Volvió el swing El baile de los abuelos es la nueva milonga

Es una tendencia global que llegó a la Ciudad. Hay academias, salones y campeonatos. La gente baila con la ropa de antes.

Clarín 3.4.16

Cuenta la leyenda que corría el mes de abril de 1984. Siete suecos, de los cuales no se sabe porque razón se habían vuelto fanáticos del swing, decidieron tomar un avión y viajar a Nueva York en busca de las fuentes. Sin Internet ni videos de YouTube, apenas habían conseguido algunos viejos videocasetes con películas de Fred Astaire. Harlem no era entonces un lugar amigable para rubios de casi dos metros. Pero ellos estaban empecinados en aprender con los maestros de los años dorados. Apenas llegaron, buscaron en la guía: Al Minns. Y lo encontraron al primer llamado. Minns, una leyenda de la década del ´30, no solo vivía. Además daba clases y estaba dispuesto a viajar a Suecia para enseñarles. Lo mismo ocurrió con el mítico Frankie Manning. El boom se estaba gestando. Pronto, el furor por los bailes de los abuelos se replicó en sitios tan remotos como Barcelona Corea, Lituania y…Buenos Aires.

Sí, en la tierra del tango, el swing se abre paso entre las milongas. Se organizan bailes para cada día de la semana, hay festivales y campeonatos internacionales, y hasta se abrió la primera escuela que enseña como bailar swing. Lugares como Niceto entraron en la movida y una vez al mes ofrece sus “Swing´s Party”. Así, Buenos Aires, se volvió el principal foco de Sudamérica.

Para empezar a entender de que se trata, primero habría que aclarar que el swing es la música y el lindy hop es el baile. Los bailarines, entonces, se llaman lindy hoppers. Como el tango, se baila en pareja, pero el guía puede ser tanto el hombre como la mujer.

Si volvieron los tocadiscos y hasta quieren reflotar el casetes, si jugar al ping pong los sábados a la noche está de moda, y las bicicletas con diseños más antiguos son las que tienen más “onda”, era lógico, que el swing también tuviera su regreso.

Hasta hace unos meses, Manuel Bicain , 36 años, ingeniero, trabaja como gerente de una empresa. Hacia doce que bailaba lindy hop. En noviembre del año pasado, dejó su trabajo y con sus socios (también bailarines) abrió la primera escuela de la Argentina, Swing City, donde antes funcionaba una colchonería, en una esquina de Villa Crespo. Las escuela tiene un programa dividido en niveles, tres salones (uno especialmente acondicionado para aprender tap), y un bar. Hay diez profesores y clases todos los días. Donde antes estaban las vidrieras, ahora hay vidrios con reproducciones de dibujos originales de los salones de New York. Empezaron con veinte alumnos. Ya tienen más de trescientos. Sólo en enero se inscribieron cien.

El boom del swing empezó dentro ese círculo donde lo retro es la avanzada. La vestimenta, hombres con trajes y mujeres con faldas acampanadas, calzaba a la perfección. Pero hoy, con quince fiestas por fin de semana, el swing atrapa público de todos lados.

Como Martín Piattini. Tiene 43 años, es licenciado en sistemas y tres veces a la semana toma clases. Hace dos años que empezó y está en el nivel “avanzado”, pero recién se animó a ir a un baile hace seis meses. Siempre quiso bailar, probó con salsa, pero la música no le gustaba. Sí, en cambio, el jazz. “Me divierto, hago algo artístico, estoy con amigos”, dice.

Manuel Bicain parece listo para bailar con Ginger Rogers. No concibe la idea de bailar swing sin la ropa apropiada: pantalón sastre de época, zapatos acordonados y camisa. Manuel explica este fenómeno: “Es que escuchás la música y es imposible no moverte. Es una música fácil de entender”. Los alumnos llegan porque quieren moverse, porque quieren divertise, pero la mayoría, aunque no lo diga, va por una cuestión social: “Buscan salir de lo de todos los días y llegás acá y es un viaje en el tiempo. Además, no está bien visto el levante, la gente quiere charlar, bailar sin sentir que después tenés que ir a la cama. Hay una cuestión de mucho compañerismo en el lindy hop. Vas a cualquier lugar del mundo, y decís que bailás swing y enseguida te van a abrir las puertas”.

Debajo de una réplica del cartel del Savoy Ballroom, meca del swing neoyorquino, espera Mariela Pardo para tomar la clase de las ocho de la noche. Se levantó a las seis de la mañana. Está cansada, pero no falta a ninguna de sus tres clases semanales. Dice que bailando se olvida de todo. Empezó en diciembre y, por ahora, ni piensa en ir a bailar. Aunque por las dudas, confiesa, ya recicló alguna ropa.

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