Liliana Heker. “Me obsesiona el trabajo que realiza el tiempo sobre nosotros”

Protagonista de la renovación literaria de los años 60 e impulsora de respetados talleres de escritura, la autora se reencuentra con su propia obra en una reciente compilación de cuentos y nouvelles

Natalia Páez
PARA LA NACION
DOMINGO 13 DE NOVIEMBRE DE 2016

Hace cincuenta años se publicaba el primer libro de Liliana Heker: Los que vieron la zarza (1966). Había empezado a escribir seis años antes, a los 17. A esa edad, a pesar de haber decidido estudiar física, fue a buscar trabajo a una revista literaria. Fue entonces, en 1960, cuando se decidió y envió por correo un poema y una carta a El Grillo de Papel, que dirigían Abelardo Castillo y Arnoldo Liberman. La respuesta de Castillo fue que el poema era malo pero que en su carta podía descubrir a una escritora. Y la incorporó al equipo de la que fue una de las revistas literarias más importantes del siglo XX. Era la primera de las tres que marcarían la carrera y la vida de ambos, junto con El Escarabajo de Oro y El Ornitorrinco.

No importaban las discusiones con sus padres. Liliana, la menor de dos hijas, se plantaba hasta lograr el permiso para juntarse cada viernes por la noche con sus compañeros, mayores que ella, a discutir de literatura en el Café de los Angelitos.

A medio siglo de aquel primer libro, acaba de salir Cuentos reunidos (Alfaguara). No se trata de una recopilación cronológica “porque los cuentos son cuentos, no datos biográficos”, sino de una selección que ella hizo, transitando por algunos de sus territorios. Por sus temas recurrentes. Así es como aparece en el mismo capítulo el primero de sus relatos (“Los juegos”, 1960) y el último (“Giro en el aire”, 2016). Dice que entre uno y otro no hubo un solo día en que -de algún modo- no estuviera persiguiendo la escritura de un cuento.

También hay intercaladas tres nouvelles. Y eligió terminar con aquella autobiográfica, La crueldad de la vida, que ahora dedica “a destiempo” a su madre.

Según aparece en Diarios 1954-1991 (Alfaguara), en una entrada de su diario personal Abelardo Castillo escribió: “Liliana publica en los próximos meses un libro nuevo: Don Juan de la Casa Blanca. Espero que los lectores se den cuenta de que es un hermoso libro. No quisiera morirme sin ver que tengo razón respecto de Liliana”. Finalmente se publicó en Un resplandor que se apagó en el mundo.

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Dice Heker que si bien este volumen podría haberse titulado Cuentos completos, ella no tenía ningún interés en “completarse”, en terminar nada. “No soy nostálgica”, dice. No hay entonces una mirada retrospectiva. “No estaría del todo mal que si algún día siento que la muerte me pisa los talones, algo en lo novedoso de la circunstancia me lleve a pensar: ?acá hay una idea buenísima para un cuento’. Constituiría una prueba bastante confiable de que sigo viva”, escribe.

Sin nostalgias, sólo volteando la mirada hacia atrás, se puede reconocer el lugar protagónico que Liliana Heker se ganó en la literatura argentina con sus cuentos, ensayos y novelas. Pero también por su rol como maestra de escritores. Por su taller pasaron varios de quienes hoy tienen un lugar en la escena literaria; entre ellos Samanta Schweblin, que prologa el libro y que en un fragmento dice: “Hay luz en sus personajes más oscuros. En las situaciones más terribles, late siempre la posibilidad de una salida”.

¿De qué forma fue tejiendo el entramado de estos cuentos?

Siempre me provocaron rechazo esos libros que son una especie de buzón adonde poner todo lo que hay sin criterio. Un libro de cuentos construye algo, es una totalidad. Me tentó la idea de construir una nueva manera de leer todos los libros. Creo que de una manera u otra cada uno de mis relatos alude a estos tres tópicos: “La fiesta ajena”, “Vidas de familia” y “Arte poética”. Este libro propone una manera distinta de leerlos, aún para quienes conozcan buena parte de ellos.

¿Esa nueva experiencia de lectura podría funcionar como una suerte de biografía literaria organizada según sus obsesiones?

