El ironman más viejo de Colombia

Tiene 74 años, pero no se resigna a ser un pensionado más. En vez de eso, se dedica a correr, a pedalear y a nadar mejor que un joven de 20. Después de ganar su categoría en el Ironman 70.3 de Cartagena, se prepara para su próximo reto: el Mundial. Y todo apunta a que se lo ganará.

Por Efraín Delgado
www.soho.com

Soy modelo 43, aunque el animador que estaba en la tarima cuando recibí el trofeo del Ironman 70.3 de Cartagena, por haber sido primero en mi categoría, se negaba a creerme. Me abría los ojos y me repetía: “No puede ser, usted no puede tener esa edad”. Y todo el mundo se reía, la situación les debía parecer inverosímil.

Pero sí, lo crean o no, tengo 74 años, participo en competencias de triatlón y en septiembre 10 de este año competiré en el campeonato mundial IronMan 70.3 en Chattanooga, Tennessee, en representación de Colombia.

¿Cómo llegué hasta este punto? ¿Cómo me convertí en un hombre pensionado que sobrevive sin problema a nadar 2 kilómetros, pedalear 90 y correr 21 más? ¿Cómo he logrado hacer más de siete horas seguidas de deporte de alto rendimiento para después recibir una copa al lado de mi nieto, Sebastián, que es el motor de mi vida? Ya les contaré. Pero empecemos por el principio.

En 1990, Delgado compitio´ en el triatlo´n de San Andre´s. Justo volvio´ al deporte de alto rendimiento en esa competencia, hace un par de años.

Siempre he sido deportista y practico el atletismo desde muy pequeño. Nací en Soatá, un pueblito de unos 5000 habitantes en el norte de Boyacá. Como todos saben, Boyacá es tierra de grandes deportistas, por lo que todo el mundo me dice, cuando se entera de que nací allá: “Ah, claro, si es atleta tenía que ser boyaco…”.

Jugué basquetbol en los años sesenta, cuando estuve en la Universidad La Gran Colombia de Bogotá, donde estudiaba Negocios Internacionales gracias a una beca que en esos tiempos daba la Contraloría. Pero las cosas cambiaron y no solo me pasé a estudiar Contaduría Pública, sino que volví al atletismo: me dediqué a las carreras de 1500 metros. Competí con los más grandes de ese deporte —desde Víctor Mora, quien se ganó varias veces la carrera de San Silvestre, hasta Domingo Tibaduiza, que se llevó la maratón de Berlín en 1986—, pero nunca llegué a figurar. Lo mío era mantenerme activo, mejorar mis registros, hacer deporte. (Las cicatrices que esconden los deportistas colombianos)

Oí hablar por primera vez del triatlón en los años ochenta y ahí mismo me sonó. En ese momento, estaba buscando un deporte individual, de largo aliento, exigente, y ese me pareció perfecto. Lo único es que no era —no soy— un gran nadador, no tenía una buena técnica, lo que me trajo problemas en mi primera competencia.

Fue en Prado, Tolima. Había que nadar 1500 metros en la represa y, después, salir a recorrer 40 kilómetros en bicicleta y trotar 10 más alrededor del agua. Mejor dicho, era un triatlón con distancia olímpica. El caso es que los jueces no querían dejarme competir, pues temían que me ahogara. Yo les decía que tranquilos, que lo lograría, pero se negaban. Por fortuna, apareció Carlos Julio Chaparro, con quien yo había estudiado en el colegio. Él era, además de un excelente triatleta, el presidente de la organización que regulaba el triatlón en Colombia —aunque en ese momento era apenas un intento de federación—. Chaparro, quien si no me equivoco terminaría ganando la carrera, dio fe de que no me iba a ahogar y, sin pensarlo, me lancé al agua con los otros participantes, que eran como 100.

En los años ochenta, Delgado corría más de diez triatlones por año. Fue el primer colombiano en representar al país en un Mundial de ese deporte, en Florida.

Y me fue divinamente. Aunque acepto que apenas me metí al agua pensé “de acá no salgo”, salí sin contratiempos y con la alegría de mi familia de ver que lo había logrado, que no me había quedado en la mitad del camino. Desde ese momento, solo vinieron cosas buenas.

En los años ochenta, Delgado corría más de diez triatlones por año. Fue el primer colombiano en representar al país en un Mundial de ese deporte, en Florida.

Y me fue divinamente. Aunque acepto que apenas me metí al agua pensé “de acá no salgo”, salí sin contratiempos y con la alegría de mi familia de ver que lo había logrado, que no me había quedado en la mitad del camino. Desde ese momento, solo vinieron cosas buenas.

Mi esposa y mis hijos, que no tenían más de 10 años, me acompañaban a todos lados. Yo les ponía uniformes de competición, como los míos, y salíamos en bicicleta o a correr. Con mis hijos alcancé incluso a estar en la misma carrera, en Paipa, ellos en la categoría infantil y yo, claro, en la de mayores.

