La edad que sentimos frente a la edad que tenemos

Un estudio hecho en Canadá revela que, de media, los canadienses se sienten siete años más jóvenes de lo que indica su fecha de nacimiento. Este dato se da de manera homogénea en todo el país. El estudio señala, además, que cuanta más edad tienen las personas, más aumenta la sensación. Son datos que tienen una fuerte carga psicológica y sociológica que llevan a interesantes reflexiones sobre a qué edad nos hacemos viejos, si somos viejos por cómo nos sentimos, por cómo nos hacen sentir o simplemente porque lo marca el calendario o la administración. No sabemos si serán extrapolables los datos a nuestra realidad, pero parece que gran medida pueden serlo y ,de todas maneras, dan pistas muy interesantes.

Publicado por Josep de Martí
marzo 27, 2018

Cómo nos sentimos

En esta línea, entre los 18 y los 24 años, las personas se sienten dos años mayores que su edad real, lo que se relaciona con el impulso natural de querer ser independiente, adulto y tenido en cuenta, pero, entre los 25 y 34 años, la sensación cambia: a los 27 la persona se identifica con la edad que tiene para enseguida sentirse un año más joven. Entre los 35 y 44 la sensación aumenta a 5 años más joven; entre los 45 y 54 años la diferencia es 8 años. Entre 55 y 64 estamos ya con 11 años de diferencia y a partir de los 65 se llega hasta a sentirse 14 años más joven. Una explicación plausible es la de que, a pesar de que se cumplen años, las personas se ven con salud y ganas de seguir haciendo cosas, además del deseo de mantenerse con buen aspecto o, simplemente, hay quien se niega a envejecer.

Es los países desarrollados el envejecimiento acelerado de la población está acompañado por un aumento del deseo en las personas mayores de una calidad de vida acorde con lo que se ha tenido antes de la jubilación. No se trata solo de cumplir años, sino de que los años posteriores a la etapa laboral sean de calidad en todos los sentidos: de salud, de oferta de ocio, de oportunidades de participación…, es decir, que al dejar de hacer un trabajo remunerado, el tiempo que se libera suponga una oportunidad para hacer otras cosas: estudiar, apuntarse a un proyecto social, viajar, etc. Envejecimiento activo es un mantra que se repite en las diferentes administraciones, colectivos de personas mayores, residencias de la tercera edad… Hay un impulso por crear alternativas de convivencia que implican innovación como las unidades residenciales, compartir vivienda o la vida en el domicilio con un asistente, lo mismo que se llenan las aulas de mayores de las universidades o aumenta el número de voluntarios que una vez jubilados ofrecen sus conocimientos y tiempo a las más diversas ONG. Es importante señalar que, además del aumento del número de la personas mayores, es definitivo el dato de que quienes se están jubilando ahora no son los mismos a nivel de formación que los de hace 20 años. De hecho, es frecuente que un recién jubilado de 65 años tenga más en común en cuanto a su conocimiento de nuevas tecnologías, gustos y referentes culturales con una persona de 40 años que con otra de 80.

Nos sorprendemos afirmando cosas como «un joven de 35 años», cuando no hace tanto esa edad correspondía a adultos hechos y derechos que tenían ya varios hijos y vidas establecidas. La edad de maternidad se está retrasando y cuando una mujer tiene un hijo a los 23 años, la edad habitual hace solo unos años, el comentario es «¡tan joven y ya mamá». Este retraso que alarga la infancia, prolonga la adolescencia y retrasa la emancipación se va trasladando a lo largo del ciclo vital y, si además acompaña la salud y servicios sanitarios adecuados, la sensación de tener menos edad que la que marca en carné de identidad se hace natural. También parece ser que sentirse «joven de espíritu» es un actitud positiva que conlleva beneficios en la vida en general, no solo en las actividades e intereses, sino en las perspectivas vitales y en una ayuda para mantenerse en forma y cumplir años de manera el envejecimiento sea un fenómeno que obligue a adaptar ciertas actividades, pero no a prescindir de ellas.

La sociedad del futuro

El reto para los años venideros es cómo la sociedad en general afrontará que un sector de la población, cada vez mayor, exija servicios acorde a sus intereses. Se trata de que las instituciones tomen conciencia de que se debe cambiar la manera de afrontar el envejecimiento de la población, pues llegar a la tercera edad no implicará necesariamente una merma en la calidad de vida y, desde luego, será una exigencia que se procure que esta se mantenga. Se trata, pues, de que las personas mayores vean sus necesidades económicas cubiertas con un sistema de pensiones que elimine incertidumbres económicas y dé tranquilidad; que el sistema de salud disponga de unos servicios adecuados; que se creen los servicios sociales necesarios para las diversas realidades, lo que implica una oferta variada de atención y modelos de convivencia; y, sobre todo, lo fundamental es que la sociedad vea a las personas mayores como motores valiosos de aprendizaje y conocimiento, valore su experiencia y aproveche su energía y ganas de hacer cosas.

Si las personas de más de 65 años se sienten jóvenes y con ganas de vivir, crear e innovar, la sociedad en general tiene una increíble oportunidad que no debe desaprovechar. Tener la perspectiva de una esperanza de vida de más de 80 años y la sensación de que los años vividos son solo un datos en un papel es una gran oportunidad. Está en manos de todos aprovecharla y de fomentar que la energía que genera la vitalidad de sentirse bien y con ganas de ser alguien valioso, que aporta y disfruta de la vida, tenga la edad que tenga, nos acompañe siempre.

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