Libar de la vida: los sesenta años no llegan en vano, lo hacen con sumas y restas, heroicos

Camino por el campo, no tengo ganas de oler, comer ni cocinar. Quiero sólo errar y sentir la brisa del invierno en mis ojos. Aunque por muchos de los lugares que paso, veo, imagino un ínfimo fuego con una cacerola de arroz blanco, puro, con aceite de oliva y ajillo reciente. Me veo sentado allí con el silencio del tiempo, una melancolía primitiva y de estación fría que me invade desde la niñez.

Francis Mallmann PARA LA NACION DOMINGO 24 DE JULIO DE 2016

Una boina azul de felpón me cubre la cabeza. Cada año que pasa mis pelos están mas secos. Como si mi extremo superior hubiera estado expuesto por meses al sol y a los vientos alisios. Creo, estuvieron arriesgados a la misma vida, a las caricias, la nieve, el sol, la salitre del mar y casi siempre fueron largos, mismo ahora, ralos e hirsutos, insisten con aquella extensión de juventud, disipada en la negación del tiempo. Los sesenta años no llegan en vano, lo hacen con sumas y restas, heroicos. Son como los sedimentos de una arroyada cordillerana; bajo el agua traslúcida se ve un mapa con los signos de las décadas, piedras redondas erosionadas, musgos, junquillos y los verdines de amor. Remansos donde se crían alevinos y también correderas donde el agua se agita en turbulencias buscando su curso, ella va al océano, un lugar de descanso. Me apasiona la insistencia del agua que corre, no se detiene jamás; es una escuela de deseo, un acecho y andar osado que invade sin licencia a quien se pone en su camino.

Hay algo bello en el sumar años, como si la vida se asentara por fin, sin estrechez, en una enorme biblioteca erudita y vana. Al mirarla vemos los cuadernos de la existencia con cada rasgo moldeado por los abrazos y los empellones, se ven las altas cumbres de ciertas glorias coronadas y también los hermosos fangos desde donde nos levantamos una y otra vez, cabeza gacha o altiva. No importa. Salimos de allí lastimosamente para volver a encontrar un sol de ilusión y esperanza.

No tengo destino, sólo caminar por debajo de los centenarios plátanos. Paso por debajo de ellos y luego por una avenida de camelias, convertidas en árboles, están en flor y cubren las ramas y el pasto; unas ajadas, ardidas, otras tienen los pimpollos épicos y osados. Es francamente una flor voluptuosa, femenina. Como la mujer, que ha sido siempre mi mayor inspiración, tentación y deseo; su osada integridad, su valentía etérea, su paciencia académica y sus secretos indecifrables son la alerta del hombre.

Su constitución de mojadez, de huerto fértil. Sus sueños, que creemos descifrar una y otra vez con ingenua hombría, nos mantienen en alerta una vida toda, hasta hoy que de boina azul y pelos secos levanto mis pies buscando entre estas arboledas el destino de mi feminidad. Ella vive permisiva y asoleada en los jardines de mis sueños. Es uno de los rasgos de mis victorias, la abracé desde niño.

Estoy a favor de la vida y a favor de elegir. Esa enorme libertad de pronunciarse. Un futuro feliz es darle presencia al momento, aunque la vida es imprevisible, una caja de sorpresas, a veces parece regirse por sí misma como si se olvidara de nosotros. Tenemos que volver a buscarla, pedirle que se quede, que la deseamos con ardor.

Salgo de la avenida y llego a un monte de ombúes, no muchos pero históricos. Cada vez que los veo pienso que son plantas herbáceas y no árboles. Me sorprendo: su madera carece de anillos, es más bien esponjosa, son un hermoso símbolo de la pampa húmeda, su sombra ha sido reparo y cobijo de siestas gauchas y nativas. Antes de llegar a las casas, paso por los ceibos y me recuerdan los días enteros de diciembre cuando están en flor y paso horas trepado a sus ramas observando a los colibríes libar de sus flores. Yo también, como ellos, libé de la vida. Gracias.

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