Cómo podemos llegar a vivir 100 años?

Gracias a quienes nos acompañan, a mantener intereses diversos a lo largo del tiempo y a algo de genética, dice el especialista Carlos Presman

Gabriela Origlia

La Nación
VIERNES 16 DE SEPTIEMBRE DE 2016

Por su historia clínica no pareciera que Joaquín Sabina sea el más apto para recomendar cómo llegar a los 100 años. “Ponte gomina que no te despeine el vientecillo de la libertad; funda un hogar en el que nunca reine más rey que la seguridad; evita el humo de los puros, reduce la velocidad”, aconseja el madrileño.

Adán Rosas, a los 93 años, les acaba de prometer a sus hijas que viven en Austria regresar para festejar allí los 100. Tiene planes y una segunda esposa de 77, a la que define como “una piba”.

Con 96 recién cumplidos, el físico Alberto Maiztegui, dice que una de las claves es “no pelear contra el tiempo; recibirlo, usarlo y dejarlo. Querer lo que uno hace”. Elsa Andurno, a los 94, cuenta que pone “voluntad” para sobrellevar las “ñañas de la edad”. En la Argentina la expectativa de vida, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), es de 76 años.

El doctor en Medicina Carlos Presman, autor del libro “Vivir 100 años”, señala que el factor genético tiene menos importancia de lo que habitualmente se cree en la longevidad (pesa entre el 10 y 20 por ciento), mientras que son claves las condiciones socio ambientales (60%) y las patologías (30%).

Aunque más difícil de medir, enfatiza que la motivación para vivir, “el proyecto, la idea de futuro” prolonga la vida hasta en unos diez años.

“Mi vida es como la de todos; a los 37 años quedé viuda del único hombre que amé -dice Andurno a LA NACION-. Vivo feliz y quiero devolver todavía un poco más”. Va a clases de folklore al hogar de día Arturo Illia de esta ciudad, lee y hace manualidades. “No puedo estar quieta”, cuenta.

Vejez no es enfermedad

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A Presman lo inquieta que la ancianidad se use como un “disvalor, como un fracaso. El rechazo y el abandono de los viejos es una enfermedad de autoagresión”. No hay que asociar la vejez a la enfermedad, repite, ya que se puede llegar a los 100 años con los cambios propios del envejecimiento, pero sin patologías.

Aporta que dos tercios de los mayores de 65 años en los países desarrollados y con menor inequidad llegan activos, independientes y sanos, por lo que la “responsabilidad colectiva de mejorarles la calidad de vida” está sobre el tercio restante. “Escucharlos” es, a su entender, un aspecto crucial.

Desde lo médico, los extremos de la asistencia son la “gerontofobia” (el abandono) y los “encarnizamientos” sea terapéutico, farmacológico (para cada síntoma una receta), derivativo (desfile por especialistas), complementario (solicitar todos los métodos diagnósticos posibles) y el tiempista, “no darles tiempo en la consulta”.

Maiztegui -a quien una maculopatía le restó horas de lectura y le amplió las de escuchar música- señala que, cuando era joven, miraba los 80 como “un límite al infinito que se hizo finito. Vivir todos estos años es un premio, un regalo; por la familia, por los amigos, por los compañeros de trabajo”.

Está persuadido de que su longevidad se explica “por mamá y papá; no hice nada por merecerla. Dejo transcurrir los días haciendo lo que puedo”. Ex director del Instituto de Matemática, Astronomía y Física de la Universidad Nacional de Córdoba, lleva una “vida social intensa, todos los días hay alguien de visita”.

Presman advierte que, con el paso de los años, hay “más conciencia de la muerte; se habla de ella con más naturalidad”. De su experiencia en el consultorio se desprende que la preocupación está en “no sufrir en lo emocional, porque los dolores físicos los soportan, y en no molestar a los demás”.

Pertenecer a una comunidad

Rosas, seis hijos, 22 nietos y siete bisnietos, apunta que “se salvó tres veces”. Una, durante la Revolución Libertadora, cuando estuvieron a punto de fusilarlo. “Nunca tuve miedo; cuando tenga que llegar, llegará. Tomé el compromiso de llegar a los cien”, relata y recuerda que su mayor dolor fue la pérdida de dos de sus hijos y la década que pasó cuidando a su primera esposa, enferma.

Como tiene familia repartida por el mundo, mezcla los viajes con el estudio de guitarra. “Me va a costar, pero quiero sacar algunos tangos para tocar en reuniones de amigos”, el apunte lo hace mientras se prepara para limpiar la cocina.

Presman reitera que no hay una receta universal para vivir 100 años, pero sí sugerencias efectivas como 30 minutos diarios de actividad física, una alimentación variada en colores (en especial de frutas y verduras) y, sobretodo, la pertenencia comunitaria. “Es crucial que haya otro que motive a vivir. Por eso es importante trabajar el momento de la jubilación, reemplazar el ámbito laboral por otro, tener capacidad de adaptación”.

Maiztegui, con humor, le da la razón: “Tuve una amplia producción, fui muy trabajador, fue una maravilla. Tal vez esa sea la justificación de la prolongación de mi vida. Como de todo y me tomo un vaso de vino tinto, que es una buena receta”.

Para Andurno el amor de sus tres hijos, 11 nietos y tres bisnietos es el motor de su existencia. “Igual que el cariño de mis compañeros, que me homenajean porque soy la más vieja de la clase”, señala.

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