Los bordados de la abuela vuelven como un método antiestrés

Por Gabriela Botello
6 de agosto de 2016

Cada vez más mujeres profesionales aprenden a tejer al crochet o con telar, y a bordar con técnicas mexicanas o ñandutí.

“Hay gente que opta por yoga, otra por meditación y otras optamos por tejer. Te conecta con la maternidad y el hogar, pero con una vuelta de rosca: nos permite ser capaces profesionalmente. En este mix, el tejido es un puente”. La psicóloga Laura Ross sabe coser, sabe bordar y, aunque su arte está sacado del costurero de la abuela, lejos está de ser anticuada. Rescatando los patrones y agujas del pasado, Ross es sólo una de las tantas mujeres jóvenes que recuperan los oficios de antaño como un modo de relajarse y combatir el estrés.
La mesa del living de Yan Schenkel (36) está, como siempre, repleta de hilos. “Es una herencia de mi madre, entusiasta hiperkinética de las manualidades, y de los nudos náuticos de mi papá”, explica. “La diferencia es que yo creo personajes. El crochet es mi herramienta”, afirma.
Schenkel es el opuesto diametral del imaginario de la abuela tejedora. Pica Pau, el universo lúdico de más de treinta animales fantásticos que creó y compiló en un libro, es un fenómeno entre mujeres jóvenes, estudiantes universitarios sub 30 y entusiastas de las manualidades en todo el mundo con ganas de crear con sus manos.
“El crochet se convirtió en moda porque nos desligamos de la tendencia plasticosa de los objetos descartables de los 90 y empezamos a necesitar que nuestras cosas tengan amor. Hacer el propio juguete –como el propio pan o la propia huerta– es fácil y gratificante”, sostiene Schenkel, que organiza cursos de “amigurumis”, o animales al crochet, para tejedores de todo género y edad.
El ocaso y el resurgimiento de los oficios manuales se explica, según los especialistas, por los cambios sociológicos. “Las manualidades eran, hasta hace sesenta años, parte de la enseñanza obligatoria de la escuela primaria para las niñas como preparación para sus deberes de esposa”, explica la socióloga Julieta Caride. “Con la lucha feminista, las mujeres se divorciaron de los oficios como una forma de protesta contra ese mandato cultural y, por estigma o falta de tiempo, se mantuvieron alejadas de ellos”, sostiene. “El retorno de las manualidades tiene que ver con alcanzar la igualdad de derechos y ya no tener la presión de elegir la carrera por encima de la familia”, concluye Caride.
Manos a la obra. “Mi mamá nunca me enseñó a usar un telar o a bordar porque ella misma nunca aprendió, sólo tejía a dos agujas”, asegura la tejedora Manuela Aparicio (36). La curiosidad y los viajes fueron, no obstante, sus maestros y, hoy, enseña desde bordado mexicano e hindú hasta telar y ñandutí, un encaje guaraní que se teje sobre bastidores en círculos radiales con hilos almidonados.
“Hoy somos muchísimas las que ponemos los oficios de moda porque podemos hacer de todo sólo con nuestras manos”, explica Aparicio desde su taller. Gran parte de sus alumnos son mujeres y hombres jóvenes, que ocupan sus manos como una forma de terapia.
“El movimiento es un mantra que descansa el cerebro y funciona como cable a tierra”, comenta. Tanto es así que hasta los médicos celebran el tejido como una forma de meditación saludable (ver aparte).
Así, al menos, funciona para Analía Melgar (35), una contadora que encuentra relajación en el bordado. “Puedo, durante los treinta minutos de descanso en mi trabajo, alejarme de los números y las planillas y abstraerme a una concentración deliciosa que me libera del estrés”, asegura.
Melgar, bajo los auspicios de Aparicio, ya decoró todos los almohadones de su casa con diseños mexicanos.
Ellos también se suman
Parece que el arte textil sigue siendo territorio exclusivo de las mujeres. Pero cada vez más hombres se animan a las agujas.
“Son artistas, diseñadores e ilustradores que quieren darles una impronta manual a sus obras. Cada vez más toman talleres de bordado y hasta tengo médicos y contadores que se animan a los cursos intensivos de tres horas”, explica la profesora Manuela Aparicio. “Hay chicos que traen a sus novias a la rastra porque quieren aprender, pero les da vergüenza venir solos”, ríe Yan Schenkel, autora de Pica Pau.
“Es tonto creer que las manualidades son sólo para las mujeres: cerrar la puerta a una vía de expresión sólo por prejuicio es, también, cerrase como artista”, dice Matías Pan, un diseñador gráfico que hace muñecos en crochet.
*NOTA publicada en la Edición Impresa del Diario Perfil.

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