El amor de un abuelo y su primera nieta

Una historia tierna y sencilla: el escribano que se graduó como “El Rey del Biberón”.

25/08/2017 –
Clarin.com

Si el actor italiano Roberto Benigni pudiera ponerle un título, no dudaría.

Seguramente le pondría La vida es bella. No por su parentesco con la trama de la película en la que explicó el horror de los campos de concentración nazis desde el vínculo de amor intenso entre un padre y su hijo. Sino porque muestra la potencia del mayor de los sentimientos humanos en su luminosa intensidad. Esa ternura que no se mide ni se explica.

El escribano Juan Manuel Otero era por aquellos días lejanos del otoño de 2001, con el país al borde del precipicio, un abuelo primerizo, ansioso, cargado de sueños.

Ya se veía acompañando a la plaza a su nieta que estaba a punto de llegar, el día bautismal del Jardín, el primer día de clases con sus útiles ordenados y su cuaderno con hojas y hojas por llenar en el camino de la vida. También la entrevió en la danza ritual de los 15 años, quizá una ceremonia más de su época que de la que su nieta venía a inaugurar.

Hasta que el día llegó: Brisa vino al mundo el 17 de mayo de 2001 en la Maternidad Sardá.

Su madre, Luciana, sólo pudo verla unos instantes: inmediatamente a la beba la derivaron a la sala de terapia intensiva.

De pronto un bombazo emocional puso al abuelo contra la pared, con la guardia baja.

La flamante alegría le estalló en el pecho como una puñalada a traición. No tuvo tiempo ni de reaccionar.

Brisa había nacido con una cardiopatía que obligaba a una cirugía urgente y de alto riesgo. El diagnóstico fue coartación de aorta, lo que le impedía la normal circulación sanguínea con el consiguiente deterioro de su frágil cuerpito.

Desde su nacimiento, el abuelo-escribano apenas la había podido ver poco y a través del vidrio de una incubadora, su “hogar” durante el mes que llevó prepararla para la riesgosa cirugía.

Los médicos habían sido sinceros, con una sinceridad dolorosa y de a ratos compasiva: “Su frágil organismo no está en condiciones normales de soportar la cirugía, pero haremos lo posible, porque si no la operamos…” .

La familia había escuchado. Los doctores habían hablado con la tristeza de una verdad posible: el cuerpito de Brisa, cuando apenas llegaba al mes de vida, podría quedarse para siempre allí, en el quirófano, con sus sueños sin estrenar, rotos por una mueca amarga del destino.

A Brisa la trasladaron al Hospital de Niños una noche lluviosa.

Uno de los sublimes poetas del tango, Enrique Cadícamo, hubiese prestado para la escena alguno de sus versos memorables: “Garúa, tristeza, si hasta el Cielo se ha puesto a llorar…”.

El abuelo-escribano, tanguero, sensible, ni siquiera hoy recuerda si preguntaba por qué. Ni a quién.

Esos pensamientos confusos lo acompañaron en la escolta de la ambulancia hasta el destino.

En ese caso el destino era mucho más que un lugar prefijado. Era el preludio del encuentro de Brisa con la vida.

Como si alguien que nadie veía, pero estaba allí, los estuviese presentando. Y pegaron onda de entrada, porque Brisa destrozó todos los pronósticos agoreros y las leyes de la medicina.

Fue más fuerte que todo y ayudada por la destreza de los médicos del Hospital de Niños logró sobrevivir.

El día de la operación el flamante abuelo no tuvo coraje para pisar el hospital. Se quedó en su casa, tirado en la cama, con las ilusiones quebradas en espera de la noticia milagrosa que reparara tanta angustia.

En los días siguientes, a medida que Brisa, ya un vientito fresco y bienvenido, iba mejorando, el escribano Otero se olvidó de su oficina, delegó las tareas y montó guardia como un centinela en celo en la habitación de la beba.

No se quiso mover de allí. Y tuvo una recompensa a los amargos momentos que había vivido.

Un día, su hija Luciana, la mamá de Brisa, tuvo que salir por un momento justo cuando una enfermera entró en la habitación y urgió al escribano: “Vamos, abuelo, la beba tiene hambre y los médicos ya le autorizaron la primera mamadera, así que désela usted”.

​Hombre ducho en cuestiones notariales y en “dar fe” sobre asuntos de terceros, estaba allí, cara a cara con esa nieta que tanto había esperado y tenía que darle de comer.

Nunca olvidó aquel momento -y jura que jamás lo hará- cuando vio a Brisa succionar la vida con una energía que lo puso al borde de las lágrimas. Fue tanta su alegría que contó la experiencia en una carta a Clarín.

Y en las páginas dominicales de lectores lo bautizaron “El Rey del Biberón”.

Aún hoy sus amigos de siempre, con quienes aprendió el arte de sumar años al oficio de vivir, lo llaman de esa manera.

Desde ese momento, el abuelo-escribano fue compartiendo con los lectores las novedades de Brisa, su primera nieta. Como si fuese un diario de vida. Que lo es.

Luego “El Rey del Biberón” les dio la bienvenida a 2 nietos más: Selene -hermana de Brisa- y a su primo Jorgito, hijo de María Francisca, su otra hija.

Pero aquella experiencia primeriza fue para él uno de esos momentos en que la vida nos pone a prueba para saber cuánto y cómo podemos dar.

Hasta dónde somos capaces de vivirla como sea.

El escribano Otero es un agradecido al hospital público y a la excelencia de sus médicos, que hicieron de Brisa una adolescente sana, aunque cada tanto hacer saber su enojo cuando en los controles anuales de la nieta observa la precariedad de las instalaciones y del instrumental con que a veces se desenvuelven los profesionales.

No olvida que fue allí donde la vida de Brisa torció un destino que no era el mejor. Por eso reclama a las autoridades, no ya por su nieta curada sino por todas las Brisas a quienes hay que permitirles andar los caminos de la vida cada nueva mañana.

Hoy “su” Brisa ya cumplió 16 años, está en cuarto año de bachillerato con excelentes notas, es hincha de Boca como su abuelo y además estudia teatro en una escuela de San Telmo. Para sus 15 no hubo valses ni fiesta sino un viaje a Londres con compañeros de la escuela para perfeccionar su inglés y conocer mundo.

La vida llevó por fin a una tregua al escribano que trabajaba sin parar.

Ya jubilado, se dedica, feliz, a malcriar nietos con su esposa María del Carmen Romero.

Es un abuelazo hecho y derecho que agradece al Cielo la bendición de sus nietos, que no deja de ponderar al hospital público y a los médicos que hicieron el milagro, en algo que se pareció a un acuerdo puertas adentro del quirófano entre los cirujanos, la ciencia y alguien que, una vez más, nadie pudo precisar de quién se trataba, pero todos coinciden en asegurar que notaron su presencia.

Parece un cuento tierno y puro, tan puro que es cierto. A veces, la vida es así. Definitivamente bella.

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