Los años 60 y sus celebridades

El cineasta y escritor Jonas Mekas presenta sus diálogos con Pasolini, Sontag, Lennon y Ono, y sus defensas de Warhol, Burroughs y Cage.

04/08/2017 –
Clarin.com

En la última edición del provisorio Filmadrid, Jonas Mekas brindó una breve conferencia en la que se presentó indirectamente el magnífico Cuaderno de los sesenta. Escritos 1958-2010. En esa oportunidad, uno de los miembros de la mesa de presentación le preguntó sobre la razón de sus planos de breve duración y también sobre su predilección, después de sus dos filmes de ficción iniciales, por el collage fragmentario en vez de la concatenación de escenas en dirección a un relato integral.

Mekas respondió que le interesaba condensar la intensidad de un instante, de los breves episodios de la vida cotidiana; allí, eventualmente, fulguraban microrrelatos tan poderosos como los que se proponen como ficción. También adujo que la propia naturaleza de la cámara que utilizó en casi todas sus películas, la Bolex, lo instaba a un registro de lo efímero.

Su escritura no es diferente de su forma de filmar. Si bien Mekas no cultiva el aforismo, y por tanto afirma, argumenta, ejemplifica y concluye, el concepto general con el que agrupa los textos de Cuadernos de los sesenta es exactamente el mismo con el que organiza los fragmentos de sus películas. Hay textos críticos, diálogos desgrabados, diarios, cartas, notas mínimas acerca de temáticas diversas: literatura, teatro, música, cine, política… Algunos temas son inesperados, como los pasajes dedicados al arte culinario, como si todo lo que observa Mekas fuera un legítimo objeto de atención y meditación que pudiera ser trastocado, aquí por la palabra, en experiencia estética.

En efecto, si hay algo no del todo enunciado en el libro, pero que une su manifiesto pluralismo temático, es una forma de hacer experiencia de los estímulos, y en especial, de los que tienen que ver con todo aquello que se concibe como arte. Una melodía, una representación teatral, un párrafo o una imagen en movimiento modifican el centro perceptivo con el que se participa del mundo, y constituyen una posibilidad de intensificar estéticamente la experiencia.

He aquí un ejemplo: después de denostar amablemente una obra de Stockhausen en comparación con una pieza musical de John Cage (y también de La Monte Young) que escuchó en vivo, Mekas afirma: “Me quedé allí sentado, absolutamente suspendido, completamente atrapado por esos sonidos, al borde de mi asiento; sentí como si yo mismo fuese un instrumento sobre el cual él trabajaba… Estuve al borde de mi asiento durante dos horas, y ya no era el mismo hombre cuando me fui”.

Ese tipo de confesiones son reiteradas, y transparentan el lugar de enunciación de los escritos y la fuente de su origen. Se lee un libro, se mira una película, se asiste a un teatro con una motivación vital que no tiene nada que ver con el consumo espiritual y el pasatiempo ilustrado.

Una vida, un vitalista

Por cierto, ¿quién es Jonas Mekas? Para quien no haya conocido aún el placer de sus películas y sus escritos, vale recordar que nació en Lituania en 1922, escapó un poco después junto con su hermano de campos de trabajo nazi, terminó recalando en Nueva York y se convirtió en un gran intérprete y agente de la cultura más libertaria de esa ciudad. Cineasta independiente, poeta, creador de una imprescindible revista de crítica de cine (Film Culture), curador, fundador de cines e instituciones cinematográficas (Anthology Film Archives), y muchas cosas más. Es menester volver al libro.

Cuaderno de los sesenta está dividido azarosamente en 28 capítulos o apartados que no responden ni a una secuencia cronológica, ni tampoco a una agrupación conceptual. El título principal en sí alude a una época, pero hay textos fechados en 2010, 1997, 1985, más allá de que una gran mayoría han sido escritos y publicados en la década a la que remite el título.

Esto podría interpretarse como una imprecisión; lo es desde una exigencia lógica, no si se conjetura que estos escritos pertenecen a un espíritu de época del que Mekas fue una figura legendaria y seminal. Que en el libro se pondere a Allen Ginsberg, Andy Warhol y William Burroughs, que Pasolini, Sontag, Lennon y Ono, entre otros, sean los interlocutores en algunos de los diálogos transcriptos circunscribe el libro a una cierta sensibilidad y racionalidad rebelde de una época que Mekas habrá de identificar inicialmente como una especie de modernidad.

