Viaje a la tierra de los italianos “inmortales”

La región del Cilento, al sur de Nápoles, es un área protegida por la Unesco. Tiene una de las tasas de longevidad más altas del mundo. Médicos de las universidades de San Diego (EE.UU.) y La Sapienza (Roma) estudian qué hay de especial en esa zona que es pródiga en hombres y mujeres centenarios.

Clarin.com Viva 24/09/16

Angelo Giordano tiene 96 años y fuma dos atados de cigarrillos rubios por día. Amina Fedullo cumplió 94 y recita de memoria los poemas que le dedicó de chiquita a su mamá, que murió apenas después del parto. A los 100 años, Antonio Vassallo sigue queriendo comer sólo lo que cocina su esposa –apenas seis años más joven que él– y María Elide Passaro, de 101, no relaja con la coquetería: exige borrar las fotos que le sacan con celular si a ella no le gusta cómo salen. Bernardino Cappuccino se la pasa conectado en Facebook a los 89 y Giuseppe Pisani, a punto de cumplirlos, maneja los 353 kilómetros que separan Roma, donde vive, de su pueblo natal, Cannicchio. Llega en cuatro horas.

Este elenco de notables, lúcidos y en forma, nació a principios del 1900 en Italia, se crió y casi no salió del Cilento, unas 180 mil hectáreas de área natural protegida, ubicadas a 146 kilómetros al sur de Nápoles. Con los pies en remojo a orillas del Tirreno, un mar amable, templado, límpido y sin olas, el Cilento fue declarado Patrimonio de la Humanidad de la Unesco en la categoría Geoparques Mundiales y es, según investigaciones recientes, tierra de inmortales.

Porque aquí, donde todo el mundo produce su propio aceite de oliva y donde, se dice, Ernest Hemingway escribió El viejo y el mar, la tasa de habitantes que tienen más de 100 años es altísima. En algunos pueblos del Cilento, los centenarios representan el 1,6 por ciento de la población y la edad media supera la de la población italiana: la mujeres llegan a cumplir, en promedio, 92 años, y los hombres, 85. En el resto del país, las damas tienen una expectativa de vida, por lo general, de 85, y los caballeros, de 80.

“La historia de la longevidad en estas tierras no es nueva. Nace ya en los años ‘50 cuando algunos famosos científicos, como Ancel Keys, descubrieron que los pobladores de aquí vivían mucho y lo atribuyeron a lo que comían. De ahí nació la dieta mediterránea”, dice Salvatore Di Somma, profesor de Medicina de la Universidad de La Sapienza, Roma, y uno de los principales referentes del proyecto CIAO (Cilento on Aging Outcomes Study). Se trata de un estudio piloto sobre 75 ancianos de más de 90 años de nueve municipios del Cilento, impulsado por el municipio de Pollica y por las universidades de La Sapienza y de San Diego, de los Estados Unidos.

Y mientras en la Argentina 5 de cada 10 personas mayores sienten que no son valoradas –según una encuesta realizada hace semanas por el Observatorio de la Deuda Social Argentina a 6.000 mayores de 60 años–, en Italia estos súper abuelos son materia de estudio y veneración.

“El objetivo principal de esta investigación es ir más allá de la genética. La genética seguramente es importante, pero demasiados estudios fracasaron al atribuirle el futuro de la gente –dice Di Somma–. Creemos que hay sustancias en la sangre de estas personas, que se llaman biomarcadores, fácilmente medibles y que permiten leer las posibilidades de desarrollar determinadas enfermedades en el futuro. El estudio se basa en el dosaje en sangre de estos marcadores que permiten hacer una proyección sobre la expectativa de vida.”

Caminar, pasear,ir a misa. Giovanna Dedonato, de 92, se dejó sacar sangre y radiografías de puro curiosa: quiere saber por qué, según la ciencia, tantas personas como ella superan los 90 y están casi impecables. “Mientras el Señor me quiera acá, me quedo. Me gusta salir a caminar, dar un paseo, ir a misa”, dice “Giannina”, como la llaman en casa. Vive en un segundo piso por escalera en Vallo della Lucania, un municipio de la provincia de Salerno –siempre dentro del Parque Nacional del Cilento–, con su cuñada de 101 años.

