Soledad, la epidemia del siglo XXI

La mayoría de los que se sentían solos estaban casados y compartían vivienda con alguien.

Silvia Fesquet
Clarín
21/01/2018

Decía Nietzsche que “nadie aprende, nadie aspira, nadie enseña a soportar la soledad”. El concepto no sólo no ha perdido vigencia sino que perfectamente podría haber impulsado la inédita iniciativa de la primer ministro británica, Theresa May, al dar a conocer, el pasado miércoles, la creación del Ministerio de la Soledad. Al frente de tan particular organismo, la mandataria nombró a Tracey Couch, titular de Deportes y Sociedad Civil, que deberá vérselas con lo que algunos han denominado ya la epidemia de nuestro tiempo.

“Para demasiada gente, la soledad es la triste realidad de la vida moderna”, definió May, cuya decisión se basó sobre un estudio que elaboró una comisión legislativa presidida por Jo Cox, la diputada laborista asesinada poco antes del plebiscito sobre el Brexit, en junio de 2016. Entre otros datos, se consigna allí que hay en el país unas 200 mil personas mayores que no cruzaron palabra con un amigo o con un familiar a lo largo de un mes, y un total de 9 millones que siempre, o con frecuencia, se sienten solos.

Las dos parlamentarias encargadas del estudio, la laborista Rachel Reeves y la conservadora Seema Kennedy, recordaron las palabras de Cox advirtiendo que la soledad no discrimina, y afecta tanto a jóvenes como a ancianos. Lo que Cox manifestaba fue comprobado también por otras investigaciones. Semanas atrás, Jane Brody citaba, en una nota de The New York Times, las conclusiones a que habían llegado Julianne Holt-Lunstad y Timothy B. Smith, investigadores en Psicología en la Universidad Brigham Young. Por un lado, señalaban que “el aislamiento social denota pocas conexiones o interacciones sociales, mientras que la soledad implica una percepción subjetiva del aislamiento: la discrepancia entre el nivel de interacción social deseado y el real”, haciendo hincapié en la calidad de las relaciones en general y no sólo en su cantidad o en el hecho de tenerlas.

La aseveración se reforzaba a partir del análisis de setenta estudios, que incluyeron a 3,4 millones de personas: la conclusión fue que la soledad alcanzaba los valores más altos en adolescentes y adultos jóvenes para estabilizarse en la mediana edad y volver a subir en la vejez. El mismo artículo de Brody incluía una comprobación realizada en 2012 por Carla Perissinotto y su equipo de la Universidad de California en San Francisco: la mayoría de quienes manifestaban sentirse solos estaban casados, vivían con alguien y no sufrían depresión clínica.

Como quedó dicho, a determinadas edades, la cuestión se agudiza. El flagelo es universal: en Japón se alquilan amigos para sacarse fotos y subirlas a Instagram o personas para mantener una conversación y garantizarse un oído atento. Tiempo atrás, China sancionó la Ley de Protección de los Derechos y los Intereses de los Ancianos, que multaba e incluso podía llegar a demandar a los hijos que no visitaran regularmente a sus padres.

Más allá de las consecuencias físicas que la soledad crónica acarrea – aumento de los niveles de cortisol, la hormona del estrés; posible afectación del sistema inmune; deterioro cognitivo – que hizo que el tema empezara a tratarse en muchos lugares no como una cuestión social sino de salud, hay algunas otras preguntas que surgen: ¿Cómo es posible que en la sociedad de la hiperconectividad cada vez estemos más solos? ¿Por qué si todo nos queda apenas a un clic de distancia los demás, los otros, nos quedan en realidad tan lejos?

Nos comunicamos a diario, Internet y redes sociales mediante, con cientos o miles de personas en todo el mundo, pero al apagar el dispositivo que sea no hay nadie a nuestro lado. Valen las palabras de Erich Fromm: “Nacemos solos, morimos solos, y en el paréntesis la soledad es tan grande que necesitamos compartir la vida para olvidarlo”.

https://www.clarin.com/opinion/soledad-epidemia-siglo-xxi_0_HyhaI5fBM.html