Odio Envejecer

Woody Allen (1935-) decía el 04 de febrero de 2009 “odio envejecer”. “Estoy más viejo. Me lastimo el pie y tarda dos meses en curarse. Y eso no me gusta. Antes hacía ejercicio por placer. Ahora tengo que hacerlo. Igual que con las cosas que debo comer”. Tiene que atenerse a su dieta, que incluye verduras verdes y pescado, y dice de ella “todas esas cosas sin ninguna gracia y para nada placenteras que supuestamente te mantienen sano”. Señala que sus padres comían carne y helado todos los días y su padre llegó a los 100 y su madre a los 95. Siempre celebró sus buenos genes, pero leyó una nota donde decían que la longevidad no es hereditaria “entonces me quejé por eso”.
Mejor no hablemos de los maridos agotados a través de extensos matrimonios a los que les cabe el chascarrillo “permuto señora arrugada y que protesta por un fuelle que rezonga”.

por
Dr. LEONARDO STREJILEVICH

Nos estamos poniendo viejos cuando todo nos duele y lo que no nos duele no funciona; cuando el brillo en nuestros ojos es el reflejo del sol en los lentes bifocales o en los lentes intraoculares después de la cirugía de cataratas; cuando nos sentimos mal por la noche anterior aunque no hemos salido de casa; cuando nuestra agenda secreta contiene sólo números telefónicos de médicos; cuando nuestros hijos comienzan a ser personas de mediana edad; cuando nos hacemos socios de un gimnasio y no vamos; cuando nuestra mente se propone cosas que nuestro cuerpo no puede cumplir; cuando conocemos todas las respuestas pero nadie nos hace preguntas; cuando nuestra sección favorita en los diarios son las efemérides y los obituarios.
Otra alternativa es optar por “Morir linda/ morir joven /morir tersa /antes que el deterioro de la vejez /se derrumbe en mi piel /pulverice los huesos/ debilite mis vértebras, morir salvada del alzheimer /del reuma /del pami /de la soledad /del desamor”. Naty Menstrual (Buenos Aires; 2006).
Afortunadamente más del 80 por ciento de los adultos mayores tienen una “salud de hierro” como reza el estupendo poema de Georges Brassens (1921-1981):
Con este montón de nieve/Que cubre, cubre mi pelo,/Podrían pensar a simple vista/Que me hago viejo en el oficio,/Y bien, Señora y Señores/No es más que una falsa apariencia/No es más que una comedia/Que una parodia./Es para intentar parar en seco,/El avance del tiempo que corre,/Para persuadir a ese viejo sinvergüenza,/Que todo el mal está ya hecho./Pero bajo la peluca, tengo/Mis verdaderos cabellos, color de azabache./No estamos en la víspera, ¡buen Dios!/De mi adiós./Y si tengo un aspecto menos vivaracho,/Menos sólido sobre mis corvejones,/Si camino con lentitud,/Con un paso de senador,/No digáis: “Está tullido”./No digáis: “No puede más”./No es más que una comedia/Que una parodia./Un intento de dormir el tiempo,/Calculador impenitente,/De revolverlo todo, de enredarlo todo,/En el fatídico reloj de arena./De hecho, por detrás del decorado,/Como con veinte años, yo corro aún./No estamos en la víspera, ¡buen Dios!/De mi adiós./Y si el corazón se lanza a conquistar menos a menudo/Y más lentamente que antes,/Si cazo con menos celo/A las gentiles señoritas,/No penséis que estoy harto/De sus caricias, sus besos./No es más que una comedia,/Una parodia,/Para convencer al tiempo burlado,/Que mis fiestas galantes han terminado,/Que dejo la escena,/Que no entraré más en liza,/Pero sigo siendo un galán redomado,/Siempre activo, siempre mujeriego./No estamos en la víspera, ¡buen Dios!/De mi adiós./Y si alguna vez, al cementerio,/Un día de estos, llevan a enterrar,/A un tipo muerto que/se me parece hasta confundir,/no vayáis a ahogar al apuntador,/dejando correr vuestras lágrimas./No es más que una comedia,/Una parodia./Y luego, con un efecto teatral, cuando/Haya pasado algún tiempo,/Creyendo que se ha consumado la farsa,/Yo, muy feliz, muy jovial,/Me exhumaré del hoyo/Para saludar bajo los bravos./No estamos en la víspera, ¡buen Dios!/De mi adiós.
