María y José, una vida de amor juntos

“La receta es saber que si uno se enoja, el otro debe tener paciencia. Si no, sonamos”

En la juventud, el deseo les salía por la mirada. Cuando eran novios a José le daban sólo tres minutos para despedirse de ella a solas. Luego, llegó un período de más calma pero de similar afecto.

15/07/2017 – Clarin.com

José y María. María y José. Pero no es un pesebre, es una casa en San Martín, el primer cordón que aprieta el centro de la gran ciudad de Buenos Aires. Sin embargo, esa casa es también el escenario de un milagro: hace sesenta años que María y José están enamorados. Cualquiera podría objetar que se trata de un milagro modesto, pero si los vieran cuando les cae el sol del mediodía en ese patio en el que criaron hijos y nietos, encontrarían que también ellos están coronados por una aureola, por un disco de luz extraña: la del amor.

¿Cuál es el truco? Dudan. Sonríen y cambian de tema. Elogian el clima. María Luisa Parolin acaba de cumplir ochenta. José Zurlo tiene dos más. La gente los mira pasar de la mano como se mira desde las butacas a los magos en los escenarios: buscando el giro en falso, el instante que revele el procedimiento detrás del holograma.

Nunca se les ocurrió separarse. Son décadas ininterrumpidas de estar uno al lado del otro; una proeza anacrónica que no parece sorprenderlos, o al menos algo por lo que no se les ocurriría darse crédito. Y eso que José sí que se sabe vanagloriar: festeja su colección de cactus, la prolijidad de su jardín delantero. En el comedor cuelgan de las paredes los premios que ganó jugando al tenis y algunos de los inventos con materiales reciclados que arma en el cuartito del fondo, con los que compitió en los torneos bonaerenses.

En el living hay una gran fotografía enmarcada de dos jóvenes en un camino de tierra, de espaldas a las montañas. Son ellos en Bariloche, en su luna de miel. En la foto, él la toma por el talle. Parecen indelebles. “Cuando nosotros nos casamos teníamos veinte años y mucha pasión. La pasión se va muriendo, pero el amor persiste”, dice José mientras mira al que fue.

Venía de una difícil cuando le llegó el rayo del amor. Hijo único de inmigrantes italianos, se había quedado sin papá a los catorce y había tenido que dejar la escuela industrial y salir a trabajar para ayudar a su mamá, que lavaba ropa para afuera. A ella la perdió poco tiempo después. “No tenía a nadie”, dice. Era un adolescente cuando se quedó solo en esa casa grande y huesuda en la que habían sido una familia completa alguna vez. Tuvo que aprender a cocinar. Tuvo que aprender a plancharse las camisas para ir a la milonga con sus amigos, que le daban aliento.

Mientras tanto, María se estiraba a algunas cuadras de ahí y llegaba, con trece, a ser tan alta como lo es hoy. Única hija mujer, también sus padres habían bajado de un barco, con cinco hijos italianos a los que se les sumarían otros tres. María pasó la infancia como pupila: “Mi mamá me decía que si me hacía monja, ella iba a ser feliz”. Pero ese destino no le interesaba: “Yo me quería casar y tener hijos”. Aunque ya lo había confesado, no la dejaban ir a bailar ni tenía novios.

¿Cuándo fue la primera vez que María y José se miraron distinto en las cuadras de su barrio? No se acuerdan, pero tiene que haber sido después de que José le pidiera a María que le hiciera pata con una amiga suya, Elba. Tiene que haber sido después de que María aprovechase su altura para arrancar la flor más entera de un árbol y se la ofreciera a José para que se la llevara a Elba esa tarde. “Creo que me gusta más la flaca”, recuerda José que le dijo un tiempo después a un amigo muy petiso que tenía, Tito, que todavía hoy vive a la vuelta. “Y dale, tirate, es buena chica. Para mí es muy alta”.

