La edad de oro: nadie envejece en el mundo de la moda

Vestirse sin trabas y por fuera de las normas es otra manera de celebrar la vida

Javier Arroyuelo LA NACION DOMINGO 29 DE MAYO DE 2016

No es para nada lo mismo tener nietos que ser, y sobre todo hacer de, abuelos. Sospecho que sea este el lema, escondido pero siempre in mente, de toda una franja de gente de 70 años para arriba, contemporánea de los Rolling Stones, entre 66 y 74, ellos. Trátase de señoras y señores que crecieron bajo los influjos mixtos del rock y del pop y que se sintieron exhortar por consignas tan contradictorias como el live fast, die young, de los años llenos de urgencia de la protesta, y luego en el hedonismo hecho a máquina de los 80, por un I want to live forever young que sonaba desesperadito. Quedó claro que entre la tragedia de morir joven y el sueño imposible de serlo hasta el último momento, valía mejor intentar lo segundo -si bien se trata, por supuesto, de un disparate integral, ya que todo pimpollo se abre, alcanza su esplendor y se marchita. Pero cabe señalar, como excusa para quienes quieren creer que de algún modo lograrán evitar la fase otoño-invierno del asunto, que el contexto social, la ilusión consumista en la que flotamos, estimula y promueve con todo su poder de convicción la fantasía del juvenilismo.

La moda desempeña un papel de cómplice activa en esta operación. Nadie envejece en el mundo de la moda. Los soberbios artificios del maquillaje y los engaños de la cirugía están supuestos impedir que ocurra semejante contratiempo, o bien, al menos, que se haga tan poco aparente cuanto se pueda. Sobre quienes se obstinan en aceptar las trazas del tiempo y no tienen reparos en exhibirlas sin tapujos, las revistas realizan, sin consultarlos y por medio de notorios programas gráficos, todas las correcciones que la pauta digital exige. Sería inútil pretender encontrar en la realidad las caras y los cuerpos maduros que aparecen en el álbum de imágenes de la moda, ya que toda dureza y toda intensidad habrán sido atenuadas. Se desliza un velo, un esfumado, para que la vejez no contraríe a quien la observa.

Otro tipo de velo, conceptual éste, que la moda encuentra aceptable y hasta encomiable en ciertos casos de edad avanzada es el de la excentricidad. La campeona de la categoría es Iris Apfel, negociante y diseñadora de textiles de Nueva York, instantáneamente célebre en 2005, a sus 83 años, cuando el Costume Institute del Museo Metropolitano le dedicó una de sus grandes muestras. Desde entonces, esta amante de las mezclas de estampados, texturas y de joyas étnicas, de piezas de diseñadores y hallazgos de mercados, notoria también por sus enormes gafas circulares y los labios intensamente rojos, se transformó en lo que la prensa de moda llama un ícono de estilo. Aunque se ha definido como la más vieja adolescente del mundo, no deja de confirmar, en las innumerables entrevistas y conferencias que da, lo cómoda que se siente con su edad. Claro que, rica y mimada por los medios y con un olfato certero para saber hasta dónde se puede ir muy lejos, Iris Apfel constituye un obvio caso de excepción. La excentricidad practicada a gran escala no está por cierto al alcance de la inmensa mayoría de la gente grande. Pero lo que esta señora demuestra y comparte es que no se trata de volver a ser joven, sino de divertirse con la idea de ser viejo.

Y, sin embargo, para las generaciones que estuvimos en todo lo que se encendió y brilló desde los grandes años rockeros, entregarse a la fantasía sastreril pareciera ser si no la más sabia seguramente sí la más divertida alternativa para lo que los publicitarios llaman, formularios y pegajosos, los años dorados. Vestirse sin trabas y por fuera de las normas, con liviandad y gracia es otro modo más de celebrar la vida, justo en aquel momento en que es más vital hacerlo.

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