Para mí construye un mapa de mí misma. Uno puede volverse loco tratando de encontrar el orden adecuado. Hay temas que aparecen tratados de diferentes maneras. Yo vinculo un cuento como “Georgina Requeni o la elegida”, que lo escribí muy tempranamente, con el último cuento que escribí. Y funcionan como en salmos. En “Georgina?” escribí sobre aquello que más temía entonces, que era el fracaso. Ése era mi miedo esencial. No hubiese podido, ni hubiese conseguido escribir un cuento como “Giro en el aire”, que alude al temor de no poder crear. Así como antes me obsesionó el fracaso, algo que aparece en varios cuentos, ahora me obsesiona el paso del tiempo; el trabajo que realiza el tiempo sobre nosotros. Aparece con frecuencia en mi literatura, por ejemplo en De la voluntad y sus tribulaciones, o en un libro anterior, La noche del cometa, o también en La crueldad de la vida. Van apareciendo en la medida en que ciertas situaciones empiezan a ser conflictivas. Me interesa cómo uno va modificando sus obsesiones , así como también los temas recurrentes que permanecen pero se transforman.

Uno de esos temas es el suicidio.

Fijate que es algo interesante, en realidad creo que sólo en un cuento aparece un suicidio concretado. Pero en muchos juego con la idea. Con el proyecto de poner fin. Eso me fascina y me perturba, es una de las líneas que a mí me parece que va dibujándose en este libro. En definitiva lo que hay, y me interesa particularmente, son las personas ante la instancia del suicidio.

¿Trabajar en Cuentos reunidos la obligó a mirarse en perspectiva?

Mirarme en panorámica es algo que no necesitaba tanto porque tengo mucha memoria, juego y construyo esa memoria y convivo con ella. Sí me llevó a volver a algo que no suelo hacer, que es leer sobre todo mis primeros libros. Yo los había corregido para algunas ediciones posteriores, un poco. En este caso revisé muy cuidadosamente sobre todo mis primeros tres libros. Sabía con mayor claridad lo que estaba haciendo.

¿Se corrige como lo hace con sus talleristas?

No me leo como maestra. Trato de no hacer eso. Creo que uno no debe entrar en ese que fue muchos años atrás. Yo no sé si hoy podría escribir de la misma manera Los que vieron la zarza que cuando tenía 20. Lo hubiese hecho de otra forma. Pero volver a escribirlo hubiera sido como intentar corregir a la persona que fui cuando escribí. Y eso es escribir otro cuento. En “Casi un melodrama” me encontré con palabras que me molestaban mucho. Alguna palabra que yo sentía impostada. Ésas las cambié.

Había rescatado una cita suya que decía: “En la literatura, a diferencia de la vida, se puede corregir lo que se hizo mal”.

Creo que el verdadero trabajo creativo es ir buscando cada vez más eso que uno quiere escribir. Yo escribo un primer borrador pero no es ni remotamente el clima que quiero crear, la música que le quiero poner. Pero cuando leo un cuento que escribí en el pasado no pienso “ay, qué mal lo hice”. No, ese cuento que yo quise hacer era ése.

Hay una foto de una fiesta en lo de Abelardo Castillo, en los años 60, que los retrata juntos con los puños en alto, en posición de lucha de boxeadores. Abelardo boxeaba, tu personaje de Los que vieron la zarza, también?

El papá de Abelardo era boxeador y él mismo también boxeó cuando era chico hasta la adolescencia. La idea de ese cuento me la dio él. Yo estaba muy preocupada porque mis compañeros de generación eran todos varones?Y yo escribía sobre otros mundos, era difícil ser la única mujer en esa generación. Un día le dije a Abelardo que estaba cansada de mis temas y él me dijo: “¿Por qué no escribís sobre un boxeador?” Y yo -que era muy futbolera, sabía mucho sobre fútbol, escuchaba todos los partidos- de boxeo sabía muy poco. Sólo veía los noticieros, estaba emocionada cuando Pascualito Pérez ganaba. Pero fue Abelardo el que me enseñó algunas nociones, y me enseñó a escuchar las peleas. Aprendí para escribir ese cuento.

¿Qué recuerda de esa foto?

Fue tomada varios años después de publicado aquel cuento; fue un juego, nada más. Estábamos en una fiesta y atrás se lo ve pasando a Leopoldo Marechal. En esa fiesta estaban Ricardo Piglia, Humberto Constantini, tantos otros.

¿En qué cree que influyó ser la única entre todos?

