La partida

Marcelo Birmajer,
Clarin.com 23/09/16

–¿Qué es lo que uno quiere cuando juega contra el propio padre?– me preguntó un muchacho llamado Simón, a la salida de una residencia para ancianos. Simón había llegado allí para visitar a su padre; yo para entrevistar a una anciana sobreviviente de la Shoá. Ahora debíamos regresar a Capital y Simón se ofreció a llevarme en el auto. La ciudad parecía muy lejana no sólo por los kilómetros que nos separaban de ella, sino por la cantidad de tiempo que habíamos atravesado en apenas un par de horas. De algún modo, sólo fuera de Buenos Aires habíamos podido encontrarnos de tal modo con el pasado, sólo en Buenos Aires podríamos descifrar ese evento. En rigor, fue llegando a la calle Tucumán que Simón rememoró: “Hace 50 años que estoy en este mundo, hace 45 que juego al ajedrez.

Nunca fui especialmente fanático, pero mi viejo sí: se encargó de que desde chico supiera participar de esa batalla de estrategia. Tenía 12 años y ya iba al colegio con mi ajedrez pequeño en la mochila, preparado para pasarme todos los recreos del día ganándole a mis compañeros. Después de la escuela, llegaba a casa y lo iba a buscar al viejo. A él no le importaba si tenía que hacer un trabajo, si estaba discutiendo con mi vieja, nada: me veía llegar, agarraba el ajedrez grande de madera y nos poníamos a jugar. Llegábamos a jugar 5 partidos por tarde, a veces hasta seis, y con el pasar de los años eran cada vez más reñidos. Sin embargo, nunca le pude ganar un partido. Era algo que no entendía: yo le ganaba a todo el curso, pero mis compañeros siempre venían presumiendo que le ganaban a sus padres, jugando al fútbol, a las damas, al truco, al ajedrez mismo y yo, el campeón invicto, nunca le había ganado a mi viejo. Los dejan ganar, pensaba para mis adentros. Fue una duda existencial que hasta hace poco no me podía responder”.

“Un día, faltaban 2 semanas para que yo cumpliera los 47, mi viejo no me atendía el teléfono. Le dejé los nenes a Silvita –de quien me había divorciado hacía 2 años (ahora ya son 6)– y me fui para su casa. Cuando entré estaba sentado en la mesa. Todas las hornallas de la cocina prendidas y él miraba a la nada, llamé un médico y después de un rato volvió en sí”.

“Yo ya sabía la que se venía, el doctor fue clarito: tu papá tiene Alzheimer, hay que internarlo, va ir empeorando”.

“Yo vengo todos los martes a visitarlo, le hablo… y jugamos al ajedrez. En estos años, pasó de charlar poco a enmudecer, pero al ajedrez sí puede. No se acuerda ni cómo se llaman sus nietos, pero al ajedrez… me sigue ganando. Es inexplicable: ni el médico entiende cómo puede seguir jugando”.

“La semana pasada fue un martes de tormenta, hacía rato que no llovía así; encima el auto lo tenía en el taller, pero yo no lo podía dejar al viejo en banda: aunque después él ni se acordara, a mí me carcome la culpa cuando no lo visito. Me tomé el colectivo. Creo que cuando me vio llegar esbozó una sonrisa, pero no estoy seguro. Entré al cuarto, desplegué mi ajedrez miniatura, y arrancamos a jugar”.

“En la novena jugada me come la reina; sin embargo, yo venía bien, le había comido la dos torres, era un partidazo. Después de un largo tiempo de juego, ante mis ojos apareció la oportunidad que no había aparecido en 45 años: estaba a una jugada de hacerle jaque mate. Podía mover la torre y liquidar lo que había empezado hacía tanto tiempo, pero me frené y me dije: esto es lo que le queda, ganarme, jugar al ajedrez, no se lo puedo sacar… Y con una jugada torpe regalé mi torre. Mi viejo levantó la mirada del tablero y me miró con una lucidez que hacía años no veía en él; su cara se empezó a poner roja, se paró y me dijo: “Respetáme”. Después de eso volvió a mirar a la nada, ninguno de los médicos me creyó que había hablado y me dijeron que el ajedrez lo podía llegar a poner nervioso. Me prendí un pucho y me fui. No lo podía creer: casi le ganaba al viejo”.

Ya estábamos por llegar cuando Simón repitió: “Pero qué espera uno cuando, de niño, juega contra su padre. Si uno gana, es como derribar su propia casa. Pero si pierde, perder siempre es penoso. Lo que uno quiere, lo que uno quiere en realidad, es que la partida no termine nunca”.

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