papá, un gorrión”, inisiste con cierto fastidio. En el lapso de un minuto el padre inmutable repite cuatro, cinco, seis veces el mismo interrogante, como un canto, como un juego, pero no juega, pregunta el padre porque quiere saber, simplemente, “¿Qué es eso?”. El hijo va transformando su semblante hasta llegar a romper en un grito “¡¡¡Es un gorrión papá, ¿por qué me haces esto?!!!

El padre, sin pronunciar palabra, se levanta, se dirige hacia la casa y vuelve con una libreta que pone en manos de su hijo, y dice, ordena, con calma, pero con autoridad.

“En voz alta”. Y el hijo lee: ”Hoy, mi hijo menor, que hace unos días cumplió tres años, estaba sentado conmigo en el parque cuando un gorrión se posó frente a nosotros. Me preguntó 21 veces qué era eso. Y yo respondí las 21 veces qué eso era…un gorrión. Lo abracé cada vez que me hizo la misma pregunta, una y otra vez. Sin enojarme, y sintiendo un infinito amor por mi pequeño hijo inocente”. Hay un instante de silencio conmovedor, y un abrazo reparador de este hijo a este padre que construyó un vínculo de amor, confianza y disfrute compartido; y pide lo mismo a este hijo que hoy es un hombre.

Tienen los hijos la posibilidad de acompañar y ser protagonistas de los últimos años de la vida de los padres, tienen la chance de dar algo del amor que han recibido, tienen la maravillosa oportunidad de gestionar el dolor con amorosidad y entereza, y quizás algún día, la idea de la muerte se nos haga menos tortuosa si podemos cerrar de forma saludable los duelos y desafíos que la vida nos va poniendo en el camino.

*Alejandro Schujman es psicólogo especializado en familias. Director de Escuela para padres. Autor de Generación Ni-Ni, Es no porque yo lo digo y coautor de Padres a la obra.​​

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