La cartera de la abuela

Durante años, los primos le regalamos carteras a la abuela. Con flecos, de cuero-cuero, con dibujos pampa. Lo único uniforme era el tamaño: mediana. La abuela estaba grande y su enorme -y eterna- cartera negra se había convertido en un tema familiar. La abuela agradecía: nunca las abrió. En cambio, cada tanto le cambiaba el cierre o le arreglaba una hebilla a la suya. Algunos creen recordar que la dejó en casa para un casamiento, pero lo normal era verlas juntas: la abuela, la cartera negra. De ahí habían salido, como de galera, una pelota (chica) para la plaza, los billetes para comprar un helado por cuadra en una siesta de verano; la linterna con la que subimos once pisos tanteando paredes y mil obleas de vainilla.

Patricia Kolesnicov
Clarin 15.3.16

Disimulada, la cartera había ofrecido -así dice el mito- la aguja de tejer que tuvo a raya al manolarga del colectivo, cuando la abuela no era tan abuela. Curitas, claro. El duplicado de la llave del auto cuando el tío perdió la original en Villa Gesell. Un frasquito de Colonia antes del examen de ingreso. Un destornillador. Horquillas y gomitas para el pelo primero y después, tampones. Ante la puerta atascada, media llave que supo hacer girar el mecanismo. Lo último, un cargador de celular.

Hubiera sido justo enterrarla con ella para que le arreglara la vida a todo el Cielo, pero no lo hicimos y nadie la usó más. Pienso en ella ahora, cuando los auriculares que llevo guardados hacen sonreír a mi nieto y me siento en el pasto para arreglarle el pantaloncito con unos de esos kits de costura que te dan en los hoteles. Tengo una mochila azul y rosa.

http://www.clarin.com/opinion/cartera-abuela_0_1540645951.html