Pepe Soriano: la recompensa es el afecto

Se sienta en una butaca del teatro donde, en minutos, encarnará a Andrés en El padre, la obra de Florian Zeller en la que se aborda la temática del Alzheimer y de cómo la enfermedad altera los vínculos afectivos, pero ya está hablando desde antes de sentarse, porque Pepe Soriano no encaja en la figura de un anciano entregado a los estragos del olvido o a las iniquidades de la senectud.
Recuerda todo con precisión, desprestigiando, a sus 86 años, a los dictámenes de la gerontología. Puede mirar hacia atrás, minuciosamente, sin cancelar el futuro.

Clarín 7.2.16

(Nota: El autor sin duda está equivocado acerca de os postulados de la Gerontología y Habría que decirle al autor de la nota que Soriano no desautoriza los postulados de la Gerontología, sino que los confirma y que la lucidez que el actor agradece tener, tiene mucho que ver con su modo de encarar la vida. Dra. Graciela Zarebski)

Barba rala, ojos claros intensos y en la mano, como un talismán, un tomo de poesías de Ernesto Cardenal. En el cuerpo, una vitalidad que deslumbra.
Tiene, además, la honestidad de admitir que una cosa es la imagen del actor consagrado -en España, donde vivió siete años, ganó el premio Goya por su rol de doble de Francisco Franco en 1988 -y otra el hombre de a pie: “A mí me costó mucho crecer, madurar, porque en mi época todo era más cerrado, más hipócrita. Recién a los treinta y algo de años empecé a tomar conciencia de quién era en este mundo, y qué capacidad tenía para afrontarlo -confiesa-. Era un poco primario, había entrado a la Facultad de Derecho, pero de todas maneras eso no era esencial: esencial era la convivencia, criar a los hijos. Pero las relaciones, incluso las laborales, siempre han sido conflictivas. Empezar a reconocer a la gente inteligente, que la había, me provocaba también alguna envidia, porque venía de una casa donde no había libros; hay gente que me cuenta ´yo pertenezco a la clase media, mi viejo era profesional´. Mi padre era empleado del Estado, mi madre murió cuando era chico, me crié con mi hermana Margarita y dos abuelos calabreses analfabetos, y no era fácil”, revela, condensando parte de su historia.
Dice que el protagónico de El padre lo ayuda “a comprender la fragilidad de la vida”. “Me llevo bien con la vejez: he transcurrido aceptando cada momento. Soy un hombre grande y vivo como tal: lo que agradezco a la vida, a Dios, es estar lúcido”, sostiene.
Este hombre camaleónico, que ha sido el incorruptible Lisandro de la Torre; Schultz, el anarquista de La Patagonia rebelde o, ícono atemporal, la voraz anciana de La nona, se reivindica como “un trabajador” inmune a la estelaridad y sus oropeles falsificados. Casado con la psicoanalista Diana Hughes, si se le pregunta por los hitos que cimentaron su estatura de gran actor nacional, no habla de un personaje o de una obra puntual. Prefiere citar los encuentros con seres que lo ayudaron a devenir artista. “Primero, la formación: con Antonio Cunil Cabanellas, en un grupo teatral de la Facultad de Derecho, hasta que a los 19 dejé abogacía por el teatro. Luego de debutar en Sueño de una noche de verano, en el Teatro Colón, ya tengo hitos: tengo a Osvaldo Miranda, Carlos Gorostiza, Carlos Gandolfo, Alberto Ure, Juan Carlos Gené y Agustín Alezzo, maestros, no desde la clase, sino en escena. Ahora me dirige Daniel Veronese, y es un maestro. Siempre nos faltan herramientas, hasta el final. Lo que sirve es rodearse de gente que vale la pena”. Ha filmado más de 50 películas y actuado en incontables obras de teatro y programas de televisión. Vive, desde siempre, en Colegiales, en la casa donde nació, y que supo tener de vecino al poeta Raúl González Tuñón.
Recapitulando su dilatado andar, resucita el pasado: “En 1955, Miranda me recomendó en el Teatro Comedia, trabajé un año en la revista, y me di cuenta de que no era lo que quería. Fui porque Osvaldo me empujó, y él sabía entonces más que yo. En ese momento Carlos Petit me quiso llevar al Teatro Nacional. Yo ganaba 300 pesos en el San Martín, y 1300 en la revista. Petit me ofrecía 2600. Le dije ´le agradezco profundamente, pero no es lo que quiero´. Y estuve varios años actuando en el teatro que Gorostiza tenía en la calle Chacabuco, en cooperativa. Y, al mismo tiempo, era corredor para el frigorífico Montegrande y también vendía libros. Subsistía”. La fama es un misterio: “En algún momento, creo que fue con Rashomon, el panorama se empezó a abrir. Kive Staiff hizo una crítica maravillosa sobre mi persona, y pienso que eso hizo insight en algún lado, y empezaron a llamarme. Y, desde entonces, trabajé hasta hoy con el objetivo de buscar hacer lo mejor”. Irreductible, define su credo: “En el escenario hay que brindarse a quien se vistió, dejó su casa y pagó una entrada. Tengo la obligación de respetarlo. ¿Quién soy para no hacerlo? Estoy obligado. ¿Y por qué lo hago? Porque a cambio me da afecto. No es que me paga sólo la comida diaria, sino que me da afecto, y lo necesito. Y es como agua que se me escurre de las manos, cada noche. Entonces, mañana tengo que volver, para que me aplaudan otra vez”.

http://www.clarin.com/opinion/Pepe_Soriano-Historia_de_vida_0_1518448202.html#