Pepe Soriano: “estoy en el tramo final del tercer acto de mi vida”

El estreno de El padre muestra al extraordinario actor frente al fantasma del paso del tiempo y reflexiona sobre la edad, la carrera y este nuevo trabajo

Norberto Chab PARA LA NACION DOMINGO 17 DE ENERO DE 2016

“Hay compañeros que hacen piruetas sobre un escenario y esas piruetas conmueven. Yo no sé si soy capaz de hacerlas. Tampoco era capaz Alfredo Alcón, que llevaba a escena propuestas difíciles, complejas, de resultado incierto. Y, sin embargo, recibía una respuesta extraordinaria. Él tuvo un lugar maravilloso, único, y todos tratamos de emularlo. Yo lo hice desde mi lugar, con el compromiso de componer siempre diferentes personajes. Elegí ese camino con alegría. Y no me arrepiento.”

Monólogo de un hombre solo frente a su nuevo desafío. Pepe Soriano, 86 años, la memoria y el cuerpo bien plantados, el deseo latente.

El desafío es El padre, la farsa trágica de Florian Zeller (ganadora de tres premios Molière en Francia), que presenta en el Multiteatro junto a Carola Reyna, Fabián Arenillas, Magela Zanotta, Marina Bellatti y Gabo Correa, dirigidos por Daniel Veronese.

Pero la obra tiene un eje que desvela a Soriano. Se trata del paso del tiempo. De cómo un anciano se pierde paulatinamente en el laberinto de sus propios recuerdos. De una enfermedad que pone a prueba sus relaciones más cercanas.

Y Soriano -tan luego él, el taumaturgo de las tablas que desde hace casi medio siglo compone viejos gloriosos, como aquel Don Berto de la televisión de fines de los 60, Lisandro (su monumental biografía teatral de Lisandro De la Torre), el testarudo Señor Green, el entrañable Loro calabrés (un unipersonal de su autoría con el que recorrió el mundo) y el más cercano e igualmente familiar protagonista de La Nona-duda.

-¿Qué conflictos interiores enfrenta al abordar este texto?

-Por primera vez en mi vida encuentro una obra que habla del deterioro humano, del final, en forma bastante oscura. Tengo muchos años y estoy en el tercer acto de la vida. Mi problema no es de memoria ni físico. Pero siento que es posible la cercanía de la pérdida de parte de la memoria, o de la modificación del vínculo familiar y afectivo con los demás.

-¿Qué motivación encontró, entonces, para componerlo?

-La misma de siempre: elijo textos que expresen parte de la realidad en la que vivo. Un poco a la manera de El loro calabrés, al que le sigo encontrando vigencia. Lo estrené en un momento muy duro ( 1975), pero yo necesitaba contar quién era de mi propia boca. No vivía ni vivo en una torre de cristal ni en una estrella especial, y cuando termino de trabajar me convierto en un hombre común, que ando por esta maravillosa Buenos Aires, para retomar la tarea al día siguiente. Ese texto expresaba lo que yo elegí. Y eso significa también estar preparado para los fracasos.

-A lo mejor, ésa es “la pirueta que le gusta a la gente” que usted eligió.

-Es cierto. Tiene que ver con una manera de vivir. Estoy más que nunca en el último tramo de mi tercer acto de mi trabajo de actor, y quiero defender mi coherencia. Mi coherencia viene desde mi origen, que es el de la gente de trabajo. Y no de clase media, sino muy, muy humilde. Gracias a mi coherencia reivindico a esos inmigrantes que eran mis abuelos, que llegaron a esta tierra con la misión de comer todos los días. Yo no voy a transar con eso: seguiré pensando como siempre.

-¿Y cómo piensa?

-Días atrás, realizaron una encuesta en la que el público elegía a qué actor querían preguntarle cosas. Me tocó a mí y me hicieron esa pregunta. Les dije: piénsenme donde quieran. ¿Quieren pensarme como comunista, socialista, demócrata, radical, peronista? Tal vez me encuentren en cualquiera de esos lugares. Eso sí: siempre voy a estar del lado de los que no tienen. Después, como no tengo militancia ni defiendo una camiseta determinada, pónganme la ideología que quieran.

