Soledad que no se elige

La situación de los adultos mayores y el envejecimiento poblacional demanda una redefinición de políticas y la inducción de acciones solidarias

Editorial
La Nación
Lunes 12 de diciembre de 2016

Vivir solo tiene pros y contras, pero hay que contemplar que, para un amplio universo, no se trata de una elección. Un estudio difundido en estos días por el Barómetro de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina señala que sobre un total de 6.000.000 de adultos mayores, más de 1.200.000 viven actualmente solos en nuestro país, con uno de cada cuatro atravesando problemas de salud. El 70 por ciento de este universo, por ejemplo, no realiza la deseable cuota de actividad física y un tercio no ha podido resolver sus necesidades recreativas, lo cual acarrea un enorme malestar psicológico que se suma al que genera el abandono o el insuficiente cuidado de muchos entornos familiares, con dificultades para brindarles debida atención y muestras de amor y afecto.

El aumento de la esperanza de vida y la disminución de la natalidad nos han convertido en un país envejecido, una tendencia sostenida que demanda actualización de los sistemas de financiamiento de la seguridad social para intentar resolver los problemas que afectan al segmento de mayor edad con muy disímiles realidades. Como afirma el informe, no hay “vejez”, sino “vejeces”. Está visto que los vergonzosos haberes jubilatorios que vuelven a los mayores dependientes de sus familias, los problemas de vivienda, las dificultades de acceso a la atención de la salud, la pertenencia a los estratos más castigados con menos oportunidades de envejecer, son sólo algunos ingredientes de un entramado complejo. Desde la óptica de los afectos, por ejemplo, atender la soledad social de vivir solo o la soledad emocional que no se resuelve con una compañía, es también una prioridad.

Es cierto también que muchos adultos mayores no recurren a las redes de contención que ofrece el sistema, en parte porque éstas no siempre son las más adecuadas. Por otra parte, la necesidad de ser reconocidos en un momento de balance no puede ser desoída y no deja de sorprender, triste y dolorosamente, que las familias no extremen los esfuerzos para contener y acompañar afectuosamente a sus mayores al punto que cinco de cada diez refiere no sentirse valorado. La vulnerabilidad y la necesidad del otro que se asocian a esta etapa de la vida, tantas veces signadas por crueles enfermedades, se asemeja mucho a la de los bebes, igualmente desvalidos si quedan librados a su suerte en solitario.

A diferencia de lo que ocurre entre nosotros, para los orientales los mayores son figuras por demás respetadas y admiradas. La población más envejecida del mundo, la japonesa, promueve la provechosa vinculación de personas que transitan puntas opuestas de la vida: los geriátricos públicos comparten allí tareas, también espacios físicos en algunos casos, con orfanatos de niños. Han sabido institucionalizar de manera virtuosa el natural intercambio entre abuelos y nietos que desgraciadamente amenaza con perderse entre nosotros. La gente mayor accede así a la alegría de los jóvenes y puede brindarles compañía, consejo y contención, construyendo beneficiosos puentes de afecto.

El interés nipón porque las personas prolonguen su independencia y productividad los condujo también a extremar los cuidados para evitar que continúe aumentando el número de los que mueren en la soledad de su hogar. Cuentan para ello, por ejemplo, con medidores automáticos de consumo de agua y gas conectados a centros de interpretación de datos, a fin de asociar alteraciones en el consumo con eventuales problemas.

Países como Holanda y Finlandia instrumentaron ventajosos programas para derribar el estereotipo que generaliza equivocadamente que a los jóvenes no les gusta la gente mayor y viceversa. Ofrecen así, con éxito, alojamiento económico a personas menores de 25 años dentro de hogares para adultos mayores con la condición de que les dediquen entre tres y cinco horas semanales. Entre nosotros, cabe destacar el valioso trabajo de voluntarios que visitan hogares de la tercera edad brindándoles atención y contagiando su alegría. Los sentimientos de pertenencia y ayuda mutua aportan seguridad y contribuyen a aumentar la calidad y la esperanza de vida.

Como sociedad nos comportamos en forma contradictoria: por un lado, buscamos afanosamente prolongar la vida y, por el otro, no nos hacemos cargo de adecuar la estructura social al nuevo orden. Debemos abocarnos sin demoras a diseñar e implementar alternativas innovadoras, ajustándolas a nuestra realidad, para mitigar los efectos económicos del envejecimiento poblacional y para atender psicosocialmente las necesidades de este segmento tan castigado. Indudablemente, va en ello nuestro propio futuro.

http://www.lanacion.com.ar/1966069-soledad-que-no-se-elige