El jardinero de los presidentes cumplió 100 años

Juan Rodríguez cuidó el parque de la Quinta de Olivos. También fue cocinero y portero. Al llegar al centenario, volvió al lugar. Sus mandatarios favoritos: Illia y Evita.

Clarin.com 15/10/16

Si en el barrio Las Flores uno pregunta por Don Juan, todos saben quién es. No sólo porque acaba de cumplir cien años, sino por ser un buen tipo. Pero lo que la mayoría no sabe es que Juan Rodríguez trabajó durante más de 20 años en la Quinta de Olivos y conoció a varios presidentes.

“Fui jardinero, cocinero y portero. Siempre que necesitaban una persona, ahí estaba yo. No falté ni un día al trabajo, al que cuidaba como si fuera un hijo”, asegura. El 13 de septiembre cumplió un siglo de vida y muchos vecinos participaron del festejo. Un día antes de la celebración, la Municipalidad de Vicente López lo invitó a volver a recorrer los jardines de la Quinta Presidencial. Una catarata de emociones lo invadió cuando entró por la puerta de Maipú, luego de más de 50 años.

“Si Gardel decía que 20 años no es nada, imaginate lo que son 100”, dice Juan apenas atiende a Clarín en su casa en Florida Oeste. Se lo ve muy bien. Los años no parecen pasarle factura y los recuerdos, con lujosos detalles, brotan de su boca sin ningún problema.

“En ese entonces la Quinta no tenía presupuesto para contratar mucha gente, por eso cuando llegaba el calorcito y el pasto y el cerco crecían, pedían mano de obra a otras reparticiones estatales. Yo trabajaba en el Jardín Botánico y desde noviembre a marzo me ocupaba de la jardinería de la Quinta”, recuerda. Y agrega: “Más tarde, cuando se jubiló el jardinero, me contrataron y ya me quedé como fijo”. Juan estuvo trabajando allí desde la primera presidencia de Perón hasta la de Onganía.

Con los años, pasó del jardín a la portería para luego terminar como cocinero. “Entre los presidentes, los que mejor me cayeron fueron Illia y Eva Perón. Arturo era muy humilde y respetuoso. Evita se notaba que era distinta, conocía a todos, siempre saludaba y se preocupaba por nosotros. Un verano, invitó a la familia de todos los trabajadores a vacacionar en Mar del Plata”, rememora. Y sobre su esposo, Juan Perón, cita una anécdota: “Un día él estaba sentado en un escalón a la salida del chalé. Vio venir un mozo, lo llamó y le pidió un cigarrillo. ‘Son rubios’, le respondió el muchacho. ‘El que manguea no se fija si son rubios, negros o lo que sea’, replicó el General. Después fue y le regaló una caja de Chesterfield. Era muy atento”.

Un día Perón le pidió un cigarrillo a un mozo. `Son rubios`, le respondió el muchacho. `El que manguea no se fija si son rubios, negros o lo que sea`, replicó el General. Después fue y le regaló una caja de Chesterfield”, recuerda.

En 1961, Ernesto “Che” Guevara visitaba a Arturo Frondizi en la Quinta y Rodríguez fue testigo de ese histórico encuentro. “Estaba lleno de policías, adentro y afuera. Yo tenía que ir del chalé a la cocina, y en el medio del trayecto me crucé con el ‘Che’ y lo saludé emocionado”, destaca.

En julio, Don Juan fue a realizar unos trámites a la ANSeS. Nunca se imaginó que luego de aquella rutina burocrática, se empezaría a gestionar la visita a su antiguo lugar de trabajo. “Una empleada del ANSeS es vecina del barrio, y cuando lo vio lo reconoció al instante. Justo pasó el director del organismo, Nahuel Ponce, y ella le contó la historia de Juan. El se mostró muy interesado y dijo que le iba a contar al intendente Jorge Macri”, narra Betty, la nuera de Rodríguez.

A principios de septiembre lo llamaron y arreglaron todo. El lunes 12, un día antes de su cumpleaños, lo pasaron a buscar por su casa, y junto a Germán, su nieto, recorrieron los jardines que Juan había cuidado durante años.

“Ya no es la Quinta de antes. Hay mucho más ladrillo, más construcción. El principal cambio que noté fue el muro que se construyó alrededor del predio. No me gusta. Sin embargo, me contaron que ahora Macri va a volver colocar ventanitas para que todo el que pase por ahí pueda ver hacia adentro”, indica. Y agrega: “Otro cambio que noté, y el que más me gustó, fue que ahora le dan de comer al personal. En su momento esto no pasaba. Cuando estaba en la cocina, me tocó ver cómo mis compañeros traían sus propios sándwiches de polenta. Cuando podía, les compartía un churrasco. Siempre fui muy compañero”, asegura el vecino centenario.

Ya no es la Quinta Presidencial de antes. Hay mucho más ladrillo, más construcción. El principal cambio que noté fue el muro alrededor del predio. No me gusta”, compara.

Juan se crió en Villa Urquiza y junto a su familia se mudó a Florida Oeste. Vivió todas las transformaciones del barrio y lo conoce mejor que nadie. “Donde ahora está la Villa Flores, antes era todo quinta. Nunca tuve problema de ningún tipo, todos nos conocemos y nos ayudamos”, sostiene. Y enseguida señala: “Apenas entrabas, había un rancho donde vivían dos viejitas. Estaban solas. Le pregunté a una vecina quién les daba de comer. ‘Comen cuando tienen’, me respondió. A partir de ese día, les empecé a llevar sopa y guiso. No pude dormir pensando que yo tenía para comer y ellas no”.

Benito, el hijo que le regaló la vida

Arturo Illia había hecho una gira por el país y, de regreso a la Quinta Presidencial, trajo con ella a dos chicos. Uno era rengo y lo curaron en el hospital. El otro, Benito, tenía problemas de vista y lo trataron en el Hospital Santa Lucía. “Apenas llegó, Benito se apegó mucho a mí y formamos una relación especial. Los viernes lo traía a casa y los lunes lo llevaba de vuelta cuando iba a laburar”, recuerda Juan.

Cuando se produjo el Golpe de Estado que derrocó a Illia, le dijeron a Juan que debían mandar a Benito a un orfanato. Para ese entonces, Juan ya había enviudado hacía alrededor de diez años y tuvo que criar solo a sus dos hijos. Pero su corazón todavía tenía lugar para uno más. “Les consulté a mis chicos, quienes ya tenían 18 y 20 años, si podía adoptar a Benito. Lo aceptaron sin problemas, y así es como se sumó a la familia mi hijo del alma”, cuenta con emoción.

Actualmente, Benito, fanático de Independiente, sigue viviendo con Juan y asegura: “Mi viejo es lo más grande que hay. Es lo que más quiero en este mundo. Una persona admirable”.

Su opinión de los presidentes que conoció en la Quinta de Olivos

“Evita siempre que pasaba nos saludaba. Se sabía la mayoría de los nombres y se preocupaba por nuestras familias. Era distinta”.

“Arturo Illia solía almorzar en Casa de Gobierno. Cuando volvía a la noche, cenaba livianito y se acostaba muy temprano para madrugar”.

“Arturo Frondizi era un fanático del queso y la zanahoria rallada. No había día en el que no le preparara esa comida antes de la cena”.

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