Las cosas que no pude contar sobre mi viejo

Una periodista añade a las historias clínicas la historia de vida de los que la olvidan para poder cuidarlos mejor.

Ricardo Roa
Clarin. 14.1.2017

Mediados del 83. Ya lanzada la campaña electoral que llevó a Alfonsín a la Rosada. Estábamos cerrando el noticiero del Canal 9 y me llaman por teléfono. -¿Usted es Ricardo Roa? Digo que sí y me dicen que hablan desde un locutorio. – Aquí hay un señor que hizo varias llamadas a Paraná, Entre Ríos. No sabe a quién llamó y no tiene plata para pagarlas. ¿Qué hago?

Era mi papá. Sin ser tan grande, no había llegado a los 65, empezaba a sufrir el drama de no comprender lo que le estaba sucediendo o lo que es peor de comprender a medias y de a ratos. Todo esto me vino de golpe a la cabeza ayer cuando en La Nación leí la nota Cómo entender mejor a los pacientes sin memoria.

Pensamos quiénes somos y cuánto sentimos que somos gracias a la memoria. Perdida la memoria propia, queda la memoria de los otros. De los hijos o de los más cercanos. Y es lo que una ex periodista norteamericana, Jay Newton Small, supo valorar con acierto. Un acierto que los que pasamos por eso envidiamos y agradecemos: incorporar a la historia clínica, la historia del enfermo.

Cuando internó a su padre con Alzheimer ofreció a la clínica escribir la historia de él. El enfermo tiene nombre, tiene una cara que los que lo cuidan reconocen y tiene una historia clínica que no es su historia. Es una historia mínima, una reducción de su vida a unos pocos datos vitales, imprescindibles pero incompletos.

A los enfermeros que lo cuidaban les encantó conocer la historia del papá de Jay. Supieron de qué hablar con él y eso “transformó por completo la asistencia que le brindaban”, dice ella. Jay cuenta otras historias así.

Si hubiera escrito como Jay la historia de mi papá cuando lo internamos hubiera podido decirles a los enfermeros que había sido deportista y querido ser actor. Que se vino a los veintitantos de Paraná a Buenos Aires con mamá y sus cuatro hijos a ganarse la vida y que casi nunca lo consiguió. Que era cariñoso y que era también violento, quizás porque no le iba bien y porque habían sido violentos con él mismo.

Que en el 57 estuvo casi un año preso en la cárcel de Caseros por integrar la resistencia peronista y que al volver a casa subió los dos pisos cantando y gritando la Marcha Peronista. Que un día sin avisar se volvió a Paraná donde había sido feliz y donde trató de volver a ser feliz y que lo llamé años después en la dictadura para que me ayudara a encontrar a mi hermano mayor que se llamaba Raúl como él y que había sido secuestrado. Que fuimos a ver a sus amigos generales de Paraná de toda la vida y que ninguno siquiera nos atendió.

Todos tenemos historia aunque perdamos la memoria. Es la marca de nuestro paso por la vida. La internación de los ancianos a veces es inevitable. No es inevitable el anonimato. Los que padecen Alzheimer no pierden por eso la necesidad de reconocimiento. Quienes los cuidan tendrían que conocerlos, saber de ellos, de lo que hicieron. Mi papá murió internado sin que nadie que no fuésemos sus hijos conociera otra historia que su historia clínica. Jay me llegó tarde, pero muchas gracias. Habrá otros que podrán aprovecharla.

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