Se recibieron hace 50 años y siguen dando clase de amistad

Las historias de 9 docentes del Gran Buenos Aires

Para festejar su día, planean un viaje a Bariloche. Quieren revivir aquellos años en los que estudiaban para enseñar. Dicen que aprobaron la materia más difícil: mantener intacta la vocación. Consejos para los que empiezan.

Julieta Roffo
Clarin.com Sociedad 10/09/16

Están sentadas alrededor de una mesa, las espaldas derechas, como en escuadra con las sillas. Levantan la mano cuando escuchan sus nombres, algunas dicen “Presente”, y deletrean el apellido si lo creen necesario: lo hacen con la prolijidad de los dictados mientras las demás esperan en silencio. Son los códigos que manejan estas nueve mujeres desde que hace 50 años se recibieron de maestras en el Instituto Sagrada Familia de Quilmes. En 1966 terminaron el secundario en esa Escuela Normal Nacional, y en la mayoría de los casos, fue en esa zona del sur del conurbano bonaerense donde ejercieron la docencia. Es en una librería de este partido donde a Silvia Drazul todavía le cobran más barato cuando compra útiles, y en un banco de esta zona donde una ex alumna que hoy es cajera atiende con prioridad a Elida Cala, que estuvo al frente de un aula durante 46 años. Fue en un local de Quilmes donde uno de los cuatro ladrones que intentaba asaltar a Mirta Ferretta y su marido la reconoció, les dijo a sus compañeros de robo “Ella fue mi maestra y la de mis sobrinos”, les hizo darse la media vuelta y se fueron. Es en esta mesa, con té, masitas y fotos viejas, donde estas nueve maestras se ponen de acuerdo para asegurar que la vocación y el amor son las materias primas imprescindibles para ejercer la docencia. Y es en el grupo de WhatsApp que las reúne –y que se llama simplemente “Amigas”– donde planifican el viaje a Bariloche, el destino típico de los egresados, que harán para celebrar medio siglo de amistad y de docencia.

“Lo más importante de este trabajo es que todavía te cruzás con los alumnos y te dicen que les sembraste amor: eso es impagable”, dice María Beatriz Hernández –Marita para las amigas–, que se jubiló tras 31 años de docencia. El amor también es fundamental para Elida: “Hay que estar en contacto con lo que les pasa a los chicos, saber qué sienten y qué piensan, siempre desde el afecto porque, si no es desde ahí, los chicos no aprenden”.

“Antes el maestro era palabra sagrada para los padres”, dice Silvia Ogallar, que en 1967 debutó al frente del aula ante alumnos de segundo grado. Para Elena Sasiain, “más allá de los cambios en los planes educativos que se produjeron en estos cincuenta años, lo que fue bajando siempre fue el nivel de exigencia; era impensable que nuestros padres se quejaran con los maestros por la cantidad de tarea que nos daban”.

“Vocación” es la palabra más repetida en esta conversación, en la que Marita asegura que “la lucha salarial existió siempre, pero nunca tiene que ser un impedimento para dar clases porque eso perjudica a los chicos”. Al respecto, Drazul sostiene: “Nosotras no trabajábamos pensando en el sueldo; incluso poníamos de nuestro bolsillo para las excursiones o para los útiles de los chicos”. Para Elida, “la falta de vocación actualmente se ve en dos cosas: los maestros no preparan la clase con anticipación, y en muchos casos ni siquiera corrigen los cuadernos”. Haydeé Rey dirigió 23 años una escuela de Berazategui y asegura que “uno de los problemas de los últimos años es que los padres crean que sólo los maestros deben educar a los chicos, cuando fundamentalmente ellos tienen que hacerlo”. Otro de los conflictos que estas maestras ven en la actualidad se da en algunos casos de alumnos con familias ensambladas: “A veces los chicos pasan el fin de semana con una persona que apenas conocen, que no quieren o que no los quiere, con quien apenas tienen confianza, y eso los entristece y repercute en su rendimiento”, reflexionan entre varias.

Pero no son todas malas notas para la educación de estos días: “Una cosa que se hace en muchas escuelas desde hace un tiempo y está muy bien es decirles a madres o padres que preparen una clase, que participen de esa manera”, cuenta Mónica Schaab. Para Haydeé “esa participación no sólo se ve en clases curriculares, sino que a veces los padres participan de talleres de pintura o de danza”. Elida agrega: “Muchas escuelas convocan a la familia en instancias como el Día de los Abuelos, en donde van a leerles a los chicos; la participación que antes se hacía a través de la cooperadora ahora, en muchos casos, entró al aula”.

Cincuenta años después de que le provocaran –partículas de tiza mediante– un ataque de asma a una profesora para evitar un examen, estas amigas se siguen riendo de la anécdota. “En el último tiempo estamos muy unidas, no nos alcanza el día que nos juntamos para charlar y ponernos al día”, dice Ogallar. Elena agrega: “Al grupo de WhatsApp le sale humo; y además llegamos a una edad –tienen entre 67 y 68 años– en la que aparecen problemas de salud nuestros o en la familia, y es muy bueno hacernos compañía en esas circunstancias”.

Entre otros planes para el viaje a Bariloche, Drazul –que empezó a convocar a sus compañeras para esta aventura hace tres años– quiere sacar una foto grupal en la Isla Victoria, donde algunas posaron hace medio siglo, cuando viajaron al finalizar la escuela. Esta vez la celebración es por los años de amistad transcurridos, por las fotos en blanco y negro y a color encabezando grupos de veinte, treinta y hasta cuarenta alumnos, por los (ya no tan) chicos que aparecen en Facebook para decir “¡Feliz cumple, Seño”. Porque Mirta dice: “Si volviera a nacer, sería maestra” y sus amigas, esta vez sin turnarse para hablar, se apresuran a decir: “Yo también”.

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