El vitalismo estético de Mekas se puede asir en toda su fuerza cuando se dedica a vindicar la literatura de Burroughs adjudicándole el honor de ser el primer escritor absolutamente moderno. La condición subjetiva del hombre moderno requiere que “uno debe mantenerse abierto, escuchar atentamente y jamás hacer concesiones: esta es la condición para ser absolumente moderno, lo cual significa estar absolutamente vivo”.

El vitalismo estético de Mekas puede parecer volátil y difuso, pero cuando se discute sobre una obra la pertinencia de las observaciones del cineasta son indesmentibles. Discute con Pasolini de igual a igual sobre la democratización técnica del cine. Las observaciones mutuas sobre una posible guerra civil en Estados Unidos pueden sonar delirantes a nuestros oídos contemporáneos, pero es evidente que ambos se habían percatado de una tensión cultural y política entre las fuerzas reaccionarias y libertarias en el seno de la sociedad estadounidense a fines de los 60, que si hubiera desembocado en una ideología revolucionaria el propio orden simbólico de ese país no habría podido soportar. Pero en Mekas lo político no se refiere a cuestiones de emancipación colectiva y reinvención del Estado, sino más bien a que este último no interceda en los experimentos individuales o grupales destinados a conquistar mayor libertad.

El intenso y revelador capítulo “Sobre la liberación, las artes y el imperialismo cultural”, en el que conversan Sontag, Landsbergis, Paik y desde luego Mekas, esclarece cómo se entiende la política en toda la obra de Mekas.

Lo más estimulante en materia cinematográfica se encuentra en los artículos que corresponden a la celebrada columna de Mekas en el Village Voice, algunas notas y cartas sobre y con Ken Jacobs, un breve ensayo sobre Maya Deren y varias cosas más que el lituano dice en distintos capítulos sobre Jack Smith. Quien espere hallar alguna revelación cinematográfica iluminadora en los segmentos en los que participa el genio de Peter Kubelka, más bien aprenderá a pensar una insólita relación filosófica con las comidas que excede las cuestiones dietéticas y alcanza incluso a servir como esbozo de una teoría estética evolutiva.

La gran sorpresa en lo que respecta al cine recae en algunos lúcidos pasajes en los que Mekas intercambia pareceres con la propia Susan Sontag en tanto cineasta, y asimismo en el profuso diálogo que mantiene con Lennon y Ono, en especial cuando examinan Fly y Legs, dos películas fascinantes de la pareja. Dice Mekas, dirigiéndose a Ono: “Me molestó un poco la reacción del público a la película Fly. De hecho, creo que reaccionaron más que nada hacia la banda sonora. Creo que pensaron que estabas intentando imitar los sonidos que hace la mosca, o algún tipo de Mosca Esencial. Por eso empezaron a emitir sonidos similares”. Ono le responde: “¿En serio?”. Mekas agrega: “Sí. Lo tengo grabado. Grabé la primera parte, cuando cantas. Eventualmente se rindieron, y se limitaron a observar. Pienso que tal vez el sonido avanzaba demasiado en paralelo a la imagen”. Entonces interviene Lennon: “Son dos líneas paralelas, eso es lo que pasa”.

La discusión se cierra cuando, casi en forma de chiste, Ono dice: “No está claro cuál acompaña a cuál, la película bien podría ser el acompañamiento de la música”. Parece un fragmento menor y casual, pero no lo es: lo más interesante de los diálogos con Lennon y Ono radica en que el cine es pensado a partir de su dimensión sonora, hecho poco habitual debido a la tendencia excesiva a asimilar el cine al orden visual.

Cuaderno de los sesenta es un libro al que se le entregará el corazón en pocos minutos. Sontag cuenta que su primer contacto con el filme No reconciliados de los Straub la afectó tanto que quiso besar la pantalla; es predecible que, del mismo modo, el lector desee besar las páginas del libro de Jonas Mekas a medida que avance con la lectura.

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