“¿A vos te dijo algo José?”, le preguntó la mamá a María una tarde. “Sí. Me preguntó si quería salir con él”. No le dijo que ya se habían besado detrás de una ligustrina, una mañana, mientras ella iba a hacer los mandados. No le dijo que José se levantaba una hora antes para alcanzarla en las veredas de camino al trabajo, con lo que le costaba madrugar. “Había que tener coraje para invitar a María”, calcula ahora. Pero el amor por esos años jóvenes era un frenesí, una electricidad descomunal que no lo dejaba dormir.

Juntó valor y se presentó ante el padre, para pedirle permiso. Resultó ser un hombre tranquilo que le dio su bendición en piyama. Ellos tantos y él sin nadie; recuerda la mesa kilométrica del comedor en el que lo recibían como visita, la madre presente. A la novia le dieron bordados para mantenerle las manos ocupadas. Al muchacho le daban tres minutos para despedirse en la puerta, y las ganas de besarla más se convertían en bronca mientras cruzaba el pasillo hasta la calle. “Amor es cuando el deseo de ser deseado te agarra tan fuerte que sentís que te podrías morir de eso”, creía el pintor Henri-Toulouse Lautrec.

¿Cómo extender esos segundos en el cielo? Por entonces, no quedaba otro camino: casarse. “Ahora las cosas son distintas. No digo que sean mejores, no digo que sean peores. Son distintas”, calibra José, y recuerda que trabajó, trabajó y trabajó hasta juntar lo suficiente. Incluso vendió la moto para comprar materiales de construcción. Su ejército de cuñados lo ayudó a levantar más paredes, a agrandar la casa para que fuera otra, para que fuera la de los dos.

Era diciembre cuando María se casó de celeste. A José el blanco le parecía un color demasiado refulgente para una fiesta que sus padres no podrían presenciar. Pero la felicidad es ostentosa por naturaleza, porque es muy difícil de disimular y en un mundo tan áspero todos saben que es un lujo. La felicidad era eso que flotaba con ellos cuando iban camino al hotel en su noche de bodas, cuando tomaron por primera vez en su vida un ascensor para llegar a su habitación. Cuando el ascensor se detuvo y José entró en pánico, encerrado en esa máquina novedosa, y María lo acarició con dulzura y se serenaron a los besos. Cuando no pudieron discriminar si lo que reanudaba la subida era el ascensor o sus corazones.

Después de la luna de miel, entraron a la casa como quien entra a un país nuevo y ansiado. Fue María quien eligió los muebles. Los placares, las sillas, las mesas. La cama que todavía los recibe cada noche. El hogar tardaría poco en colmarse: a los dos meses de casados ya estaban esperando a su hija, Norma. Se pasaron esas primeras semanas concubinas espiando por la persiana a los vecinos que jugaban al carnaval, sin ninguna gana de salir del tibio escondite en el que se reconocían. María conserva todavía la costumbre de pispear así; una picardía que rememora la de esa pareja bullente que supieron ser.

“Estábamos tan felices de ser padres que nos peleábamos por llevarla a upa”, recuerda José de sus primeros días como padre. Con una nueva integrante en la familia, tocaba repartir tareas: él salía temprano y en casa quedaba ella, que lo esperaba con la comida. María dice que nunca quiso trabajar afuera, que siempre prefirió encargarse de las tareas domésticas. La cocina era su reino, y no aceptaba visitas. “Él llegaba tarde y cansado, y cuando me veía me preguntaba, ¿para qué te arreglaste tanto? ¡Para vos!, le decía yo”.

“¡Éramos dos chicos!”, dice José, como si pudiera verse en el cine de su memoria. Tan inocentes que la realidad los descolocó cuando perdieron el siguiente embarazo, y cuando con tan solo siete días de vida su segunda hija, Claudia, falleció en el hospital. Ese sábado en la morgue se negaron a darle el cuerpo hasta el lunes siguiente y José –que por acompañar a un vecino en una situación similar sabía lo que una autopsia podía hacer en la última imagen que un padre tiene de un hijo muerto– no lo dudó: “A mi hija no me la van a abrir”. Se la llevó en brazos y la conservó hasta enterrarla. “Ahí vas aprendiendo en la vida. Te vas dando cuenta de que no es todo fácil. Que una pareja es también acompañarse cuando las cosas se ponen duras”. Hubo todavía otro embarazo perdido. Si hubiese sido por él, los intentos terminaban ahí: no podía soportar la idea de que a María le pudiese pasar algo.