Que lo digan Mario Vargas Llosa (80 años) y María Isabel Preysler Arrastia (64 años) que se casan en este año de 2015. “La edad no te protege del amor, pero el amor –de alguna manera- te protege de la edad” (Jeanne Moreau). “Envejecer no es para los débiles” (Bette Davis).
La mayoría de nosotros desea un significado para la vida, valores que permitan vivir con dignidad, amor, trabajo, buenas relaciones familiares y sociales, decidir qué es lo que no se quiere y apartarlo de la vida. Con la vejez se pierden el ego, los mandatos familiares, el status social, el exitismo, la necesidad de ser aceptados, de pertenecer, de ser parecidos a; en el fondo todas estas cosas son lastres que llevamos a cuestas.
“Una cultura que no enseña a envejecer produce monstruos, jóvenes envilecidos por el racismo de la edad o viejos adolescentes” (Louis Pauwels).
No hay recetas mágicas ni buenas y efectivas para todos por igual pero sí suelen ser buenos los consejos de no tomarse la vida demasiado en serio porque no saldremos vivos de ella y mientras tanto conviene vivir intensamente y lo mejor que se pueda.
Se ama y respeta a un adulto mayor cuando se lo deja hablar libremente y sin limitaciones porque hay en su pasado un tesoro lleno de verdad, de belleza y de bien; se lo deja vencer o ganar en las discusiones, porque así se siente seguro de sí mismo; se lo deja visitar a sus viejos amigos porque entre ellos se siente revivir; se lo deja contar sus historias repetidas, porque se siente feliz cuando lo escuchamos; se lo deja vivir entre las cosas que ha amado, porque sufre al sentir que le arrancamos pedazos de su vida; se lo deja gritar y protestar cuando se ha equivocado porque los ancianos tienen derecho a la comprensión; se lo deja e invita siempre a ocupar un asiento en el automóvil de la familia cuando van de paseo o de vacaciones, porque el próximo año pueden haber remordimientos de conciencia si ha muerto; déjalo envejecer con paciencia y amor con que dejas crecer a tus hijos; déjalo rezar si quiere y como él sabe, en el camino que le falta por recorrer hasta el final; déjalo morir en paz y con dignidad y no te encarnices tratando de retenerlo un minuto más a costa de su sufrimiento.
Para la tradición judía el respeto por los mayores es una mitzvá (= mandamiento). Proverbios y salmos rivalizan en alabanzas para ellos: ‘Ponte en pié antes las canas y honra el rostro del anciano” reza el Levítico (19,32) y la ley de Moisés garantizaba ese respeto: “Honra a tu padre y a tu madre, para que se prolonguen tus días sobre la tierra, que te dá el Señor tu Dios” (Ex,20,12). Y finalmente dice el Deuteronómio (32,47): “Los que respetan la ley llegarán a viejos’. Es hora de que cada uno de nosotros comencemos a reconocernos en el viejo que algún día seremos y que las nuevas generaciones sientan orgullo de pertenecer a una comunidad que honra a sus mayores. A una edad avanzada uno se las arregla con bastante soltura para seguir incomodando y para usufructuar de aquello que parece ser una de las pocas virtudes de la vejez “la libertad otoñal”, una suerte de retorno a la adolescencia transgresora que puede abrirse paso cuando las canas liberan de la trabajosa responsabilidad de caerle bien a todo el mundo; es como una segunda inocencia (paráfrasis de Milan Kundera y Antonio Machado).

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