El amor que guardó un secreto durante 60 años

Una mínima historia de dos lectores de Clarín que refleja el triunfo del amor sobre el tiempo
14.7.2017

Cuando él la vio, la tierra tembló bajo sus pies y el corazón se le disparó con la taquicardia de los amores súbitos. Fue hace 60 años y el hombre supo al instante que se había enamorado para siempre de esa jovencita de piernas larguísimas, que sostenían una figura esbelta con cierto aire adolescente, y coronaban en unos ojazos verde agua, que lo encandilaron como en un fulminante hechizo de amor.

La vida tiene esas cosas que a veces la ficción no puede ni siquiera imaginar. El se llama Enrique Epstein y ella Enriqueta Lerman, como si el destino les hubiese reservado nombres premonitorios de los tiempos que compartirían hasta los días que corren.

Enrique era por entonces un joven viajante de comercio, que recorría el país con su jefe en dos colectivos medio destartalados para vender repuestos de autos. Era mayo y era 1956. Y el 9 de diciembre Enrique y Enriqueta ya se estaban casando. Así nomás. Pero un secreto, que Enrique recién se anima a contar hoy, 60 años después, hizo posible que la historia de amor prosperara.

El secreto de la pareja
Enriqueta era la sobrina de José, el jefe de Enrique, quien había pensado en ella para el hermano de su empleado, no para él. Perspicaz, como si el amor fuera parte de una guerra sórdida y permitida, Enrique, siete años menor que su hermano, apostó a conocerla primero y gambeteó con maestría de paciente artesano aquel encuentro de su hermano con esa mujer que lo había matado de amor con sólo una mirada.

Es que cuando la vio, primorosa, un hada terrenal, Enrique pensó “es una bomba, esta mina es mía, qué hermano ni qué hermano”. No dio para la tragedia de Caín y Abel, pero sí para la prudencia de un discreto ocultamiento que pronto se volvió secreto de amor inviolable. Es más: su hermano jamás supo que él era el candidato previsto para Enriqueta. Fue tal el encantamiento que Enrique pidió allí mismo un almanaque y le disparó sin anestesia. “Nos casamos el 9 de diciembre, ¿te parece?”. Ella se largó a reír, pero él corrigió lo que parecía una travesura de juventud y dobló la apuesta: “Mirá que yo siempre cumplo con mi palabra”.

Como era hábito en la época, primero se comprometieron. Algo así como “la previa” del casamiento, el paso anterior a declinar cualquier arrepentimiento. El siguió con sus excursiones comerciales y desde donde estuviera le escribía todos los días una carta a su amada. Un romance en tiempos de ausencia de Internet. Caligrafía a mano alzada, casi una historia de amor digna de Shakespeare, sin Montescos ni Capuletos, pero con un hermano que nunca supo su condición de frustrado aspirante a esa belleza a punto de caramelo.

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El amor imprevisto y veloz le dio energía a la pareja y juntos se lanzaron por las rutas.
Eran tiempos de transportes modestos y lentos, rutas precarias y comunicaciones defectuosas. En los hoteles había teléfono con manija, se hablaba por medio de operadora y entre la solicitud y la llamada podían transcurrir hasta 10 horas. El amor imprevisto y veloz le dio energía a la pareja y juntos se lanzaron por las rutas del país. Enrique era diestro en sus habilidades de comerciante y Enriqueta sumaba su encanto. Eran la pareja ideal. La economía del país los subió y los bajó del podio de los vendedores estrella varias veces. Tuvieron rencillas menores y crisis no tan pequeñas, como todo matrimonio prolongado. La vida les dio un hijo y les quitó otro. Hoy, a los 88 de él y a los 85 de ella, disfrutan de dos nietas adolescentes.

“La beso y la mimo como el primer día”, cuenta Enrique, tan enamorado como cuando la conoció. La mira con esa ternura que, uno imagina, salía rauda de los ojos de Florentino Ariza y Fermina Daza, tal cual describió Gabriel García Márquez a esos enamorados perpetuos en “El amor en los tiempos del cólera”.

En el epílogo de ese bellísimo romance de décadas, ambos navegaban en una canoa por las aguas de la vida, en la que iban y venían hacia la eternidad.

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