Por esa época, trabajaba en una empresa de flores y me tocaba viajar mucho. Así que siempre que cogía un avión, empacaba mis tenis y mi vestido de baño, para no perder la forma. Y cuando estaba en Bogotá, donde vivíamos, me levantaba a las 4:00 de la mañana, trotaba, montaba en bicicleta y llegaba a bañarme a la oficina, donde todo el mundo sabía a lo que me dedicaba en mis ratos libres. Y por la noche, a nadar. Era una rutina fuerte, que hacía sin entrenador ni un plan muy profesional. Simplemente exigía mi cuerpo al límite, a lo boyaco, pero valía la pena.

Dejé de competir en 2000, cuando la empresa para la que trabajaba tuvo muchos cambios y yo decidí abrir mi propia compañía. Tenía casi 60 años y le dediqué toda mi energía al trabajo y a la familia. Además, había pasado más de dos décadas compitiendo unas diez veces al año, creo que estuve en unas 200 carreras. Era hora de un descanso.

Mis hijos también pararon de correr por esa época, cuando entraron a la universidad, lo que hizo más fácil mi decisión. Y, para completar el panorama, unos años más tarde decidimos con mi señora que queríamos una vida más tranquila, al frente del mar, y terminamos en Cartagena, donde me dediqué al deporte, pero de una manera totalmente recreativa: salía en la bicicleta de montaña y daba paseos tranquilos o nadaba un rato en la piscina del edificio.

La verdad, nunca pensé que volvería a las pistas, como dicen. Todavía me cuesta creer que lo hice. Fue hace como dos años. Mi hijo Nicolás, que había vuelto a entrenar y ya estaba compitiendo en Ironman, me sugirió que fuéramos al triatlón de San Andrés, que tiene distancia olímpica. Al principio me pareció una locura —ya tenía 71 años—, pero terminé aceptando.

Es cierto que no había dejado de hacer deporte, pero una cosa es hacer algo de ejercicio y otra, entrenar en serio. Además, fui con una bicicleta de hace veintipico de años, tal vez la más antigua de todas las que había ese fin de semana en San Andrés. Sin embargo, me volví a meter al mar —y tampoco me ahogué, como muchos temían—, volví a pedalear, volví a correr… y volví al podio: fui el segundo en mi categoría, la de mayores de 60.

Ahí fue cuando surgió la idea de competir en el Ironman de Cartagena. Repito: 2 kilómetros en el mar, 90 en la bicicleta y 21 al trote, a los 73 años… complicado. Por eso, me tocó empezar a entrenar durísimo. Desde entonces, me levanto a las 4:00 de la mañana y varío el ejercicio: hay días que corro 13 o 14 kilómetros y después nado 2200 metros; a veces hago una vuelta en bicicleta de 90 kilómetros —los domingos es de 120—; y hay ocasiones en que solo nado… eso sí, siempre subo los siete pisos de mi edificio por las escaleras.

Mis hijos me dicen que coma más sano, pero a esta edad ya no estoy dispuesto a cambiar mi dieta del todo. Ahora desayuno avena y no compro gaseosas sino batidos de proteína, pero no soy tan exigente, quiero comer lo que me gusta: un heladito de vez en cuando, arequipe…

Y llegó el anhelado Ironman, para el que tanto había entrenado. Mi categoría, la de mayores de 70, tenía tres competidores, y solo el primero iba al Mundial, que será el 10 de septiembre en Chattanooga, Tennessee.

El caso es que mi competidor más temido era un brasileño de apellido Britto, que tenía mejores registros que yo. Para ser sincero, creí que me iba a ganar, pero igual yo iba a darlo todo. Sabía que mi fuerte era el atletismo y ahí es donde pensaba dar la batalla. Sin embargo, cuando salí de nadar y llegué a las bicicletas, vi que la suya seguía ahí, lo cual era una buena señal. Después, a la hora de trotar, no lo vi ni por las curvas. Y eso que desde el kilómetro 12 tuve unos calambres en los dedos de los pies que me mataban al pisar. Incluso me obligaron a caminar en algún punto. Yo no paraba de repetirme: “Tengo que terminar, tengo que terminar, tengo que terminar…”.

Y terminé. Tal vez fueron los gritos de mi nieto de 2 años, que me daba ánimos cerca de la meta. Con él subí a la tarima, donde estaba el animador incrédulo que se negaba a creer mi edad y que me informó que Britto no había terminado, por lo que tenía un cupo para el Mundial. Yo dudé en aceptarlo, pero mis hijos de una me dijeron que tenía que ir. Y así lo haré. Y lo daré todo. Y trataré de volver al podio. Y no me ahogaré, así muchos duden de este Ironman de 74 años que se tirará al agua por enésima vez.

http://www.soho.co/historias/articulo/ironman-mas-viejo-de-colombia-cronica-de-la-revista-soho/49121