Woody Allen a los 80 años: el ingenio incansable de un genio pesimista

Acaba de llegar a la octava década de vida, pero eso no le impide estar tan activo como siempre. Un nuevo libro del crítico español Natalio Grueso cuenta su vida y analiza su extensa filmografía. Infobae publica un extracto centrado en la relevancia del humor en su obra

25.12.2015

Si hay algún elemento característico que vertebra la vasta obra cinematográfica de Woody Allen, ese es, sin lugar a dudas, el humor. Si sus primeras películas no eran más que una sucesión de gags sin pretensiones, hilvanados por un finísimo hilo argumental, con el paso del tiempo su obra se tornó más profunda, más reflexiva, incluso más oscura. En cualquier caso, como él mismo dice: “El cine que busca la belleza es casi siempre un cine sin risas”.

Sin embargo, y con independencia de cuál fuera el tema central del argumento, el sentido del humor siempre estaba presente, como una sutil membrana que todo lo envuelve. Da igual que el motor principal de la película sea el asesinato, la venganza, el desamor o el precio de la fama; cualquier tema, hasta el más trágico, puede convivir perfectamente con unas pinceladas de humor. Esto no significa que el cine de Allen haya abandonado por com­pleto la idea de la comedia en estado puro. Un buen ejemplo de ello es La mirada de los otros, del año 2002, en la que un director de cine, nuevamente interpretado por el propio Allen, se queda ciego en pleno proceso de rodaje de su película, y tiene que seguir adelante fingiendo que nada ocurre. En esta ocasión el director no oculta su satisfacción con el resultado: “Es una de las pocas películas, de entre todas las que he hecho, que puedo decir que me gustan”.

La idea de partida se prestaba mucho para hacer comedia, y Allen le saca todo el partido al guión, lo exprime con maestría. En el estreno, en el Festival de Cannes, el público la recibió con una gran ovación, especialmente algunos chistes que destacaban el amor de los franceses por el cine. Ese fue también el debut de Allen sobre la alfombra roja de un festival de cine, pues nunca antes se había dejado ver en ese tipo de eventos.

En una entrevista televisiva concedida al periodista y escritor Richard Schickel, el autor explica por qué esta película se encuentra, desde su punto de vista, entre las más logradas de las suyas.

“Su simplicidad funciona muy bien. La filmé de una manera muy sencilla. Las interpretaciones funcionan. La historia se desarrolla correctamente. Con ello quiero decir que, a medida que avanzamos, el argumento se desarrolla con fluidez, acompasadamente, y encuentro que los chistes son lo bastante ingeniosos y divertidos. Simplemente funcionan. Creo que es una película que la gente puede disfrutar, tal y como la he disfrutado yo”.

Y sin embargo la película resultó ser un rotundo fracaso. Afortunadamente, y gracias a los fieles que Allen tiene en Europa, se salvaron los muebles y el filme incluso generó algunos beneficios, pero en Estados Unidos no funcionó. El director dice que no le encuentra explicación, porque para él es una de sus comedias más conseguidas, que partía de una idea brillante, con un buen guión, bien interpretada, bien filmada. Pero los caminos del triunfo en los proyectos artísticos son así de inescrutables; aún nadie ha conseguido dar con la piedra filosofal que nos revele la fórmula segura del éxito.

Allen había iniciado el siglo XXI con tres comedias rodadas del tirón, una por año, basadas en tres ideas que tenía entre manos desde hacía tiempo y que le apetecía llevar a la pantalla cuanto antes. Se trata de Ladrones de medio pelo (2000), La maldición del escorpión de jade (2001) y la ya mencionada La mirada de los otros (2002). Algunos críticos consideraron que aquello era una vuelta a los orígenes, a ese cine más ligero que tantos éxitos le había hecho cosechar en el pasado. Las dos películas precedentes obedecían a patrones totalmente distintos (Acordes y desacuerdos y Celebrity) y habían sido recibidas de forma discreta tanto por la crítica como por el público.

Pero quien piense así es que no conoce en absoluto a Woody Allen. Él jamás se mueve por una estrategia comercial calculada, o por un interés concreto, o por una estrategia muy pensada y perfectamente diseñada. Él, simplemente, hace la película que le apetece en cada momento, la que le pide el cuerpo en un instante determinado. Los ejemplos que corroboran esta actitud son numerosos a lo largo de su carrera, como el rodaje de Interiores tras el éxito de Annie Hall o el de Recuerdos tras Manhattan. Y es que Allen considera que lo más importante en la vida de un artista es mantenerse fiel a uno mismo, no tratar de agradar a un público determinado, porque a largo plazo eso suele salir mal, sino, por el contrario, ser coherente con las propias convicciones, ser honesto con lo que uno siente, porque aunque un proyecto determinado pueda salir mal, esa es la única forma de lograr una carrera sólida y consolidada.

Hay una frase del músico Thelonious Monk que refleja a la perfección la concepción artística de Woody Allen. Monk decía que no hay que tocar lo que el público quiere oír, hay que tocar lo que uno quiera y dejar que la música atrape al público. Esa misma es la estrategia de trabajo seguida por Allen.

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