Iggy Pop y las opciones para la vejez

La semana pasada, mientras veía a Iggy Pop moverse como un mandril en celo sobre el escenario de Tecnópolis, deslizándose con una gracia que sólo puede funcionar en ese cuerpo anómalo, pensé en la convicción artística que hay que tener para afrontar un espectáculo semejante a los 69 años.

Pablo Plotkin PARA LA NACION SÁBADO 22 DE OCTUBRE DE 2016

Iggy Pop es un gran cantante, un barítono que podría dedicarse a interpretar, vestido con una camisa color crema, sus propios éxitos y algún standard de Frank Sinatra o de Louis Armstrong (un camino que insinuó en el álbum Preliminaires, de 2009). Serían mejores discos que los de Rod Stewart y con eso se pagaría todos los gastos y viviría una vejez elegante, observada con respeto por la crítica, alabada por los fans que maduraron con él y celebrada por sus parientes en las cenas de Nochebuena o Rosh Hashaná, quién sabe qué festeja Iggy a esta altura.

Pero no. James Osterberg decidió seguir siendo Iggy Pop hasta la muerte. Y eso implica explorar la música en los mismos términos en que la música lo afectó en la década del sesenta, cuando se convirtió en precursor del punk al frente de los Stooges. La música como una energía eléctrica, física, sexual, interactiva, desconcertante, brutal, despojada de cualquier preconcepto ligado a la edad o el decoro. El lenguaje creativo de Iggy es el punk rock y no hay indicios de que vaya a renunciar a eso, así como Lucian Freud continuó pintando retratos de un realismo cruel hasta que el cuerpo no le dio más, o como Salinger siguió escribiendo, sólo para él, la historia interminable de la familia Glass. Hablamos de esa clase de ética artística.

Lo que se manifiesta en el cuerpo de Iggy Pop, a la vez, es la tensión entre juventud y vejez, fortaleza y fragilidad, lo que atrae y lo que expulsa. ¿Qué dibujan los músculos, las venas y los pliegues del pecho de Iggy Pop? ¿Un mapa de rutas de Michigan? ¿La Guía T de Detroit? Es una escultura firme de vela derretida, un readymade orgánico que explota en el primer minuto de show. Iggy sale a las luces y no hay entrada en calor que valga: el comienzo es con “I Wanna Be Your Dog” y el cantante baja al contacto directo con los fans, en muchos casos treinta, cuarenta o cincuenta años menores que él.

“Quiero ser tu perro”, cantó Iggy en 1969 y desde entonces no dejó de cantarlo. En medio de ese despliegue torrencial, me vino a la cabeza una canción más nueva, justamente de Preliminaires. Se llama “A Machine for Loving” y es una balada sombría en la que el autor recita un epitafio para un perro de nombre Fox. Hacia el final del tema, Iggy reflexiona sobre el amor. La última estrofa dice: “¿Qué es un perro sino una máquina de amar?/Lo conectás a un ser humano con la misión de amar/Y no importa cuán feo, perverso, deforme o estúpido ese humano pueda ser/El perro lo ama, el perro lo ama?”

De alguna manera Iggy Pop es el perro, una máquina hecha para amar, y también el humano deforme (las dos figuras que protagonizan la última pintura de Freud, Portrait of the Hound). Y no importa lo feos, viejos o estúpidos que lleguemos a ser nosotros, Iggy está ahí para desarmar y trascender los supuestos de lo que debería ser un artista de rock a los setenta años. Bailando como una marioneta rota, entregado a la vida incorrecta que eligió cuando era chico. Recordándonos nuestras propias opciones.

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