-Cuando le propusieron hacer El padre, ¿quién decidió hacerla?

-Yo. A mí nadie me dice lo que tengo que hacer. Siempre me reservé la dignidad de aceptar lo que quiero. Cuando me la trajeron lo pensé mucho, porque es una obra muy difícil. Pero después recordé dos frases muy hermosas, complementarias, que fui encontrando en la vida. Una es de un amigo filósofo que tenía. Una vez me regaló un libro con una dedicatoria: “Caro Pepe; uno es lo que hace y hace lo que es”. Y después, con los años, cultivé una hermosa amistad con Roberto Fontanarrosa, que me dijo: “Caro Pepe; uno es lo que hace y hace?lo que le dejan”.

-¿Cómo era usted como hijo? ¿Qué representaba el padre como figura?

-No fue una vida fácil. Viví con mis abuelos, analfabetos llegados de Italia, buena gente de trabajo. Pero para ellos la lectura no existía. Fue difícil desarrollarse en ese medio, adquirir una mínima noción de la realidad. De mi casa recibí afecto y el valor de la palabra y la amistad. Mi madre murió cuando yo tenía 12 años. Mi padre hizo un gran esfuerzo para pagar las deudas ocasionadas por la muerte de ella y para que yo estudiara. Fui un buen estudiante del Colegio Nacional 31 y un regular estudiante de la Facultad de Derecho: allí había lecturas que no me atraían. Hasta que descubrí que había un teatro universitario, con un elenco integrado por alumnos de varias facultades, dirigido por Antonio Cunill Cabanillas. Me tocó ser su alumno y debutar como actor profesional en el Teatro Colón, con Sueño de una noche de verano, con música de Mendelssohn. Así fui aprendiendo este oficio.

-¿Qué cree que aquel estudiante que hizo Shakespeare pensaría del lugar que ocupa hoy?

-Aquel chico tenía muchos méritos como principiante, pero no dejaba de ser eso. Los primeros días le preguntaba a Cunill por qué no me alcanzaba el escenario cuando decía la letra. Él me enseñó a caminar y a llegar hasta el final. Me hizo amar este oficio, donde desarrollé mi supuesta creatividad y mi placer personal. La gente más linda y los mejores amigos los tuve a través del teatro. ¡La gente que más detesto en el mundo también! Fue mi manera de vivir. Y no estoy disconforme. La gente me dio mucho. Y devolví lo que pude con la mayor honestidad. Hace cuarenta años, cuando hacía el monólogo final de El loro calabrés, decía algo que sigue teniendo vigencia: “Ojalá que como el trigo, sepamos ser pan un día”.

El caso Sagai: la absolución no atenúa la bronca

Soriano pasa de la reflexión a la furia cuando se instala en la conversación el tema Sagai (Sociedad Argentina de Gestión de Actores Intérpretes, fundada en 2011 para “gestionar y administrar colectivamente los derechos de propiedad intelectual generados por la comunicación pública de las interpretaciones de actores y bailarines”, según su estatuto), de la cual es presidente. En diciembre de 2015 fue sobreseído del cargo de “administración fraudulenta” (allanamiento incluido). Pero ni la sentencia absolutoria alcanza para atenuar su indignación. “Nunca traicionaré la honestidad que pongo en esta tarea -se exalta Soriano-. Soporté que alguien me haya caracterizado vestido a rayas con una bola en cada pie, a mí y a mis compañeros. Como máximo responsable de la institución, puedo demostrar cabalmente mi buena fe. La Justicia demostró que tras cinco años de trabajo las acusaciones no fueron ciertas. Sé cuáles son mis posibilidades: soy David contra Goliat, y con una piedra no puedo ganar la batalla. Detrás de las mismas hubo intereses extranjeros”.

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