Entre la violencia cotidiana y la indiferencia

Silvia Fesquet
Clarin 3.6.2017

El profesional que debe extender una receta, indicando un estudio médico, y se olvida de incluir precisiones elementales para poder llevarlo a cabo. Los empleados de un servicio público que informan a medias acerca de los requerimientos necesarios para iniciar un trámite, obligando a llevar uno a uno los formularios imprescindibles que ellos se olvidaron de pedir, haciéndole perder al sufrido ciudadano energía, tiempo y dinero por culpa de la indolencia ajena. El chofer de colectivo que con un ojo atiende el tránsito y con el otro relojea los mensajitos que llegan a su celular, inconsciente de su responsabilidad por los hombres, mujeres y chicos que lleva a bordo. El peatón que cruza la calle mal y hablando por teléfono, despreocupado, poniendo en riesgo no sólo su vida sino la de los automovilistas que deberán hacer maniobras desesperadas para esquivarlo. Las adolescentes que caminan apuradas, mochilas y bolsos a cuestas, llevando por delante lo que venga -madres con bebés, señoras mayores de precaria estabilidad, hombres con bastón- sin pedir ni permiso ni disculpas. La secretaria encargada de dar turnos a los pacientes que llega cuarenta minutos después de su hora de ingreso y encima maltrata a quienes se agolpan en una cola de hospital desde la madrugada, a despecho del frío, la lluvia y la distancia recorrida para llegar hasta allí. Jubilados bajo un sol inclemente esperando poder cobrar su jubilación, como si fuera una limosna y no un derecho después de décadas de trabajo…

Pueden parecer situaciones menores, casi irrelevantes de tan cotidianas. Así, casi impasibles, como anestesiados, asistimos o protagonizamos día tras día episodios de maltrato, destrato, o indiferencia, que afectan a todos, “democráticamente”, sin distingos ni diferencias etarias, socioeconómicas, religiosas, geográficas, ni de ninguna otra especie. El prójimo, ese otro parecido o diferente, pero tan humano como nosotros, con idénticos deberes y derechos, necesidades, angustias, sueños y esperanzas, parece no importarnos ya. La solidaridad y la empatía que se ponen en marcha ante situaciones de catástrofe como una inundación o un sismo, no encuentran un correlato una vez que la emergencia ha cesado. El egoísmo por un lado, la indiferencia por el otro, y el efecto anestésico que los diversos grados de violencia a que nos vemos sometidos a diario generan, parecen ser hoy el leit motiv que marca el ritmo de nuestras jornadas. Cierto es que lo descripto más arriba constituye, de todos modos, apenas una muestra de lo que algunos caracterizan ya como una suerte de mal universal que se abate impiadoso sobre este mundo que habitamos. A las situaciones citadas se suman otras más crueles, más aberrantes, producidas a gran escala, que son también naturalizadas y a las que da la impresión de que asistimos pasivamente, con indolencia. Lo peor que tiene el escándalo, decía Simone de Beauvoir, es que uno termina por acostumbrarse.

La insensibilidad al sufrimiento humano es una de las manifestaciones principales de nuestra época

En “Ceguera moral”, libro cuya autoría comparten, el sociólogo polaco Zygmunt Bauman y el doctor en filosofía moral y social lituano Leonidas Donskis aportan su mirada al respecto. Afirma este último que las dos manifestaciones principales de nuestra contemporaneidad, en esta era de la modernidad líquida, son la insensibilidad al sufrimiento humano y el deseo de colonizar la privacidad. “La función del dolor como una alerta, una advertencia, – dice Bauman- tiende a olvidarse, sin embargo, cuando la idea de ‘insensibilidad’ se transfiere desde fenómenos orgánicos y corporales al universo de las relaciones interhumanas. La no percepción de signos tempranos de que algo amenaza o anda mal en el compañerismo humano y la viabilidad de la comunidad humana, y de que si no se hace nada las cosas se pondrán aún peor, significa que la noción de peligro se ha perdido de vista o se ha minimizado lo suficiente como para inutilizar las interacciones humanas como factores potenciales de autodefensa comunitaria, y los ha convertido en algo superfluo, somero, frágil y quebradizo”. Un verdadero llamado de alerta.

https://www.clarin.com/opinion/violencia-cotidiana-indiferencia_0_Bk8ZaTn-W.html