Memoria

Para saber lo que es un director de cine –cuyas acciones o actitudes tienen cierto carácter misterioso, no se sabe muy bien cuál es el papel que desempeña– basta con ver una escena de la película titulada Iris, que relata los últimos momentos de la vida de Iris Murdock, una notable escritora inglesa de mediados del siglo XX.

21 de noviembre de 2016
Pagina12 | Contratapa | Por Noé Jitrik

Desdichados últimos momentos: un deterioro cerebral progresivo e implacable va haciendo, en el relato, de esa mujer que fuera tan personal y tan brillante, un pobre desecho a quien, sin embargo, su marido y compañero, que siempre la admiró, la amó y la cuidó, la sigue asistiendo, vigilando se diría, con una obstinación que por exceso de delicadeza o por capacidad de negación resulta dolorosamente intolerable; niega su destrucción, le habla, la quiere distraer mientras ella, ausente, o bien repite siempre lo mismo o se ensimisma hasta lo vegetal o huye sin ton ni son. En un momento del relato –la escena a la que aludo en las primeras líneas–, él la mira con una mezcla de piedad y de profundo desencanto, en parte como si nunca hubiera esperado que ella le hiciera eso que no merecía, en parte por impotencia, en parte porque el verla así también algo suyo se destruye. En ese clima, en ese instante, suena la voz transparente de un viejo cantante francés, Charles Trenet, que entona una de sus canciones más famosas: “Que reste-t-il” o sea “Qué queda” y prosiguiendo, “de nuestros amores”, “de esos hermosos días”, “una foto, una vieja foto, de nuestra juventud”. En la confluencia de esas dos elecciones, la mirada de piedad y la canción, reside todo el trabajo, y el milagro –el descubrimiento–, de la dirección: en ese instante la percibimos y percibimos, además, una delicadeza profunda, como podía ser la voz misma de Charles Trenet, que tanto nos encantó, precisamente en nuestra juventud.
No es el único caso de un fondo musical tan intenso y significativo, ni en esta película ni en infinitas otras: la situación, la actuación y la música, por no hablar de las palabras oportunas, hacen un conglomerado y generan algo que podemos llamar “imagen-emoción”, tanto más eficaz artísticamente cuanto más perfecto sea el ensamblaje de todos esos términos.
Pocas veces, debo decirlo, esto me ha resultado más claro y creo haberlo comprendido; por un lado la canción realza la historia y le cambia el carácter: deja de ser la exhibición de un caso patológico, como suele hacer el cine, para mostrar una desolación sin palabras; por el otro, me hace presente una poesía que tenía alojada en mi memoria y que siempre, en su limpidez, me llenó de melancólica belleza: “Qué queda de nuestros amores, qué queda de esos hermosos días, sólo una foto, una vieja foto, de nuestra juventud”. Sentía, y lo volví a sentir ahora, que se pierden tantas cosas y que se tiende una bruma menos en la memoria que en el tiempo presente: ¿acaso es posible retener el amor o todos los amores? ¿Acaso se puede resistir victoriosamente el paso del tiempo que todo lo deshace, incluso el amor?
Pero está, además, la idea del rastro, de lo que queda, que me devuelve una frase del viejo y querido poeta Enrique Molina: “De dos que se han amado qué queda en las paredes de la pieza del hotel”. Quedan marcas invisibles que nada indican, señales imperceptibles, una carga que, porque sólo es un objeto de presentimiento o de adivinación, hace pesada la atmósfera no sólo cuando se produce sino también cuando ya se ha producido la separación, casi siempre para siempre. A eso que queda lo podemos llamar fantasma, un ente que nos acompaña y persigue sin hacerse nunca presente. Se acepta esa vaga compañía, nadie podría vivir atado a un instante de amor que ya fue aunque “no haya dejado nada que no doliera”, como escribió quevedianamente Macedonio Fernández; se lo recuerda pero, al mismo tiempo, los fantasmas, porque en eso se han convertido los goces, asedian y llenan de congoja, inexplicable para quien no la siente: “En el viejo parque, solitario y helado, dos sombras acaban de pasar; sus ojos están velados, y de sus labios violáceos apenas se escuchan sus palabras. ¿Recuerdas nuestro antiguo éxtasis? ¿Por qué habría de recordarlo?”, responde la voz interpelada en el bello poema de Verlaine que tampoco me abandona.
¿Qué queda, entonces, de todo eso? Con suerte, el macizo de la memoria sólo atravesado por la probable virtud de la evocación; en el mejor de los casos, una dulzura que enriquece el presente, menos hermoso que lo que se vivió en el pasado; en el peor, una masificación de la memoria que necesita del sarcasmo o del desprecio para que ese pasado no enturbie un presente que se supone que es todo lo que el que eso siente puede poseer. La memoria, se me ocurre, es como un armario repleto de ropa usada que se sigue llenando incansablemente: los recuerdos que intentan entrar, tal como lo hacen los libros que quieren entrar a una biblioteca, empujan sin piedad a los que ya están allí, los comprimen y los reducen, a los menos fuertes, a una pálida posibilidad de evocación. Los más débiles, o quizás los más usados, van quedando mustios y apagados, ni vale la pena evocarlos aunque lo que les dio origen haya sido esplendoroso, de esos amores hechos de temblor y espera, de ansiedades y admiraciones por el encanto del otro, por toda esa poesía de los cuerpos encendidos y desafiantes, que así son los amores.
Eso es, precisamente, lo que se puede decir que queda, un fantasma, como lo decía Charles Trenet en esa canción, que “me persigue sin cesar”, y del que la escena de Iris es un compendio, tanto más melancólico cuanto el cuerpo que fue amado está ahí pero envuelto en las sombras de una injustificable e inexplicable demencia. Eso que queda, ahí, es un triste despojo, un resto presente, precisamente, de lo que fue brillo y alegría y sensualidad en el pasado.

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