“Fuimos a la casa de 28 centenarios que vivieran con dos personas que no necesariamente fueran hijos suyos para ver si, por el estilo de vida, quienes viven en torno a estas personas son potenciales centenarios. Hicimos electrocardiogramas, visitas cardiológicas, sacamos sangre, les hicimos una valoración neurológica, tests psico–métricos y nutricionales. Cada centenario tuvo entre cuatro y cinco visitas. Y lo curioso es que no registran patologías de riñón, cardiovasculares ni neurocerebrales”, dice Di Soma.

“Hemos terminado la primera parte del estudio, que es experimental, sobre personas que tienen una edad media de 95 y que viven mejor que nosotros. Cultivan la huerta en el jardín de sus casas, salen a caminar, se reúnen con otros vecinos en la plaza. Tenemos la suerte de contar con una población muy longeva que vive la cotidianidad”, dice Stefano Pisani, intendente de Pollica, uno de los municipios dentro del Cilento donde viven unas 2.500 personas, de las cuales el 20 por ciento tiene más de 65 años. “La capacidad de socializar con los demás influye positivamente sobre la calidad de vida y la calidad del envejecimiento. A esto se suma un ambiente circundante muy positivo –agrega Pisani–. Vivimos en un Parque Nacional, un área protegida, la más grande de Europa, donde la biodiversidad conservada es muy alta. Acciaroli, que forma parte de Pollica, fue premiado por la Fundación Europea para el Ambiente por la calidad de su agua y de su ambiente. Todo esto, según mi opinión, colabora para vivir mejor la vejez.”

Una tierra amable. Ya en tiempos de los romanos, el Cilento era una tierra amable para quien la visitaba. Poco tiempo después del asesinato de Julio César –ocurrido en marzo del año 44 antes de Cristo–, Cicerón decidió dirigirse a Grecia. Hizo una parada en Velia, una antigua ciudad griega cuyas ruinas se pueden visitar aun hoy, y desde allí le escribió a su amigo Trebazio, que tenía casa en la zona: “Si continuas a escucharme, como de costumbre, conservarás estas posesiones paternas y no abandonarás el noble río Hales ni dejarás vacía la casa de Papirio –escribió Cicerón el 20 de julio del 44 a.C–. Todo esto en una localidad remota, salubre y amena”.

Amina Fedullo, de 94, y su esposo, Antonio Vasallo, de 100, viven en Acciaroli, donde nacieron. En una casa modesta, varios escalones sobre el nivel del mar –en Acciaroli, salvo los hoteles, no hay ascensores–, desde donde espían el movimiento del puerto, las embarcaciones que en esta época de año amarran frente a la iglesia para que sus integrantes no se pierdan el Aperol Spritz (un aperitivo de moda) en el barcito de enfrente. “El aire de mar ayuda a vivir bien y más –dice Amina–. Mi marido era pescador. Además, acá, siempre comimos lo genuino, todos productos que nosotros mismos cosechamos en un pedacito de tierra que tenemos: romero, perejil, apio, tomate.” El médico Di Somma aclara: “Sabemos, por ejemplo, que el tabaco, el colesterol y la presión alta son factores de riesgo para contraer enfermedades cardiovasculares y, a pesar de estar expuestos a los mismos riesgos que tantas otras personas, los ancianos del Cilento no desarrollan esas enfermedades. Eso nos hace pensar también que ellos están protegidos de algún modo”.

“El Cilento es una región donde la actividad laboral de su gente estuvo siempre ligada a la agricultura y a la pesca. Casi todos estos ancianos han sido en su vida agricultores o pescadores. Sobre el nivel de instrucción, la mayoría tiene un nivel medio-bajo”, dice el intendente.

En Pioppi, el pueblo en el que en los años ‘50 se instaló el biólogo y epidemiólogo estadounidense Ancel Keys, conmovido por cómo la alimentación influía en la salud de la gente, María Lucibello fue maestra primaria durante 46 años. Hoy tiene 92 y pasa las tardes de verano en su balcón terraza con vista al Tirreno. “El Papa Francisco dice que los niños y los ancianos son el futuro del pueblo –repite María, orgullosa de los acolchados al crochet que borda con escenas mitológicas–. Porque los niños son los que harán la historia. Y nosotros, los ancianos, ya la hemos transmitido.” Su hijo, Giuseppe Scarano, es médico en Pioppi. Fue quien acompañó a un racimo de súper abuelos centenarios que viajaron el año pasado a la Expo de Milán, la exposición universal que se celebró entre el 1° de mayo y el 31 de octubre de 2015 y cuyo tema fue “Nutrir el planeta. Energía para la vida”.

