Algunos mitos actuales de la demencia en la tercera edad

Los mitos están en todas partes, y la tercera edad no se escapa de ellos. Si a eso sumamos la demencia, un tema que tanto asusta, puede hacer un cóctel explosivo. En la sociedad de la información y posverdad en la que vivimos nos hace vulnerables a todo tipo de informaciones que, repetidas el suficiente número de veces y con la seriedad precisa, se vuelven hechos irrefutables, sin más pruebas de «lo he leído en internet». De hecho, llamamos posverdad a lo que no hace mucho se llamaba directamente mentira, y como el ser humano es propenso a creerse las historias más extravagantes, el riesgo de que creencias y bulos se extiendan aumenta hasta extremos sorprendentes, pues lo mismo que se puede expandir una teoría sin fundamento, se puede extender la que sí lo tiene, pero que no se contrasta. Esto a veces produce efectos dramáticos, como el bulo de que la vacuna triple vírica provoca autismo, que todavía tiene muchos fanáticos defensores, aunque se haya demostrado que fue un estudio manipulado y falso y que al médico responsable se le haya expulsado de la profesión.

Publicado por Josep de Martí
septiembre 7, 2017

Cuando afecta a las personas mayores

Con las personas mayores y el proceso de envejecimiento también se dan, por desgracia, muchas ideas preconcebidas que redundan en una imagen poco afortunada de lo que es un proceso natural por el que todos debemos pasar. Estas ideas comunes se refieren a aspectos de la vida, como a restringir los intereses, a limitar las relaciones afectivas o a pensar en que las facultades físicas y mentales se resentirán de manera inevitable, para todos y de igual manera. Con respecto a esto último, debemos desterrar algunas ideas extendidas que estigmatizan a las personas mayores y no contribuyen a una mayor comprensión cuando se tiene en el entorno a alguien con una enfermedad neurodegenerativa asociada a la edad. La primera idea es que cuantos más años se cumplen, más probabilidades hay de desarrollar demencia. Esto es un hecho, pero no como una regla que se cumple siempre y de la misma manera.

La demencia en números

La demencia puede ser resultado de una enfermedad como el alzhéimer o de un accidente cerebrovascular, que hacen que se pierdan las habilidades cognitivas y funcionales y las dos circunstancias son radicalmente distintas, pues una es progresiva, mientras que la segunda sucede de manera abrupta, siendo además, en este último caso, recuperable en sus funciones a veces de manera total, parcial o irreversible. Los datos en nuestro país, según la Confederación Española de Alzhéimer, CEAFA (http://www.ceafa.es) indican que el 7 % de las personas de a partir de 65 años (tercera edad) tiene alzhéimer, enfermedad que supone el 70 % de las personas con algún tipo de demencia. Este índice se eleva a 50 % en personas mayores de 85 años. Estos datos indican de manera clara que llegar a esas edades no es sinónimo de perder facultades mentales de manera significativa. Aunque afecte a muchas personas, no afecta a todas, sino a una minoría que va aumentando, hasta llegar a la mitad a medida que se cumplen años.

Otra idea preconcebida es que es imposible reducir el riesgo de la demencia, que es algo inevitable y da igual lo que se haga. Pues bien, cada vez son más los estudios que indican que los hábitos de salud influyen para bien y para mal en todos los aspectos, incluidos los ligados a las demencias en edades avanzadas. De hecho, se calcula que el 30% de los casos de demencia en todo el mundo son el resultado del estilo de vida que se ha tenido a lo largo de los años. Factores como la diabetes, la obesidad, el tabaquismo, la falta de actividad física y la hipertensión arterial ayudan a desarrollar algunos tipos de demencia. En las últimas dos décadas, los estudios con personas mayores de los estados Unidos y Europa muestran que el riesgo individual de demencia ha caído, principalmente porque las personas mayores de hoy en día son más activos físicamente que las generaciones anteriores, aunque estadísticamente haya crecido el número de personas afectadas al aumentar la esperanza de vida. Hablando de ejercicio, no olvidemos que en la tercera edad también es fundamental ejercitar la memoria.

La tercera idea que conviene desterrar es que las enfermedades neurodegenerativas son hereditarias y eso es una fatalidad que no se puede soslayar. La demencia tardía, es decir, la que se produce después de los 65 años, está influenciada solo ligeramente por la genética. Existen nueve genes que aumentan o disminuyen el riesgo de desarrollar demencia, pero solo uno de ellos tiene influencia: la apolipoproteína E. Si se tiene una combinación de alelos E4E4, esto indica una probabilidad de 15 veces más de desarrollar algún problema mental que si se tiene una combinación E3E3. Es un porcentaje, no una certeza. Otros genes tienen un pequeño efecto un 20 %, de influir en ese diagnóstico. Otros factores son más relevantes: la obesidad puede aumentar la probabilidad de demencia hasta en un 60 % y el sedentarismo hasta el 80%. Es decir, aunque la genética tiene una parte de incidencia, influye más el estilo de vida, y eso, se puede modificar: el tabaquismo, el alcohol, el estrés, la hipertensión y la diabetes son hechos que podemos eliminar en los primeros y controlar en los segundos. También previene el deterioro cognitivo ejercitar nuestro cerebro y mantener una vida intelectual activa, con lecturas, curiosidad por aprender, la utilización de las nuevas tecnologías, hacer ejercicios que estimulen la capacidad de atención, la memoria o la concentración como los crucigramas, los sudokus, etc.

Por último, otra idea no muy afortunada y sí extendida es que si se tiene problemas de memoria, cuando se han cumplido 60 años o más, seguro que se padece alzhéimer u otro tipo de demencia. Pues bien, eso puede ser así, o no, y se debe ser muy cuidadoso a la hora de clasificar y dar por hecho algo tan grave. Efectos secundarios de medicamentos, algún hecho estresante, o la pérdidanatural que rapidez mental y reflejos debido a la edad que se tiene en algunas circunstancias, no son en sí mismos síntomas que deban estigmatizar a las personas.

En definitiva, la información contrastada y de fuentes científicas y contrastadas es la mejor manera de conocer y evitar alarmismos incensarios, por una parte, e identificar los problemas y prevenir, por otra.

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