Cuando yo empecé a ir a las reuniones de El Grillo de Papel, que se hacían en el café de Rivadavia y Rincón, que entonces era un café real? no en eso para turistas en lo que se ha transformado ahora, la composición era: los jóvenes escritores, las novias de los jóvenes escritores. Y yo. Yo iba por las mías, tenía 16 cuando empecé a ir a esos cafés a la noche, porque quería escribir. En 1974 la revista Crisis dedica un artículo a 13 jóvenes escritores. De esos, 12 eran varones, la única mujer era yo. Siempre me sentí bien con esa situación, traté de existir por las mías y creo que lo conseguí. Era muy discutidora y trataba de hacerme valer. Lo que pasa es que no me planteaba de ninguna manera que ser mujer y ser escritora era un problema. Hasta que un día me vinieron a ver del suplemento de La Razón para hacerme una entrevista sobre las mujeres y la literatura. Me preguntaban: “¿Cómo sienten las mujeres? ¿Qué sienten las mujeres?” Me sentí un chimpancé. A raíz de la indignación que me provocó, me di cuenta de que ser mujer y ser escritora, si bien no era un problema para mí, era un problema para los demás. Empecé entonces a escribir mi ensayo Las hermanas de Shakespeare. Yo sentía que no pertenecía a eso que entonces se llamaba literatura femenina, no creo en nada que se le parezca. Yo escribo para lectoras y lectores. Una mujer no le tiene que pedir permiso a nadie para opinar y para hacer muy buena literatura. Debe instalarse por sí misma. No pedir que nadie nos autorice a ser originales, a tener una obra significativa. Hablo de mujeres que han tenido la suerte de tener una formación, de tener lecturas, de estar bien alimentadas y que pueden elegir lo que quieren hacer en la vida. Esas mujeres no tienen que pedirle permiso a nadie para hacer lo que quieren.

Muchos de sus talleristas suelen compartir terrores y anécdotas de la primera entrevista. ¿Cómo lo vive usted?

A mí me fascina dar taller y ver cómo muchos escritores notables que son hoy colegas han pasado un tiempo por allí y eso me enorgullece. Esa primera entrevista es fundamental. A mí no me importa cómo escribe la gente cuando viene. Esa parte de verdad no me importa para nada. Porque se trabaja luego. Sí me importa hasta qué punto los apasiona la lectura, si no hay eso no puedo darles mucho, y luego cuánta pasión ponen en la escritura. Hasta qué punto una persona está dispuesta a reescribir un cuento diez veces hasta conseguir lo que quiere.

Y que esté dispuesto a bancarse la crítica.

Soy implacable con la crítica pero lo hago por respeto al que viene al taller. En lo demás todo es muy cordial y amistoso, pero la crítica es muy dura. Yo aviso que es así. Y te voy a decir algo: todos me dicen “sí, a mí no me importa”. Pero a todos les importa? Muchos cuentan que la primera crítica fue un balde de agua fría. Pero es parte del aprendizaje. Porque luego todos aprenden a criticar muy bien. Y eso hace a la formación de grupos que luego se estimulan unos a los otros.

Tiene en un atril las tres revistas [El Grillo de Papel, El Escarabajo de Oro, El Ornitorrinco] junto a su computadora.

Es que mi historia como escritora son mis libros y mis revistas, que son parte insoslayable de mi obra. Yo las llamo “mi revista” porque son casi una unidad y por eso están juntas, porque son para mí un único objeto insustituible y entrañable.

¿Cuál es hoy su ambición literaria, luego de todos estos años transcurridos?

No tengo la ilusión de llegar a ningún lugar. Mi única ambición es seguir creando, buscando algo nuevo. Siempre me interesó lograr con la escritura cosas que todavía no he podido. Y sigo buscando con tanta incertidumbre y con tantas pocas garantías como buscaba cuando era adolescente. Eso no cambió para nada y no quiero que cambie. ¡Hay tantas cosas que no escribí, que no conseguí! Me queda mucho todavía.

Biografía

Liliana Heker escribió novelas, cuentos y ensayos; entre otros, los libros Los que vieron la zarza, La crueldad de la vida, El fin de la historia. Sus relatos fueron traducidos y publicados en Estados Unidos, Canadá, Turquía, Irán y Serbia, entre otros. Obtuvo el premio Esteban Echeverría (2010) y el Konex de Platino (2014).

Por qué la entrevistamos

Porque es un figura destacada de la literatura argentina, promotora de nuevas generaciones de autores

http://www.lanacion.com.ar/1955108-liliana-heker-me-obsesiona-el-trabajo-que-realiza-el-tiempo-sobre-nosotros