Pero María estaba resuelta, y llegó Sergio. El amor era ahora una casa llena, los guardapolvos limpios, las vacaciones en San Clemente, la fiesta de quince de Norma en el patio. “Convivir no es simple, ponerse de acuerdo no es simple. Lo que pasa es que uno tiene que aceptar al otro. Entenderlo. Saber que no siempre se puede ganar, que una pareja es aflojar un poco de un lado y un poco del otro. Si uno se enoja, el otro tiene que dejarlo estar un poco. Si se enojan los dos a la vez, sonamos”, desliza José, como un cocinero celoso que confiesa por la mitad sus recetas. “Paciencia”, resume María. “Hay que tenerse paciencia”.

Cuando Norma se casó, y al poco tiempo Sergio hizo lo propio, la casa comenzó a agigantarse. Las paredes parecían estirarse hacia el cielo y los cuartos revelaban sus ecos. José, que ya la había vivido solo, no lo sintió tanto; pero sí María, acostumbrada a los familiones. “Qué silencio”, dijo la primera mañana después de eso. Pero es sobre el silencio, también, que se funda la música.

Como en un segundo noviazgo, María y José se volvieron a encontrar bajo ese techo. Pronto llegaron los nietos, destinatarios de un amor nuevo, y la espera de los domingos y los asados, que se suceden desde entonces. Los consejos que antes les daban a sus hijos ahora los reciben ellos. En cuanto a las parejas, siempre es el mismo: “Quiéranse mucho”.

Ahora suena el teléfono del comedor y José se levanta atenderlo. María lo mira ir como si se alejara de ella por primera vez. Cuando vuelve a sentarse, le acaricia el hombro. Hay un hilo invisible que los une, un hilo corto que no soportaría demasiada distancia. “Cuando éramos jóvenes, él siempre me decía: María, hay que disfrutarlo todo porque me voy a morir joven como mi papá”. Tan equivocado estaba que casi lo duplica en edad por estos días.

Ella pasa las fotos sobre la mesa redonda del comedor como si en cada una pudiese hundir un dedo y saborearla. Se los ve en las playas de Brasil, en las termas de Río Hondo, en El Calafate. El primer viaje se lo regalaron sus hijos cuando se jubilaron. Fue a Salta. María y José bajaron de un colectivo en la plaza central y se toparon con una aparición. La iglesia de ese lugar era una réplica idéntica a la iglesia en donde se habían casado, en San Martín. La vida juntos se cristalizó de golpe en una sola visión. En esa extraña coincidencia, sus votos se vieron renovados y lo celebraron en el tren de las nubes.

La edad trajo otra velocidad y otros modos de acompañarse. Cuando se llevaron a María al hospital para internarla y sacarle un tumor en el intestino, se decidió que lo mejor era que José se quedara en la casa y Norma la cuidara a la noche. Él estaba atontado por el miedo, como un animal que desconoce el terreno. La mirada perdida, colgando de sus ojos celestes, no tenía a quién dirigirse. ¿Eso también era el amor? ¿Ese terror indecible? ¿O es lo que sintió cuando la vio volver, bajar del auto de su hija, pispeando por la persiana como en los carnavales?

Ahora cocina José, cuida la casa José. María se deja mimar. A veces se encarga de los platos sucios mientras él completa crucigramas. “No hay problema, si yo aprendí a hacerlo cuando estuve solo acá”. Ella sonríe y dice que si volviera atrás, haría todo de nuevo así como lo hizo. “¡Pero si no sabés cómo hubiera sido con otro hombre, quizás te tocaba uno mejor que yo!”, la reta. “A mí no me importa”, responde, y parece de nuevo una nena.

“Para mí no tiene explicación. Cuando te enamorás, te enamorás”, dice José. Después cambia de tema, elogia el clima. Una vez le regaló a María una pulsera de oro que tenía por dije una llavecita con la leyenda “amor eterno”. Un buen día, lavando la ropa, a María se le perdió. Son cosas sin importancia, dicen. “Somos felices igual”.

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