El legado de los abuelos sigue siendo un privilegio

Estamos inmersos en una sociedad que rinde culto por la imagen y en la que los modelos oscilan entre la belleza y la juventud. Esto delimita a la vejez en un marco cultural que lleva al rechazo de la realidad de esta etapa de la vida. Así, se fomenta un estereotipo de la tercera edad que la muestra como invalidada física e intelectualmente, imposibilitada de manejarse con autonomía e inadaptada a las nuevas tecnologías. Ese estereotipo alude a la decadencia y a la falta de vida.

Si se habla de ancianidad, hay que saber que se está hablando de uno mismo, del misterio de la propia finitud, de la propia vejez y de la propia muerte. Esas reflexiones reclaman la aceptación de la pérdida y del paso de los años. El desafío que enfrenta el abuelo en la sociedad actual exige aprender a saber hacer y vivir con la realidad del momento de la vida; ello le brindará la serenidad necesaria que alivia frente a la exigencia cultural que intenta imponerse.

María Dimier de Vicente

Clarín 22.11.2015

Las nuevas familias distan del modelo predominante de mitad del siglo XX y proliferan estructuras más estrechas, mientras coexisten temporalmente de tres a cuatro generaciones. Este “eje vertical familiar” reclama un mayor compromiso entre los vínculos de las distintas generaciones a favor del mantenimiento de la vida cotidiana. El abuelo puede convertirse entonces en una pieza esencial de las redes familiares por su capacidad de ayuda a la familia, en muchos casos por exigencias laborales o económicas de sus hijos. Anteriormente, eran los descendientes el cobijo de los padres en su vejez, pero en la actualidad esta ayuda se ve reducida o invertida, cuando adquieren un rol activo en la asistencia a la familia de sus hijos.
Por otro lado, el aumento de la esperanza de vida demanda muchas veces a los que ya son abuelos el cuidado de sus propios padres incapacitados.
Ante la ayuda a las familias de los hijos, podría correrse el riesgo de que se desdibuje o confunda el límite de los roles y las funciones específicas de cada miembro. Así, es mportante que primen los vínculos con su propio matiz, para que los padres se “descentren” de la postura de demanda y puedan apreciar algo mucho más valioso: las relaciones intergeneracionales. Visto de esta manera, la ayuda cotidiana será una “excelente excusa” para permitir espacios que fortalezcan los lazos de toda la familia.
En este siglo, el nieto no sólo conoce un mayor número de abuelos, sino también que goza de más cantidad de años para compartir juntos. Al ser parte del ciclo vital familiar, la vejez no se constituye como una ajenidad.
“Ser abuelo” implica no exclusivamente la presencia de un nieto, sino también la relación que el adulto mayor establece consigo mismo y su propia realidad, como portador de un patrimonio de valores del pasado y como representante de un universo ético ideal de cara al futuro, superando egoísmos y aislamientos. La esencia del vínculo entre ambos lo da la dinámica amorosa y educativa, en la que el nieto es “todo proyecto” y el abuelo es “historia, tradiciones, riqueza de experiencias, patrimonio ético”; dos extremos del mismo puente unidos por el cariño. Así, el joven en plena formación se enriquece de la sabiduría de vida, en un crisol de valores y testimonio de tradiciones, necesarios para su afirmación.
A su vez, este vínculo permite también reparar aquellos aspectos de la identidad del adulto mayor, no integrados o dañados consigo mismo o en su relación con sus hijos, por el alto grado de empatía e identificación con otras generaciones.
El abuelo atesora un enorme potencial fecundo de valores incalculables para la vida de los demás, que puede transmitir en cada palabra impregnada de calor humano y de esperanza, cuando siente que los años vividos “han valido la pena”. Esos valores permiten humanizar la sociedad distinguiendo la generosidad frente a la competencia, el sosiego frente al apuro cotidiano.
Todo esto exige de la sabiduría entendida como “saborear” y “saber” reconocer de la vida la experiencia adquirida a lo largo del trayecto vital.
Como si se saborearan las “recetas de la abuela”: esas que nos permitían recibir el olor y la calidez del hogar, que solo se pueden transmitir desde la realidad de las personas y de sus vínculos. Despreciar o restringir estos vínculos implicaría una pérdida irreparable para cada individuo y para la humanidad.

http://www.clarin.com/opinion/tercera_edad-viejos_y_nuevos_roles_0_1472252818.html