“Para conquistar a mi mujer cambiaba de malla y pasaba por su carpa”

El guardavidas más viejo de Mar del Plata

Tiene 70 años y rescató a más de mil personas. Amores, proezas y aventuras de una “estrella” de la Costa.

Clarín
23.1.16

“Nací cuando finalizó la Segunda Guerra Mundial”. Así se se presenta cuando los chicos le preguntan su edad. Dice que es para probar si los más jóvenes saben historia y de paso para confundir y tratar de robar algún año. Se llama Daniel Banga y con casi 71 años (cumple el jueves) es el guardavidas más antiguo de Mar del Plata. Asegura que tiene más de mil personas rescatadas “como la cantidad de goles que tiene Pelé, con quien me saqué una foto” y dice que una sola vez tuvo miedo de morir ahogado. En las playas del sur es una estrella y para los que recién empiezan, un ejemplo.

Se mueve para todos lados, gesticula, corre hasta el agua y vuelve, salta; atiende la consulta de algún turista y retoma la anécdota. Escuchar alguna de las historias de Daniel es como estar en la filmación de una película de acción. Todo tiene adrenalina, emoción y pasión. Mientras espera que le salgan los papeles para la jubilación, se lo puede ver todas las tardes sentado en la garita de los guardavidas en la playa del Autocamping el Faro, en el sur de La Feliz.

Nació en Buenos Aires y desde chico comenzó a vacacionar en Mar del Plata junto a su mamá y sus tres hermanos. Su papá había fallecido por lo que para poder pagar las vacaciones de la familia tenía que trabajar en temporada: “Empecé limpiando los balnearios y rastrillando la arena, pero yo lo que quería era ser guardavidas. Yo los veía a esos hombres musculosos, bronceados, con mujeres alrededor y me moría de envidia. Cada vez que volvía a mi casa le decía a mi mamá que el próximo verano iba a ser uno de ellos”.

Y ese verano llegó. Cumplió 17 y lo llamaron para que patrulle el mar: su sueño se hizo realidad. Pero no todo fue alegría: “En enero del 62’ yo estaba sentado mirando el océano y veo que alguien hace señas. Salto y me meto al mar, pero cuando llego el hombre estaba fallecido. Había muerto de un paro cardíaco”, cuenta y agacha la mirada para luego revelar un secreto: “Durante años soñé la cara de ese hombre. Me despertaba y sentía que lo tenía al lado”.

La batalla más dura dice que fue en 1973, en Punta Mogotes, cuando durante una hora estuvo luchando contra las olas para rescatar a un joven que se lo chupaba el mar. “Antes de salir la mamá me agarró del brazo y me pidió que por favor le devolviera a su hijo con vida”. El mar estaba picado y la soga para volver a la costa se le cortó: “Pensé que nos íbamos a morir, pero después de luchar pudimos regresar. Cuando llegamos la mamá y el chico me abrazaron y lloramos juntos”.

Su vida es el mar y la playa, de hecho allí conoció a su mujer, un verano en el que ella alquilaba una carpa con sus padres. “Yo me hacía el canchero y pasaba para que me viera. Venían todos los días al mismo lugar y yo la esperaba, sabía que me miraba también”, narra parado en la orilla: “Para conquistarla me cambiaba la malla cada media hora, usaba como siete shorts en un mismo día”. Con su mujer tuvieron dos hijas mujeres, las dos profesoras de gimnasia.

Ahora ya no nada tanto, pero corre. Todas las mañanas sale a trotar en la arena o en el parque y tiene tan buen estado físico que participó hace poco en el famoso Triatlón Iron Man de Hawaii en el que se convirtió en el argentino de mayor edad en participar. Su marca fue de 15 horas y 50 minutos para cubrir los 3,8 kilómetros de natación, 180 kilómetros de ciclismo y 42 kilómetros de pedestrismo. “Nadé y corrí en varios países como Estados Unidos, Italia, Bélgica y acá enfrente –dice y señala el océano– en África”.

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