El hechizo de amor de las parejas maduras

Conmovedora postal de un sentimiento que ha sobrevivido a todo y que todavía está dispuesto a extenderse para alcanzar lo mucho o lo poco que todavía haga falta.

Clarín
14.1.2018

Los une el amor y, en ocasiones, tal vez también lo haya hecho el espanto. Pero han sobrevivido a todo. Van caminando juntos, a la par, de la mano. Es él quien parece depender más de ella. Aunque lleva un bastón sobre la izquierda, la mujer es su punto de apoyo. Tal vez sea el literal y también el metafórico. Se desplazan con lentitud y, sobre todo, con mucho cuidado. Las veredas porteñas pueden ser impiadosas para sus piernas, fatigadas y temblorosas, que parecen pedir permiso y esbozar alguna duda, antes de animarse a pisar. Se detienen frente a una vidriera. No harán la compra ahora, sin embargo. Juntos, como siempre, reanudan la marcha. Quién sabe cuántas décadas de vida en común tienen transitadas. Si uno observa con atención sus gestos, sus movimientos, algún ademán inadvertido incluso, verá cómo se han ido mimetizando, cómo han ido fundiéndose uno en la otra, una en el otro, parte de ese entramado de sueños, rotos y cumplidos; de esperanzas, vanas y satisfechas; de insomnios compartidos, noches en vela, vigilias de sosiego, siestas alborotadas.

Esas manos que se entrelazan, entre la ternura y el sostén vital, alzaron hijos y acunaron nietos, arroparon en tardes de invierno, prepararon tisanas reparadoras, se agitaron, melancólicas, ante la separación momentánea de un viaje, enjugaron lágrimas, discaron un número de teléfono salvador, cocinaron manjares, escribieron promesas y siguen, hoy, dispuestas, en un irrevocable y tácito ida y vuelta, a extenderse para alcanzar lo mucho o lo poco que todavía haga falta.

Es siempre conmovedor el amor de las parejas maduras.

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