Max Berliner: vida feliz a los 98 años

“No me doy cuenta de la edad, hace mucho que soy viejo”, dice el actor, que no se siente bicho raro y cuyo lema es “dejá para mañana lo que puedas hacer hoy”.

Clarín
4.3.2018

-¿Le molesta que se lo mire como a un bicho raro?

-Sí. Debe ser por lo viejo, muy viejo -se corrige-, me miran como a un marciano. Por eso siempre que salgo llevo mi sombrero. ¿Ves? Me tapo así -gesticula-. Para no sentir la mirada del otro… Pero yo sí miro, me gusta.

¿Qué le gusta ver?

Las caras, la gente, los gestos. Veo mucha gente mal, preocupada, enajenada, que habla sola… Me dan ganas de acercarme y ayudarla.

¿No lo hace?

Soy tímido.

Estamos en el universo Max Berliner, en su departamento de Villa Crespo, donde vive con su mujer artista Rachel Lebenas. El living parece un museo de pintura empapelado y alfombrado con cientos de libros, recortes y anotaciones. Casi como un tesoro se descubre una foto enmarcada de Rachel con Borges y, entre otras amuchadas, polvorientas, hay una con Max y Sabato.

Cariñoso, el actor, autor y profesor hace prensa de los cuadros de Rachel, allí presente, custodiando a su marido desde hace más de sesenta años. “Dejá de hablar de mí, la nota te la hacen a vos, yo me voy a prepararles un café”, indica expeditiva la señora del hogar.

Ágil, de paso ligero, Max inventa un espacio en su recargado escritorio e invita a sentarse y a “charlar de la vida”. Por un instante aparece aquella imagen suya en la publicidad de Reumosan -que le otorgó enorme popularidad-, donde se lo ve corriendo y trepando paredes.

Aunque se quiera gambetear lo obvio, es imposible desconocer que el intérprete, que hace poco vimos en El último traje -film aún en cartel-, tiene 98 años. “No me doy cuenta de la edad. Perdón, ¿qué le puedo decir? Tener 89, 93 o 98 es más o menos parecido. Hace mucho que soy viejo y tengo una vida sin dolores ni remedios. Disculpe -no tutea- si no respondo a sus expectativas”. Nos ponemos de acuerdo y nos tuteamos.

-¿Cómo es un día tuyo, Max?

-Lo único que sé es que no lo preparo, me dejo sorprender por lo que surja. Sí tengo algunas rutinas como salir a caminar, tomarme mi cafecito en Le Bleu y a veces cenar afuera. Me gusta estar en acción, soy enemigo de la quietud.

-¿Te cuidás en las comidas?

-¡Pero no! Como de todo sin pensar en que me caerá mal. Me doy todos los gustos pero en su justa medida. Tampoco tomo ni fumo.

-¿Algún secreto que nos puedas revelar?

-No vivir temeroso. Me siento fuerte y sé que no estoy enfermo. Pienso con la tranquilidad de quien tiene tiempo.

-O sea que vos propiciás el deja para mañana lo que puedas hacer hoy…

-Claro, yo me mantengo de proyectos, que son los que me incentivan.

-¿Qué planes tenés para mañana?

-(Casi de inmediato). Empezar a releer El hombrecillo de los gansos, de Jakob Wassermann, una de mis novelas preferidas.

-¿A qué se debe esta relectura?

-A que tengo el pálpito de que la haré en teatro. Bah, es un sueño, un deseo, no lo pienso como un trabajo. El deseo es otro motor que me da fuerzas.

¿Te hace ilusión llevarla a escena?

-Yo quería actuarla, pero ya no tengo edad, entonces me gustaría dirigirla con la ayuda de alguien. Me imagino a Adrián Suar haciendo a ese músico enredado en vulgares líos amorosos (¿llamado para Suar?).

-¿Estás con ganas de trabajar?

-No busco trabajo, pero estoy disponible, por supuesto.

Llega el café. Rachel lo trae en bandejita. Max hace silencio y la mira con ternura. “Gracias, nena”. Estira su brazo firme y le acaricia el pelo. “¡Viste qué hermosos cuadras!”, insiste él. Quizá resulte antipático, pero hay que decir que Max habla fluido, tiene una dicción impecable y como cualquier mortal, se reitera con algún tema. “Max no toma ni un Geniol. Y duerme a pata ancha”, se cuela Rachel.

-¿Qué es lo que más te gusta de Max?

-Me enamoré de su arte, él siempre tuvo en claro lo más importante: la esencia del actor.

-¿Y vos, Max?

-(Rápido de reflejos) Es todo. Tenemos una relación hermosa. Eso sí, dormimos separados. Estamos más cómodos. Yo la acaricio, la beso, aunque el sexo se terminó -sin pudor-. Es así, una pena…con los años aparecen otras cosas.

-¿Ves televisión?

-Me gusta estar informado, veo los noticieros. Y hay temas que los sigo con interés, como la violencia de género, el aborto.

¿Y qué opinás del aborto?

-(Sin dudar) Estoy a favor de lo que decida la mujer, que es la que pone el cuerpo.

-¿Los chimentos te gustan?

-(Cara de pícaro) Siempre es lindo saber de la vida del otro.

Max tiene dos hijos, Daniel y Ariel, quienes armaron una aceitada logística, sin resultar invasiva, que apuntala al Viejo para que viva confortable. “Uno u otro, siempre venimos y los visitamos, leemos juntos, vemos tele, somos muy compañeros”, cuenta Ariel, Gerente de producción en la TV Pública.

-Armaste una familia sólida, Max…

Pudimos construir con los hijos una relación de amistad hermosa, sólida. Parecida a la que mi viejo tuvo conmigo.

-Tus hijos dicen que tu vida merece un libro, una película…

Quizá… viví muchas cosas. Pero no soy ningún ejemplo, ninguna leyenda ni ningún tipo raro sólo por estar cerca de los cien años.

-¿Qué te sugiere la muerte, Max?

-En la ficción la conozco bien. En la realidad, me alejo de ella, me agarro de la realidad, de la vida, que tan bien me trata.

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