Lo que comemos y lo que hacemos. “El Cilento es una comunidad cerrada y puede haber un componente genético, que podría ser un factor a considerar aunque no el único. La longevidad de esta población se debe a un conjunto de factores ambientales, del territorio. Aquí la gente lleva una vida lenta, no frenéica. La dieta mediterránea es el conjunto de lo que comemos y lo que hacemos. Es un acto físico y mental, la relación con el mundo externo”, dice Scarano.

Di Somma se entusiasma: “Hoy tenemos la certeza de que estas personas están protegidas. Algunas sustancias de la dieta mediterránea son particularmente eficaces como el aceite de oliva, el romero, algunas hierbas selváticas. No es tanto el romero como planta en sí sino que crezca en un terreno especial, un terreno que produzca un microbioma intestinal particular que se asocia a esta longevidad”.

Todas las tardes, frente al bar Cesare de Ascea, otro pueblo cilentano, sobre la vía Alento, se arman partidas de bríscola. Caballeros de diversas edades se reúnen en torno de mesitas de plástico a jugar a las cartas. Angelo Giordano, de 96, no falta nunca. Porque de lo contrario, si se queda en casa, la tarde se le hace larga. Lo lleva y lo trae en auto un vecino. Desde que enviudó –“estuve casado 66 años”–, don Angelo vive solo con dos gatos. “Como todos los días lo mismo: 60 gramos de fideos y porotos. Luego 500 gramos de carne y medio litro de vino. Esa es mi receta”, dice Giordano. Y fuma. Toda su vida fumó y fue comerciante. “Hasta los 48 años, que logré comprarme un auto, cargaba la mercadería sobre un burro y salía a vender. Después, con el coche, fue más fácil”, dice.

Envejecer bien. “No podemos traer al resto del mundo a vivir en el Cilento, pero si logramos demostrar que la dieta no es todo sino que hay bacterias y gérmenes que están en esta tierra que no se encuentran en ninguna otra parte del mundo y que ayudan a desarrollar un bioma intestinal favorable a la longevidad será suficiente –cree Di Somma–. Esa va a ser la segunda etapa de la investigación: envejecer bien como el futuro de la nueva medicina.” Y agrega: “Hay otro tema interesante: si la dieta mediterránea explicara solamente los altos índices de longevidad, ¿por qué cuando se la exporta no funciona? Porque lo que cuenta es el territorio donde se cosechan los productos de la dieta mediterránea. Si el aceite de oliva, cuando no es de producción casera del Cilento, pierde alguna propiedad, es preciso repensar el proceso industrial”.

Replantear el procesamiento y la elaboración de los alimentos podría desencadenar un conflicto de intereses económicos. Di Somma no lo niega: “Con los resultados de esta investigación nos vamos a ganar muchos enemigos. También la industria farmacéutica pondrá el grito en el cielo”, advierte.

“Estamos habituados a curar a las personas cuando se enferman. En Italia se gastan cerca de mil euros diarios para mantener a un paciente en un hospital. Si uno no lleva al paciente al hospital, se ahorra dinero y, a la vez, se puede diseñar un programa de sostén a la vejez. Aquí, en el Cilento, de un modo no elegido, por azar, se da una suerte de medicina preventiva: por el ambiente en el que se vive, lo que se come, la interacción social, la cultura, la tradición han producido una suerte de medicina preventiva que permite a las personas llegar a una edad avanzada sin tener grandes problemas –dice el intendente Pisani–. La técnica médica nos permite hoy llegar a los 100 años pero zurcidos, emparchados, como si fuéramos una especie de Frankenstein. En cambio, si conocieran a los viejitos del Cilento se darían cuenta de que son personas centenarias jovencísimas.” Mientras tanto, Angelo Giordano enciende el tercer cigarrillo de la hora de la merienda: “¿Que por qué la gente vive tanto aquí? Ah no, de eso no me haga hablar. Soy supersticioso. Llegué hasta acá, hasta los 96, y quiero seguir. No me haga hablar, no vaya a ser cosa que…”

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